Por: Jean Maninat
Cuando las garzas todavía cazaban alimento en la inmediaciones de Maracaibo, y lejos estaban los marabinos de que se les nublara la mente con la emoción de cruzar “el puente”, llegaron los gringos e instalaron unas bombas de extracción de petróleo que -curiosamente- semejaban dinosaurios enanos que movían la cabeza de arriba abajo, como asentando yes man. Los destinos de la Pequeña Venecia y el “vecino del Norte” estarían ligados por el líquido viscoso que un extravagante personaje bautizara el “excremento del diablo”, después de haber organizado el cartel para proteger los intereses de los países productores que alimentaban semejante cloaca, según él: la OPEP.
Los habitantes de la Pequeña Venecia crecieron bajo la suposición inculcada de que eran ricos, bendecidos por Dios, gracias a un subsuelo oceánico de petróleo del que eran accionistas por nacimiento. “El petróleo es nuestro” constituyó una seña de identidad que hermanaba a los de arriba y los de abajo en una república interclasista, próspera, generosa, que recibía de brazos abiertos a los vecinos alertados por la fama de “el Dorado” adosada caprichosamente al país. Al vaivén de los precios petroleros se forjó la leyenda luminosa de un país autosuficiente, blindado a los cataclismos políticos, navegando tranquilo hacia la felicidad creciente en un mar de oro negro.
(Pero, los cuervos trabajaban en la oscuridad para sacarle los ojos a la “ilusión de armonía”, tal y como está prolijamente analizado y contado en múltiples obras. Un filicidio colectivo, siempre con el petróleo de telón de fondo).
Chapoteando en petróleo, el galáctico se armó de una chequera itinerante que sentó las bases de su marca política, pero que pronto hizo aguas cuando ya las consignas no eran más que tics nerviosos de una revolución que tenía los pies de hidrocarburos pesados, y se hundía económicamente por la falta de pericia para gestionar los pozos que tan generosamente la habían sostenido. Muy tarde se dieron cuenta de que la sola voluntad revolucionaria no era suficiente para bombear petróleo a la superficie y mantener una industria.
Pero, como Drácula, el petróleo yace tranquilo hasta que lo perturban y salta enérgico de su sarcófago a intoxicar con sueños de grandeza a los novicios, pero esperanzados, propietarios de un quintico petrolero por nacimiento. El gran vecino del norte ha declarado su interés de gerenciar la recuperación de la industria petrolera de la Pequeña Venecia, ha prometido riqueza y prosperidad para sus habitantes, y ya la algarabía celebratoria por la abundancia prometida excede, por mucho, la de los profesionales encargados de hacerla realidad: las grandes compañías petroleras norteamericanas que exigen garantías para sus inversiones.
La quimera petrolera sigue marcando el rumbo, inflando entusiasmos y expectativas como cuando se despertó el Zumaque 1, allá en 1914. ¿Pero, es realista acunar tanta ilusión desmedida hoy día? Tendremos que hacer nuestras apuestas, quién quita y nos toca el quintico premiado.
(N.B. There´s no such thing as a free lunch).





