Soledad Morillo Belloso

¿Es eso suficiente? – Soledad Morillo Belloso

Imaginemos un país bajo la tutela del “big brother” donde, de pronto, ocurren hechos que parecen milagrosos: el negocio petrolero y las minas se liberan de la corrupción, la ayuda humanitaria llega sin trabas ni intermediarios a quienes realmente la necesitan, los presos políticos son liberados sin condiciones, la inflación se detiene y los colectivos y cuerpos paramilitares son desactivados. El aire se vuelve respirable, los barrios recuperan su calma, las familias sienten que la vida cotidiana les pertenece otra vez. Es un cuadro de alivio inmediato, casi de redención. Lo viviríamos como un milagro.

Pero la pregunta persiste: ¿es eso suficiente? Porque la bondad tutelada puede ser un respiro asistido, pero no necesariamente una emancipación. La democracia sigue siendo la asignatura pendiente. Sin instituciones sólidas, sin ciudadanía protagonista, sin memoria que reconozca el daño y justicia que repare, los logros corren el riesgo de ser efímeros, reversibles, dependientes de la voluntad de un poder vigilante. La liberación de los presos políticos es apenas un inicio: la verdadera libertad exige que nadie vuelva a ser encarcelado por pensar distinto. La desactivación de los colectivos abre espacio para la paz civil, pero no garantiza que las calles se conviertan en ágoras de deliberación. La ayuda humanitaria es bálsamo, pero la dignidad reclama que la sociedad pueda sostenerse por sí misma, sin depender de la dádiva externa.

La historia ofrece un espejo. Tras la liberación de Francia de la ocupación nazi, ¿podemos imaginar a los franceses aceptando la tutela de los aliados después de haber resistido en la clandestinidad, de haber tejido redes de solidaridad y de haber pagado con sangre la defensa de su identidad? No. Porque la victoria no se concebía como un simple cambio de guardianes, sino como la recuperación de la soberanía. La dignidad nacional exigía dar el salto hacia la autonomía.

Así también, en cualquier país que se libere de la opresión, la pregunta es la misma: ¿puede la libertad ser verdadera si depende de la vigilancia de un “hermano mayor”? Los logros bajo tutela son alivios inmensos, pero si no desembocan en democracia, quedan incompletos. La democracia es la raíz que convierte la limpieza, la liberación y la paz en proyecto de país. Sin ella, lo alcanzado es apenas un paréntesis; con ella, se vuelve horizonte.

Imaginemos, por un instante, que tras los horrores indecibles de la guerra, alguien hubiera dicho a los judíos: “Les vamos a dar un país, pero lo vamos a gobernar nosotros, y cuando ustedes se recuperen hablamos”. La frase, en apariencia generosa, encierra una paradoja cruel. Porque ofrecer un territorio sin soberanía es como entregar una casa sin llaves, un refugio vigilado, un espacio habitado bajo la sombra de otro poder.

La historia del pueblo judío, marcada por persecuciones, diásporas y exterminios, no buscaba únicamente un suelo donde asentarse, sino la posibilidad de decidir, de autogobernarse, de reconstruir identidad y destino. La compensación por el horror no podía ser un simulacro de libertad, una dádiva tutelada que perpetuara la dependencia.

Un país gobernado por otros no es país, es colonia, por muy buena que logre ser la calidad de vida. No es reparación, es prolongación del sometimiento. La dignidad exige soberanía, porque sólo en la soberanía se conjura el fantasma de la opresión. La memoria de los campos de concentración, de los guetos, de la negación sistemática de humanidad, no podía desembocar en un nuevo tutelaje disfrazado de regalo.

Este ejercicio imaginario ilumina un dilema universal: la verdadera reparación de un pueblo herido no se logra con concesiones vigiladas, sino con la restitución plena de su capacidad de decidir. La libertad no se entrega como dádiva condicionada; se conquista como derecho irrenunciable.

En suma: un país sin autogobierno es apenas un territorio administrado; la soberanía es la única forma de redención.

Y entonces, otra pregunta flota en el aire: ¿cuánto tiempo dura ese sistema de asistencia? Porque la asistencia, por definición, es transitoria. Se ofrece para aliviar, para estabilizar, para contener el desorden. Pero si se prolonga demasiado, deja de ser ayuda y se convierte en dependencia.

La historia enseña que los sistemas de asistencia suelen tener fecha de caducidad, aunque rara vez se anuncie con claridad. Pueden durar lo que dure la voluntad del tutor, lo que convenga a sus intereses geopolíticos, lo que permita mantener el equilibrio sin arriesgar demasiado. Y en ese intersticio se abre la paradoja: mientras más tiempo dure la asistencia, más se posterga la autonomía; mientras más breve sea, más frágil queda la transición.

El dilema es que la asistencia no puede sustituir la democracia ni la soberanía. Puede limpiar, liberar, estabilizar, desactivar, pero no puede sembrar raíces. La pregunta por la duración es, en realidad, la pregunta por el destino: ¿cuándo se convierte el alivio en conquista propia? ¿Cuándo deja de ser tutela y se transforma en autogobierno?

La asistencia es un puente, no una casa. Si se habita demasiado tiempo, se convierte en prisión. Si se cruza con decisión, puede ser el camino hacia la emancipación.

En conclusión: la tutela puede traer alivio, pero la emancipación exige democracia. La bondad tutelada es un respiro; la libertad conquistada es destino. Así que, dadas las circunstancias, asistencia, sí, ayuda, también, intervención, pues no queda de otra. Pero con fecha, hora y menú.

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