Tierra de Gracia – Fernando Rodríguez

Publicado en: El Nacional

Por: Fernando Rodríguez

Como quiera que mis años ya son muchos –demasiados, para una vida algo agitada– me parece que me iré de una Venezuela con su cara más infame. No me indigno como mi amigo químico, sino me entristezco, me deprimo. Al fin y al cabo me formé hace tanto en el existencialismo y su sombra ha permanecido en algún lugar central de mi psiquis, “la vida es  una pasión inútil”.

Estos últimos casi treinta años han sido para mí un despeñadero continuo. No solo del país sino de mi propio destino. Profesor de la UCV he terminado con  un sueldo tres veces menor al de la empleada que limpia el apartamento un día, de manera que mi situación económica ha terminado en algún barranco donde se acumula la basura. Y mal que bien hice estudios de posgrado en la Universidad de París y fui director de la Escuela de la UCV. Mis dos hijas han tenido que irse al exterior para poder sostener sus vidas y, el último, más joven, termina su carrera en la UCAB gracias a la ayuda de un tío rico. Mi mujer y yo somos muy parcos lo que mucha ayuda y otrora nos dimos algunos gustos cuyo recuerdo atenúan las carencias de hoy. Pero no deja de ser triste ese ocaso de la edad ya de por sí decadente y sombrío. Todo eso se lo debemos a los gorilas y analfabetos que nos han tiranizado estos años, a nadie más. Bueno, por supuesto, al capitalismo explotador, porque eso sí, de izquierda he de morir.

Claro, nos lamentábamos de lo inoperante de la oposición y el país para recobrar al menos un poco de democracia y de dignidad. Y tan largo se hacía el suplicio que hasta concluimos que éramos un país maldito y probablemente destinado a desaparecer. Nos arrechaban sobremanera los intelectuales, sumisos  y oportunistas, que no abrían la boca ni para bostezar (¡nuevo refrán!). Esto por razones de identidad gremial. Bueno, nos fuimos adormeciendo básicamente viendo películas vanguardistas y leyendo poetas herméticos y metafísicos.

Pero entonces llegó Trump, la suma mayor de  defectos para gobernar, incluso para vivir decentemente, que amenaza con acabar con el mundo o cogérselo para venderlo en subasta. Y vaya usted a saber por qué demonios la cogió con este humilde y desgraciado país. Lo cercó con una flota sin mesura. Y un día bombardeó Caracas y alrededores, cosa que nadie imaginó desde su fundación en 1567. Y secuestró a Maduro y a su mujer Cilita. Lo cual era muy bueno, el  secuestro, y  terrible, el sagrado suelo de la patria hollado y bombardeado y domeñado. Esto sí produce amargura porque además se trata de otro tirano, esta vez confeccionado en los estudios de Hollywood, tan sórdido que hasta risa da.

Y mal que bien, a pesar de que uno se definía como un cosmopolita, la vaina no nos ha causado sino una profunda amargura adicional, tener ese payaso mandando, y oíd señores, con el intacto gobierno de su secuestrado, con todo y caballeros sancionados y hasta por los que el mismo Trump ofrecía millones por sus cabezas. No es que yo coincida ideológicamente con María Corina, neoliberal y pitiyanqui, pero sí considero que hizo una faena notable con las últimas elecciones y nos puede dar una cierta dignidad democrática, la suficiente para respirar. Al parecer al Engendro no le gusta la elegante dama y se ha parcializado por la vicepresidenta de años de Maduro, “fantástica”, y ha dejado intacto todos los altos cargos.

Vaya orate, amigos. Y nosotros cada día más humillados y ofendidos. Al carajo, pues, pero aquí seguimos, en  esta estropeada cuna de Simón Bolívar y de Alfonso “Chico” Carrasquel (deben haber mejores, pero es el de mi época).

 

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