El Derecho Internacional es producto del internacionalismo liberal de la posguerra. Se pensó para evitar que un Estado cometa atrocidades contra el pueblo de otro Estado. A menos que se pretenda regresar al orden internacional surgido de Westfalia en 1684, ello requiere relajar el principio de soberanía
Publicado en: ABC
Por: Héctor Schamis
Ya lo había señalado Jorgen Watne Frydnes, presidente del Comité Noruego del Nobel: «Detrás de Maduro están Cuba, Rusia, Irán, China y Hezbolá, proporcionando armas, sistemas de vigilancia y recursos de supervivencia económica. Hacen que el régimen sea más robusto y más brutal». Nunca más oportuna la afirmación, describe una suerte de ‘Internacional de la Autocracia’ cuya ideología en común es el dinero ilícito. Tal Internacional hoy está sin ropa ante nuestros ojos. Así como en ocasión del Nobel a María Corina Machado, la captura de Maduro también obliga a una revisión conceptual sobre el funcionamiento del sistema internacional. Leemos y escuchamos acrobacias discursivas que solo sirven para exponer complicidades con las dictaduras. La revuelta iraní arroja luz sobre lo mismo. Así como se desnudan los encubrimientos de una supuesta izquierda en el caso de Maduro, varias caretas seudofeministas se desvanecen en silencio ante el terrorismo de Estado de la teocracia iraní.
Agréguese la confesión de parte del Gobierno de Cuba, honrando a los 32 militares caídos custodiando a Maduro. Que dicha asistencia tuviera lugar a solicitud del Gobierno venezolano, según informa el Partido Comunista, en nada disimula la relación de sometimiento. Al contrario, pues delegar la seguridad de un jefe de Estado en el Ejército de una nación extranjera indica, como mínimo, una situación de ‘soberanía restringida’. Como máximo, sugiere la hipótesis de un ejército de ocupación, especialmente teniendo en cuenta que la presencia de efectivos cubanos en Venezuela habría llegado a 20.000.
Las autocracias no han tenido un feliz inicio de 2026. Sus eventuales caídas podrían generar un efecto dominó, una primavera democrática en el sur global. El problema es que la comunidad internacional, como quiera que se defina el término, no necesariamente ha estado a la altura de las circunstancias. De ahí el surgimiento de interpretaciones del derecho internacional para denunciar la captura de Maduro, teóricamente por ser violatoria de la soberanía de Venezuela. Así dicen algunos.
España criticó la intervención y urgió a «defender el Derecho Internacional siempre y en todas partes»; Alemania y Francia expresaron preocupación por la «vulneración del Derecho Internacional»; Austria condenó «la violación de la Carta de las Naciones Unidas». Pronunciamientos críticos se escucharon también al secretario general de ONU, China y Rusia. Hasta Hamás condenó la captura de Maduro por ser «una grave violación del Derecho Internacional y un ataque a la soberanía de un Estado independiente». La neutralidad europea es exasperante, el apaciguamiento de Maduro hoy es como el de Putin ayer. Que, al mismo tiempo, Hamás adopte idéntico lenguaje subraya la pobreza moral e intelectual de la discusión.
El Derecho Internacional es producto del internacionalismo liberal de la posguerra. Dicha arquitectura institucional no se pensó para proteger a los Estados, sino para evitar que se cometan atrocidades contra los pueblos dentro de las fronteras, y por acción, de un Estado. A menos que se pretenda regresar al orden internacional surgido de Westfalia en 1684, ello requiere relajar o suspender el principio de soberanía. Y aún bajo aquella noción arcaica, el argumento tampoco se aplicaría hoy a Venezuela dada su situación de soberanía restringida. Venezuela ya estaba invadida.
Si las agresiones de Rusia o de China a países vecinos se consideran equivalentes a las acciones militares de Estados Unidos para arrestar a un dictador y usurpador –además, un transgresor del principio de la soberanía del pueblo– la hipocresía se hace explícita. Si el Derecho Internacional es usado como coartada exculpatoria para beneficio de tiranos, se corrompe su historia y su espíritu. No resulta gratis para las víctimas, el pueblo venezolano. Mucho menos para los presos políticos, rehenes del régimen ahora excarcelados en cuentagotas, mas no liberados.
El sadismo es vocacional en el chavismo, lo practica todo el tiempo y en los mínimos detalles. La llamada ‘diplomacia de rehenes’ –presos de nacionalidad extranjera usados como moneda de cambio– lo ilustra. A los españoles excarcelados se les ha restringido la libertad de expresión a su regreso, no se les permite formular declaraciones a la prensa. Según se informa, se trataría de acuerdos humanitarios y diplomáticos formalizados entre el régimen y Zapatero, siempre el nombre propio del chavismo en España. Pedro Sánchez celebró la liberación de los españoles que han pasado más de un año «retenidos en Venezuela», nótese el eufemismo.
El contraste con excarcelados de otras nacionalidades no podría haber sido más marcado. Los italianos, por ejemplo, fueron recibidos en el aeropuerto por la propia primera ministra Meloni y el canciller Tajani. Todos hablaron libremente con la prensa y postearon en redes sociales su descripción del «infierno vivido», según lo llamó uno de ellos. Meloni hizo lo propio, exhibiendo principios éticos que el dúo Sánchez-Zapatero no conoce. Así como hay encubrimiento y complicidad en unos, también hay empatía y solidaridad en otros.
Si bien en descomposición, el régimen sigue en pie. Regenteado por los hermanos Rodríguez y Cabello, y bajo supervisión de Washington, es una fórmula provisoria. Lo aclaró el propio Trump, tal vez sin saber que el chavismo es eximio en los juegos de dilación. Es de imaginar que la visita de Machado a la Casa Blanca acelere los tiempos, haciendo a dicho arreglo aún más temporal. Trump ve en esta dictadura post-Maduro capacidad para gobernar el corto plazo y encaminar la explotación de petróleo y minerales críticos. Muy pronto se dará cuenta de que con el chavismo no podrá lograr lo uno ni lo otro. Es que orden político y prosperidad se encuentran en una relación de causalidad reciproca.
Darren Woods, el CEO de Exxon Mobil, lo resumió de manera concluyente: «Venezuela es ininvertible». Lo explicó a partir de la imprevisibilidad jurídica que ha permitido una larga historia de expropiaciones arbitrarias. Ocurre que en Venezuela no hay Estado, por lo cual la explotación de recursos naturales se reduce a la pura guerra por el recurso dentro del PSUV, inicialmente un partido político luego transformado en una confederación de facciones criminales comandados por ‘warlords’. De hecho, el negocio petrolero ya está en manos privadas: las bandas que lo roban, lo venden en contrabando y embolsan la ganancia; y que compiten entre sí. La explotación de minerales críticos otro tanto: el oro del Orinoco ya está concesionado, al ELN colombiano. Los arquitectos de este modelo de negocios siguen en el poder, ninguno de ellos tiene incentivos para modificarlo.
La prosperidad económica requiere reglas de juego claras e imparciales para construir seguridad jurídica y reducir el riesgo del inversor. O sea, no hay prosperidad de largo plazo sin Estado de derecho. No casualmente, esa es la misma institucionalidad que asegura derechos ciudadanos y paz social, creando las condiciones propicias para un orden político democrático. En definitiva, sin democracia no habrá inversión, retorno del éxodo, estabilidad política ni recuperación económica. Además, ese es el deseo de los venezolanos, un pueblo que, 26 años de chavismo después, exhibe convicciones democráticas intactas.





