Publicado en: El Nacional
Por: Fernando Rodríguez
Davos esperaba el gran show. Donald Trump, que debía ser espectacular en tan distinguida ocasión, venía cargando con Groenlandia sobre los hombros, su más grande abuso, su robo más flagrante. Su grado definitivo de máximo delincuente planetario.
Si alguien duda de su desvarío cerebral, su egolatría y su alta peligrosidad para la deseable paz global, no pudo sino comprobarlo con la más clara evidencia.
Pero otro de los platos fuertes era la Agencia de la Paz, un organismo contemplado en el tratado de paz entre Israel y Palestina para la reconstrucción de Gaza, casi inexistente por el aterrador crimen de Netanyahu, por cierto siempre asegurado –Trump incluido– por la permanente complicidad gringa. Pues bien, su estructura fue diseñada por el propio republicano: se autonombra jefe de la institución, hasta el 30 para que no lo agarre el fin de su presidencia, invita a su gusto a 60 países con 1.000 millones de inscripción, él se reserva el único derecho a veto y a nombrar a su sucesor. Curiosidad adicional, no invita a ningún palestino. Ahora bien, el aparatejo no solo se va a ocupar de la ciclópea reconstrucción de Gaza, sino de cualquier conflicto que aparezca por ahí y pretende algo así como sustituir a la ONU, la mayor hazaña jurídica de la especie para solucionar en conjunto y con criterios de justicia las desavenencias globales, con sus grandes peros –sus vetos sobre todo–, aunque ha hecho camino y virtud en un mundo continuamente convulsionado, como tantas veces corresponde a la especie artera y cruel que solemos ser (Freud). El resultado fue pírrico. Solo 20 países se alinearon, sobre todo musulmanes (ninguno de Europa, 2 de América Latina, el lambuceo de Milei por supuesto). Y no sólo no va a sustituir a la ONU, sino que será su discreta colaboradora. No debe estar muy contento el petulante mentiroso.
Groenlandia, pues. La cosa comenzó mal, el presidente canadiense abrió con un discurso valiente y brillante, que no temió enfrentar y no adular al Poderoso. Excepcional aplauso. Luego Europa se mostró quizás por primera vez como debe ser, frontal y unida. El presidente groenlandés habló sin matices en defensa de su soberanía frente al depredador. Resultado, del por la paz o por la fuerza inicial, terminó con una especie de acuerdo a futuro personalísimo, que nadie conoce, con el adulador presidente de la OTAN. En vista del cual, suspendió los enormes aranceles con que castigaría a los países europeos que enviaron tropas para defender a Groenlandia. El bocón tuvo que bajar el tono, como suele hacer cuando le levantan la voz.





