Publicado en: Blog personal
Por: Gustau Alegret
El 19 de febrero de 2021 el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, aprovechó su primer discurso ante una audiencia global reunida en la Conferencia de Seguridad de Múnich para declarar que con su gobierno volvía la normalidad. «Estados Unidos ha vuelto», dijo en su intervención virtual desde Washington; «la alianza transatlántica ha vuelto».
Sus palabras fueron recibidas con cierto alivio por los presentes y los gobiernos europeos tras cuatro años de una administración Trump que hizo alarde de su política exterior bajo la premisa del America first (Estados Unidos primero). Nadie podía imaginar que ese regreso de Biden sería un espejismo. La victoria de Trump cuatro años después demostró que Biden no solo estaba equivocado, sino que los temores de algunos mandatarios europeos sobre la confiabilidad futura de Washington era una realidad a la que simplemente le faltaba tiempo para evidenciarse.
En este primer año de su segunda presidencia, Donald Trump no ha perdido el tiempo poniendo en marcha sus políticas que, según él, priorizan a su país en múltiples frentes: el comercial –con aranceles masivos al mundo–, en el diplomático –criticando a gobiernos amigos y tratando con guante de seda a supuestamente rivales–, en seguridad nacional –reviviendo la doctrina Monroe con su versión militarizada del America for the Americans (el continente americano para los estadounidenses)–, en el migratorio –con detenciones violentas y deportaciones indiscriminadas–, en el militar –llevando a la alianza de la OTAN a momentos críticos que apuntan su final–, o en el territorial –sugiriendo incorporar a Canadá como un nuevo estado del país o anexionarse por las bravas Groenlandia–. Todo, con un equipo de asesores aparentemente incapaz de llevarle la contraria y un Congreso postrado a sus voluntades, por convicción o por miedo, inútil para asumir su rol constitucional y de contrapoder al Ejecutivo.
No me cuenten entre los que creen que Estados Unidos es o va camino de convertirse en una dictadura. No. Creo que quienes dicen eso o no saben qué es vivir en una dictadura o desconocen lo que pasa en este país. No niego que se están produciendo excesos, pero la institucionalidad de Estados Unidos es todavía suficientemente resistente y una gran mayoría de ciudadanos están, sin duda, profundamente comprometidos con las libertades democráticas; y ambas cosas serán el dique de contención que devolverán en pocos meses las aguas a su cauce democrático. En las elecciones de noviembre veremos una buena muestra de lo que les estoy diciendo. Dicho esto, sí creo que este último año de Trump, con su America first, ha confirmado ya algo que ninguno presidente que venga después va a poder recuperar fácilmente, al menos en una o dos generaciones: la confianza en Estados Unidos.
El orden global surgido de la Segunda Guerra Mundial y consolidado tras la caída del muro de Berlín ya no va a ser el mismo. No sé cuál será, pero la hegemonía norteamericana y la predictibilidad que guiaba las relaciones internacionales han cambiado. Washington ha renunciado a las normas de consenso que nos regían y a áreas de influencia en el mundo que había consolidado en las últimas décadas (y esta retirada la están aprovechando sus rivales, particularmente Rusia y China, para ocupar esos espacios). Además, los socios occidentales que se sabían aliados y protegidos por Estados Unidos hoy saben que no pueden confiar en esa relación con la misma tranquilidad con la que contaban hace tan solo unos años—por eso, buscan ya alternativas. Lo vemos estos días con Canadá, Alemania, Nueva Zelanda, Australia, Brasil, Corea del Sur o el bloque europeo en su conjunto. Sus líderes forjan acuerdos estratégicos con India, China o Vietnam para reducir su dependencia estadounidense ante la mirada del gobierno Trump. Y la respuesta del presidente estadounidense es la de amagar con nuevos aranceles, sin reparar que son precisamente los desplantes, las amenazas y esos aranceles los que están alentando esos movimientos de sus aliados.
Estados Unidos ya no es un socio confiable y predecible; y con su America first, Trump va camino de conseguir lo impensable: el America alone (Estados Unidos solo).





