Por: Jean Maninat
Tras sesenta años perdidos, recientemente aparecieron los restos óseos de Camilo Torres el “cura guerrillero” (así lo bautizó la prensa de neuronas tímidas por su incorporación fatídica al ELN colombiano), quien fuera símbolo de lo que se llamó con vena poética “compromiso cristiano con los pobres” y estandarte de las versiones extremas de la Teología de la Liberación. Según informa El Pais, de España, se trató de una peliaguda operación que incluyó su dosis de formol y la participación de la inefable Cuba (cuando de guerrilleros se trata) y de los Estados Unidos que puso a disposición sus técnicas más avanzadas en materia forense y de identificación de ADN. Desenterraban también la leyenda del sacerdote de la alta sociedad bogotana que -luego de una epifanía guevarista- quiso instaurar un catequismo de plomo, secuestro y justicia social en nombre de Cristo, y murió en su primer enfrentamiento armado, como José Martí.
No era el primero -ni el último- arrebatado activista social que pretendía tener a Dios por inspirador de sus acciones y protector de su misión en la tierra. Antônio Miguel Mendes Maciel, un iluminado religioso a quienes sus seguidores apodaban con fervor Antonio el Consejero, desató la cruenta y santa sublevación de Canudos, en el Estado de Bahía en el nordeste brasileño, que Mario Vargas Llosa recrea en La Guerra del fin del mundo. La rebelión de los Cristeros en México, durante el gobierno de Plutarco Elías Calles, enfrentó al ejército mexicano con milicias armadas por los terratenientes y compuestas de campesinos, monaguillos, párrocos y otros clérigos católicos, para combatir la implementación de la llamada Ley Calles, que pretendía reducir la presencia religiosa al interior de los muros de las iglesias y los conventos. Digamos que el síndrome Juana de Arco ha estado buscando hogueras donde arder desde hace mucho, mucho tiempo.
El histriónico Fidel Castro bajó de la Sierra Maestra e inició su marcha triunfante hacia la Habana portando un crucifijo sobre la camisa verde olivo. Últimamente la iconografía oficial del comandante Galáctico lo muestra con especial insistencia con un crucifijo en la mano y como iluminado entre penumbras. En la otra acera ideológica, en la iglesia del frente, argumentan con fervor de dolorosa sevillana que Dios está de “nuestro lado” o “guía nuestros pasos” como si fuera un guardaespaldas personal Son actos de manipulación y atropello al fuero religioso de cada quien, la banalización del credo religioso, de parcelar lo que es universal y colectivo. Es la degradación de la religión, con el gesto altivo de quien cree que todo le está permitido. ¡Dios está conmigo, y a través de mí, con ustedes!
(Según la visión utilitaria de la fe, el Creador tendría entre sus oficios el de jefe de organización nombrado a dedo por determinados líderes sin tener la fineza de recabar su permiso. Como si no fuera poco el descaro de los bípedos que reinan la tierra de haberlo convertido en enfermero particular, localizador de llaves y bolígrafos perdidos, liberador de puestos de estacionamiento ocupados, cajero automático de fin de mes arrancado, o director técnico de equipos deportivos en mala racha. El irrespeto cotidiano hecho devoción).
En el parque jurásico de la Cuarta República (maldecida por unos y olvidada por otros) se hizo de rigor evitar la utilización de símbolos patrios o religiosos en las campañas electorales y actos políticos, una forma de respeto, o al menos de buen gusto republicano. No recordamos a los dirigentes socialcristianos de Copei haciendo exhibicionismo religioso, besando crucifijos con cara de éxtasis, ni a los socialdemócratas de AD haciendo gala inopinada de su supuesto laicismo. Había un respeto por las convicciones propias y las de los demás. Eso que llaman… pudor.
¿Y si como parte de los acuerdos en el “nuevo momento político” en ciernes, dejamos descansar a Dios de la política partidaria, digamos por un milenio?





