La complejidad de un país se reduce a una etiqueta y entonces lo que adquiere resonancia mundial no es el país sino su caricatura
Publicado en: ABC
Por: Carlos Granés
En las sociedades complejas y diversas siempre se plantea el mismo dilema, el mismo desafío. Se quiere integrar culturalmente a todos los habitantes para que se sientan parte de una misma nación, pero al mismo tiempo se valoran esos rasgos específicos que le dan a un sector o a una región una identidad característica. A veces ocurre que una de estas identidades es tan fuerte o seductora que crea un espejismo. Se toma la parte por el todo y entonces España es sólo flamenco; Colombia, sólo cumbia; Puerto Rico, sólo reguetón.
La complejidad de un país o de una cultura se reduce a una etiqueta, a veces a un cliché el Brasil de las garotas, el México de la chimichanga- y entonces lo que adquiere resonancia mundial no es el país sino su caricatura; no su cultura sino un ‘collage’ de lugares comunes y de instantáneas para turistas despistados.
Ante la pereza intelectual, el cliché se ofrece como un atajo cognitivo: tres o cuatro elementos resultan expresar la totalidad de la experiencia italiana, del carácter alemán o de la identidad británica. Cuando se quiere representar un país o mostrárselo a un extranjero ocurre lo mismo, y una muestra evidente fue la actuación de Bad Bunny en la final del Super Bowl. Confundiendo un espectáculo musical con la inauguración de unos Juegos Olímpicos, el reguetonero no se limitó a cantar sino a reivindicar a Puerto Rico. Trece minutos le bastaron para desplegar una postal exotista y una ‘performance’ política. Recurrió a las manidas escenas de bodas, casitas, cañaverales, mulatas, ron y lascivia que reducen a América Latina al pastiche tercermundista de ruralismo premoderno y pachanga libidinosa, y aún le alcanzaron para denunciar la gentrificación y los apagones, dos caras de una misma moneda: la fascinación e indiferencia de los yanquis hacia Puerto Rico.
Más significativa fue su reivindicación del español, del panamericanismo y de la diversidad cultural. Bad Bunny no estaba lanzando una diatriba antiyanqui. Al revés, estaba diciendo que Estados Unidos también es latino, y que lo latino, siendo yanqui, no tiene por qué ser asimilado.
Fue una defensa de la identidad boricua similar a la defensa de la identidad negra que hace ‘Sinners’, la archinominada película que compite en los Oscar: siendo yanquis, dice su trama, los negros, su música y su cultura no pueden dejarse asimilar o vampirizar por la mayoría blanca. Y aunque es legítimo preservar las identidades y la pluralidad cultural que enriquece las sociedades, que resulta criticable es que lo negro y lo latino sigan siendo representados como lo opuesto de la modernidad. Como paraísos de ocio y baile, de pulsión y solidaridad primaria, de superstición y autenticidad que se resisten con su magia creativa al mundo colonizado por la blancura occidental. Hoy no hay nadie más contemporáneo y global que Bad Bunny, y es eso lo que valdría
la pena señalar: que lo latino no es una resistencia, sino una forma más de participar en la modernidad.





