En Venezuela, el poder no se ejerce sólo con decisiones: se mueve con silencios, con gestos, con ese tira y encoge que ya es parte de la cultura política. La señora del vestido verde domina ese arte con una precisión casi coreográfica. No afirma: insinúa. No cierra: deja entreabierto. Sus frases incompletas son maniobras, no descuidos. Cada palabra es una cuerda; cada pausa, un movimiento.
Pero ella no juega sola. Al otro lado del tablero está el señor de la corbata roja, sentado en un escritorio muy fino en Washington. Él no necesita metáforas: mueve papeles, licencias, sanciones, mercados. En un país donde el petróleo es eje y palanca, quien controla ese flujo controla buena parte del destino. Y ese control, por ahora, se decide lejos de Caracas.
Tiene razón el profesor de Harvard cuando afirma que en este juego la sociedad quedó por fuera. No porque no exista, sino porque no está sentada en la mesa donde se reparten las cartas. La democracia —la importante— está en stand by. Lo urgente es otra cosa: lo socioeconómico. Lo primario. Lo que sostiene la vida diaria. Y satisfacer esas necesidades básicas supone gastos para los que hoy, lo sabemos, no hay dineros en la hucha. La caja está flaca, casi transparente. En los estantes hay de todo; lo que no hay es con qué pagarlo. La gente no discute geopolítica: discute precios, transporte, medicinas, agua, luz. Discute cómo sobrevivir.
Y mientras los economistas hablan de “déficit fiscal”, “restricciones externas”, “brecha cambiaria” y “capacidad instalada”, en la calle todo eso se traduce a otra lengua: la del bolsillo. Déficit fiscal es “no hay plata”. Restricciones externas es “no entra un dólar”. Brecha cambiaria es “cada quien cobra a su tasa”. Capacidad instalada es “las máquinas están, pero apagadas”. La macroeconomía se convierte en cola, en precio, en rebusque, en sobrevivencia. Es el español del día a día, donde los grandes conceptos se reducen a una sola pregunta: “¿alcanza o no alcanza?”. Y casi siempre, la respuesta es la misma.
Y en medio de todo esto, aparece la pregunta que nadie responde pero todo el mundo repite: “¿Elecciones? ¿Pa’ cuándo?”. Lo pregunta el vendedor de aguacates en la esquina, con la misma naturalidad con la que pesa la fruta y calcula el vuelto. Para él, las elecciones no son un concepto institucional ni un hito democrático: son una fecha que nunca llega, un rumor que se estira, una promesa que se mueve como gelatina. En la calle, “elecciones” se traduce en otra pregunta más simple: “¿Habrá cambio o seguiremos igual?”. Y como nadie da una fecha, la incertidumbre se vende al mismo precio del aguacate: cada día más cara.
Y sobre la mesa está también el espinoso asunto de los presos políticos, que son preciados rehenes en este tablero. Rehenes porque su sola existencia altera el equilibrio, abre puertas, tranca conversaciones, inclina decisiones. Monedas de cambio, sí, pero también piedras en el zapato: incomodan, recuerdan, obligan a mirar lo que se preferiría dejar fuera de cuadro. Son piezas políticas, pero piezas que respiran, que esperan, que duelen.
Entretanto, el politólogo con nombre anglosajón pero que es más criollo que la guarapita, cada día da en esa comisión de convivencia y paz argumentos que pesan más que una roca. No adorna, no dramatiza, no se va por las ramas: aterriza. Mientras otros opinan por deporte, él desmonta capas, explica lo que parece inexplicable y traduce lo complejo a un lenguaje que entiende hasta el mototaxista que lo escucha de reojo en la radio. En un país donde abundan los diagnósticos ligeros, su voz tiene el peso de lo que se piensa con rigor y se dice sin miedo. Y en el hemiciclo grande, que tan grande le queda a algunos, confunden el acelerador con el freno, hablan en sánscrito y le prenden el semáforo rojo a la ley de amnistía. Y por eso, aunque el nombre del politólogo suene a pitcher importado, su lectura del país es tan venezolana como un “epa, chamo”.
La comunicación en este teatro del absurdo es clave, y sin embargo nunca hemos visto mayor enrediña. Se habla mucho, se dice poco, se declara sin declarar, se informa sin informar. La señora del vestido verde perfecciona el arte de la frase suspendida; el señor de la corbata roja domina el comunicado técnico que parece decirlo todo y no dice nada. Entre ambos producen un ruido que no ilumina, un murmullo que no orienta, un discurso que gira sobre sí mismo mientras la sociedad —la misma que quedó fuera del juego— intenta descifrar señales que no llegan. En un país donde la palabra debería ser puente, se ha convertido en laberinto.
Y en medio de esta enrediña comunicacional, los expertos en todo crecen como verdolaga. Surgen en cada esquina, en cada pantalla, en cada chat, ofreciendo diagnósticos instantáneos y certezas prefabricadas sobre un país que ni ellos mismos terminan de entender. Hablan con la seguridad del que nunca duda, opinan con la soltura del que nunca paga costo, interpretan señales que no existen y traducen silencios que nadie les pidió traducir. Son parte del ruido, parte del teatro, parte de la confusión generalizada.
Y en muchos lugares de la administración pública, los que están cuidan su chamba. No gestionan: se resguardan. No planifican: se protegen. La prioridad no es el servicio, sino la silla; no es la institución, sino el puesto; no es el ciudadano, sino la nómina. En un Estado donde la incertidumbre es norma, cada funcionario se aferra a su pequeño espacio como quien cuida una vela en medio de un apagón. Y así, entre miedos, favores y silencios, la gestión se vuelve un acto defensivo, no una tarea pública.
La circunstancia en la que estamos es, en sí misma, una encrucijada: un país atrapado entre urgencias que no pueden esperar e importancias que no pueden seguir postergándose. La hucha vacía, la economía exhausta, los rehenes convertidos en fichas, la sociedad mirando desde afuera, la democracia en stand by, el petróleo manejado desde lejos, las necesidades primarias golpeando la puerta todos los días. Es un momento donde nada está resuelto y todo está en juego, donde cada movimiento tiene costo y cada silencio tiene consecuencias. Un país que respira en modo supervivencia mientras el tablero político se mueve a otro ritmo, en otra frecuencia, en otra lógica. Una circunstancia difícil, tensa, frágil, donde la cuerda del tira y encoge ya no es sólo metáfora: es la línea delgada sobre la que todos caminamos.
Pero llegó el carnaval…





