Larrazábal enfrenta en julio de 1958 la prueba de fuego, el primer golpe de Estado contra él y demostró que pese a su bonhomía y a componer canciones románticas, era un hombre de hierro
Publicado en: El Universal
La transición a la democracia que comienza el 23 de enero de 1958, viene con un sólido respaldo popular, de los partidos y los grupos de poder, no igual en las fuerzas armadas, desconcertadas ante la huida de su jefe sin pelear, porque “pescuezo no retoña”. Este apoyo se debe a que, Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera, gozan de autoridad en los sectores populares; y la secesión potencial, los dirigentes comunistas, Gustavo y Eduardo Machado, Jesús Faría, Guillermo García Ponce; Domingo Alberto Rangel, Simón Sáez Mérida en Acción Democrática; y Fabricio Ojeda (URD) se comprometieron con “el proceso” por una atapa
Al contralmirante Wolfgang Larrazábal, uno de los más encumbrados oficiales del “régimen” perezjimenista, comandante de la Marina, lo mencionaban en los comederos como potencial presidente de una eventual Junta Revolucionaria de Gobierno, por su alto grado militar y precisamente por no estar vinculado a complots o acciones no institucionales y es por ello opción confiable. Solo lo cuestionaban por esas características unos pocos que aspiraban salidas extremas o la restauración. Su relación con Betancourt se estrecha y éste se resteará para que sea presidente.
Durante su corto gobierno provisional de diez meses, Larrazábal derrotó dos golpes militares, respaldado por AD, URD y Copei y llevó el país al proceso electoral de diciembre, en el que el mismo fue candidato. El triunfo de la democracia corona los esfuerzos y sacrificios de un grupo de jóvenes que comenzaron sus luchas treinta años antes, en 1928, entre ellos quien liderizó el país hasta su muerte en 1981, Rómulo Betancourt. Demostró ante la historia, ser el más relevante pensador práctico, estratega y constructor político de Iberoamérica. Creó el camino, la plataforma teórica de la democracia, la idea de popularizar el acceso a la educación, modernizar economía y sociedad y desempeñó el poder en momentos convulsos.
De no haber sido presidente (1959-1964), difícilmente la democracia hubiera sobrevivido. En 1931 crea ARDI y publica el Plan de Barranquilla; en 1936 estimula la unidad opositora en ORVE, junto a Picón Salas y Alberto Adriani, entre otros, que se transformará en PDN (1937) con Rómulo Gallegos, Villalba y Raúl Leoni, y finalmente, en 1941, funda AD. Betancourt, Villalba y Caldera se reúnen entre diciembre y enero (1957-1958) firman el Pacto de Nueva York para trasmitir imagen de unidad en la lucha contra la dictadura. En vez de pasar facturas a los que habían derrocado a Gallegos en 1948, Betancourt los incorpora a la creación de una base sólida para el nuevo “experimento democrático”.
Este es un ejemplo vigente, sobre todo para los menesterosos radicales de la actualidad. De allí nacerá el 31 de octubre de 1958, el “Pacto de Puntofijo”, nombre de la casa de Caldera en Sabana Grande. Sirvió de base a varios otros acuerdos de gobernabilidad y Felipe González lo tuvo como modelo del Pacto de la Moncloa en la transición española. Algunos creen que fue una simple coalición de gobierno AD, URD, Copei, pero se trata de un amplísimo acuerdo de gobernabilidad, como veremos próximamente, lo que nos permite comprender las dimensiones estratégicas que su creador, Betancourt, imprimió ritmo y “ruta estratégica” al 23 de enero que derroca a Marcos Pérez Jiménez.
Se requería a todo costo mantener el vínculo entre los tres partidos democráticos para sofrenar a los radicales de izquierda y derecha. Civiles y fuerzas armadas estaban divididos entre perezjimenistas, simpatizantes de la izquierda, y demócratas. La preocupación de Betancourt era que cualquier error podía producir en el aparato militar la ruptura de los equilibrios y una alianza circunstancial trágica contra el gobierno, asediado por dos frentes. Las “izquierdas” de AD, URD y Copei se escandalizaban porque Betancourt “traicionaba” al evitar conflictos mientras fuera posible (en lengua batracia actual, “un normalizador”, colaboracionista o “alacrán”).
Por sobre cotilleos y conspiraciones, debía mantener el precario apoyo al gobierno de la radical Junta Patriótica, grupo acerado en la clandestinidad, y de la oficialidad afín, que desconfiaban de Larrazábal, y de Betancourt por “agente de la CIA”. Ya rumiaban su desencanto con “la revolución de las fantasías”, como la llama Domingo Alberto Rangel en su libro y el reformismo del “traidor”. Al mismo tiempo, Betancourt hace concesiones para impedir el desmadre de la derecha militar perezjimenista, restauradora, que los odiaba por “comunista” y trata de conciliar ambas con el gobierno provisional, mientras los extremos querían “acelerar el proceso”.
Larrazábal enfrenta en julio de 1958 la prueba de fuego, el primer golpe de Estado contra él y demostró que pese a su bonhomía y a componer canciones románticas, era un hombre de hierro. (Tuve el invalorable y enriquecedor placer de oír de él mismo sus historias, mientras comenzaban las sesiones del Senado, viajar varias veces juntos al Panamá de Noriega y descubrir a un conspirador democrático de casi 90 años). En julio, el ministro de defensa, general Castro León, da un insolente ultimátum al gobierno de Larrazábal, al que califica de filocomunista y exige perseguir a los militantes de AD y del PCV, suspender la libertad de expresión, las críticas a la FF. AA, reuniones sindicales, estudiantiles y políticas.
Ante la “copa de té” (así traduce un amigo coup détat, golpe de Estado) toman las calles, convocados por los partidos, campesinos, obreros y estudiantes con machetes, pistolas y escopetas. Las fuerzas armadas se dividen y buques de guerra apuntan objetivos insurgentes en la capital. Betancourt pasa a la clandestinidad, y Larrazábal luego de una dramática reunión de cinco horas con Castro León, al que acusa de golpista y de promover una guerra civil, pone en vilo al país ya crispado y toma una trascendental decisión: destituye “elegantemente” (para el público), a Castro León y le permite salir del país si acepta irse sin violencia.
Si no era así, (“te rindes y te vas por las buenas, o sales de aquí preso o pasará lo que tenga que pasar”, fue la escalofriante propuesta que no pudo rechazar, según su relato). Más tarde, el 7 de septiembre, los tenientes coroneles Juan Moncada Vidal y Hely Mendoza intentan otro golpe de Estado con la Guardia Nacional, también apabullado, {Ver: Sebastián Lucerna (seudónimo de un dirigente comunista): Un golpe que pudo cambiar la historia}. Luego en 1960, durante el gobierno “comunista” de AD, Castro León invade desde Colombia por Táchira, y Betancourt lo aplasta. Morirá en la cárcel en 1965.
Un relato de importantes episodios ofrece Pompeyo Márquez en sus Obras escogidas: pensamiento y acción 1946-1966 (Tomo I). Betancourt ganó la presidencia de la república en las elecciones de 1958 con 1.284.092 votos a Larrazábal 903.479, apoyado por URD y el PCV, y a Caldera-Copei, con 423.262 votos. Betancourt en su quinquenio, según contaba Ramón J. Velásquez, desbarató cerca de veinte golpes militares. We will come back la próxima semana.





