Soledad Morillo Belloso

Cuando la ciudad baja la guardia – Soledad Morillo Belloso

Por: Soledad Morillo Belloso

Durante años hemos vivido atrapados entre la rabia y las falsas expectativas. Esperábamos que todo cambiara de golpe, que la ciudad nos devolviera algo que creímos perdido, y cuando eso no ocurría, la frustración se volvió costumbre. Así se nos hizo normal andar tensos, como si la vida fuera una cola eterna. No es que todo esté perfecto, pero ya no pesa igual cuando entendemos la diferencia entre entusiasmo y promesa.

El entusiasmo verdadero no es garantía ni un “ahora sí” escrito en piedra. Es una energía interna, una forma de pararse frente a lo cotidiano sin idealizarlo. Las falsas expectativas exigen resultados rápidos e impecables; el entusiasmo, en cambio, se sostiene incluso cuando la realidad es áspera o incompleta. A veces mejorar es simplemente eso: bajar el volumen. Y en Caracas, donde cualquier cosa puede prender el choque, bajar el volumen ya es un acto enorme.

Ahí es donde entra el centro. Caminar por el centro de Caracas se ha vuelto una experiencia distinta. La cosa se siente diferente en el aire. Es como si alguien le hubiese bajado el switch a la rabia y activado ese modo sabrosón tan caraqueño. Se respira otra vibra. No porque los problemas hayan desaparecido, sino porque la calle anda menos brava. Se nota en los detalles: menos mala cara, más conversación; menos empujón, más “permiso, mi amor”; menos fastidio, más risa. La gente anda más suelta.
El ritmo sigue siendo intenso —porque Caracas no sabe ser suave del todo—, pero ahora vibra distinto. Anda menos atravesada. El centro ya no es solo un lugar para resolver y salir corriendo, sino un espacio que invita a quedarse un ratico. Y eso cambia todo, porque no es lo mismo transitar una ciudad a la defensiva que habitarla.

Desconectar la hostilidad le ha devuelto al centro de Caracas, por su diseño emblemático, un estilo propio con el que se enlazan las emociones buenas. Las fachadas vuelven a hablar, los sonidos recuperan gracia y el encuentro deja de sentirse como amenaza. No es romanticismo: es presencia. Es entusiasmo sin fantasía. No se arregló todo, pero se aflojó algo. Y cuando algo se afloja, la vida empieza a entrar por ahí.

No es el triunfo del optimismo, es el cansancio de la rabia. Vivir desde la hostilidad permanente nos deja sin cuerpo para lo bueno. Cuando esa hostilidad baja, la ciudad recupera su capacidad de convocarnos. La sonrisa vuelve sin pedir permiso, la gente se mira otra vez, hay más flow y menos choque.

Caracas no es ni jamás ha sido tiesa. Es una ciudad que se mueve con el cuerpo entero, con gesto, ritmo y palabra suelta. Lo confirmé sentada en un banco del centro, escuchando frases que llegaban solas: “¿qué más, mi pana?”, “todo fino”, “permiso, mi amor”, “dale, tranquilo”, “todo bien, gracias a Dios”. Ese coro cotidiano revela el pulso real de la ciudad: incluso después de lo duro, Caracas sigue siendo flexible, cordial, sabrosa. Cuando la hostilidad baja, la ciudad no cambia: vuelve a ser ella misma.

El centro de Caracas no se reinventa desde la promesa grandilocuente, sino desde un gesto más profundo: bajar la guardia. Al hacerlo, la ciudad recupera su capacidad de activar emociones buenas y de convocarnos sin exigir fe ciega. No es poco en tiempos como estos. A veces la esperanza no llega con fuegos artificiales, sino cuando la calle deja de ser campo de batalla y vuelve a ser calle. Con eso alcanza para seguir.

 

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