Jean Maninat

La guerra de los puentes – Jean Maninat

Por: Jean Maninat

El renombrado cronista de la Pequeña Venecia, Piero Orseolo, asentó con especial genio el período de las llamadas Guerras de los Puentes que sacudieron la novel República, luego de que la peste galáctica diezmara la población de notables, sabios, inventores, marinos, teólogos, espadachines y exploradores petroleros que habían construido un sistema de vida luminoso y autosuficiente. Fue envidia del mundo conocido antes de que Magallanes descubriera un estrecho, para superar la estrechez de miras de sus bípedos contemporáneos. (La expedición Magallanes-Elcano quedó registrada por su cronista, el noble, geógrafo y explorador -nacido en Vicenza- Antonio Pigafetta, maestro y tutor del arriba mencionado Orseolo).

Cuenta el cronista novoveneciano que la pugna comenzó en el umbral de la VI República, durante el Fratellato, cuando hubo un reacomodo entre los dogos que pugnaban por el control de la República -bajo el auspicio del poderoso monarca absolutista, Rodinaldo de Orange, quien le tenía lo ojos puestos a los palafitos que entonces flotaban sobre el oscuro lago de aguas espesas y azuladas, iluminadas por mecheros naturales, a orillas del cual se construyó la ciudad-estado. Se sostenía, entonces, que la construcción de obras de vialidad ciudadana era patrimonio de los gremios de oficios, poderosas corporaciones proteccionistas, entre las que destacaba la de los maestros constructores de puentes, la más prestigiosa y próspera de todas. Es fácil entender, entonces, el grave peligro que corría quien osase construir puentes sin venia real o licencia certificada por el poderoso -y celoso de sus fueros- gremio. Podía ser excomulgado de la polis y sus redes hasta viejo aviso.

Siempre según el cronista Piero Orseolo, el conflicto habría detonado por la pretensión de un local -sin licencia del gremio- de construir un puente que uniera el sitio de Mar-a-Caibo con el de Mar-a-Lago residencia oficial del todopoderoso Rodinaldo de Orange, surtidor de favores y ungidor de gobernantes agradecidos. Los doctores de la ley representantes del gremio argüían, además, que el diálogo privilegiado con el todopoderoso del norte ya estaba adjudicado por razones de linaje y sangre, y los advenedizos macchiatos estaban tan sólo de paso, eran comparsa sin más derechos que pagar vasallaje histórico a quien dominaba las redes de comunicación de la ciudad-estado y sus accesos: la innombrable. El pretendido constructor de puentes fue además acusado de blasfemia por haber sostenido que él era un puente en sí mismo, en sintonía con las sectas de renegados Therians que argüían ser perros ladrantes y sonantes. El impúdico todavía paga castigo en la plaza pública de X por su osadía.

N.B. Datos curiosos (a ser factchequeados): según cronistas menores venidos de las Indias, en ese entonces aparece el primer jingle político de campaña que niega melodiosamente que se está en campaña, mientras se afirma que el no candidato está en movimiento. Y se expande por toda la comarca el uso de la doble respuesta perrito de taxi indio: se dice sí con la voz y no con la cabeza al mismo tiempo y coordinadamente. Especialmente efectivo con los amigos valedores del Norte.

 

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