Gabriel Rolón, psicoanalista argentino con fama de convertir angustias existenciales en frases que podrían estar impresas en la pared de un bodegón, es un maestro del bisturí emocional… pero también del sarcasmo elegante. Y entre sus máximas más deliciosamente terrenales está esa que ya es casi patrimonio cultural del psicoanálisis moderno: “el pollo viene con papas.”
A primera vista parece la advertencia de un mesonero harto de clientes complicados. Pero no: es filosofía pura, sólo que servida con mantel de plástico y olor a fritanga. Rolón, con la paciencia de quien ha escuchado a la humanidad quejarse desde Freud hasta TikTok, nos recuerda que la vida no es un menú donde uno puede pedir “la pareja sin traumas”, “el trabajo sin estrés” o “la familia sin domingos interminables”. No, señor. La vida es más bien ese restaurante donde el mesonero te mira fijo, con una mezcla de compasión y burla, y te dice: “No se cambia la guarnición, maestro.”
El pollo es lo que elegimos: la persona que amamos, el proyecto que emprendemos, el sueño que perseguimos. Y las papas son todo lo que viene pegado, como si el universo tuviera un humorista interno que disfruta de nuestras ilusiones: las manías del otro, los silencios incómodos, los días grises, las cuentas que llegan con más puntualidad que la felicidad. Las papas son esas pequeñas verdades que uno intenta esconder bajo la servilleta, pero que siempre reaparecen, como si tuvieran GPS emocional.
Rolón, con su ironía suave, nos dice que madurar es dejar de hacer berrinche en el restaurante de la existencia. Que no se puede pedir “el pollo sin papas” como quien exige un milagro culinario. Que la vida no se deja editar, ni negociar, ni mandar de vuelta a la cocina. Que amar —y vivir— es aceptar el combo completo, aunque alguna papa esté medio quemada.
Y aquí viene la parte filosófica disfrazada de chiste: aceptar las papas no es resignarse, sino entender que la realidad es un plato entero, no una degustación selectiva. Que la belleza está en la mezcla, en lo inesperado, en lo que no controlamos. Que la existencia, como un buen plato casero, necesita de lo dulce, lo salado y lo que nos hace fruncir la nariz.
Y cuando aplicamos esa frase al terreno político —especialmente en países como Venezuela, donde la política es casi un género literario— la ironía se vuelve más sabrosa que el propio pollo.
Porque sí: también en la política el pollo viene con papas. Y aquí es donde muchos ciudadanos se llevan la sorpresa. Esperan políticos impecables, casi de laboratorio, seres de luz que no sudan, no se equivocan, no improvisan, no se contradicen y, si es posible, que tampoco coman para no parecer demasiado humanos. Pero lamento informarles —como diría un médico antes de dar un diagnóstico incómodo— que los políticos son de carne y hueso, tan imperfectos como cualquier ciudadano que hace cola, paga impuestos o se queja del tráfico.
El problema es que solemos elegir al político como quien elige el pollo: mirando sólo lo doradito, lo que brilla, lo que promete aroma a futuro. Pero ignoramos que, inevitablemente, vienen las papas: sus defectos, sus límites, sus torpezas, sus contradicciones, sus días malos, sus decisiones discutibles. Y cuando esas papas aparecen, muchos reaccionan como el cliente caprichoso del restaurante: “Perdón, yo pedí el pollo, pero no estas papas.”
La vida democrática, sin embargo, no acepta cambios al menú. No existe el político perfecto, ni el líder sin sombras, ni el gobernante sin errores. Pretenderlo es como exigir que el mozo traiga un pollo sin papas, sin huesos, sin grasa y, si es posible, sin pollo. Una fantasía culinaria y cívica.
La ironía es que, al final, la madurez política consiste en entender que no votamos dioses, sino personas. Que la política no es un casting de superhéroes, sino un oficio humano, demasiado humano. Y que la responsabilidad ciudadana no es exigir perfección, sino vigilar, cuestionar, acompañar, corregir y, sobre todo, no hacerse el sorprendido cuando aparecen las papas.
Porque las papas siempre aparecen. Y no porque el político sea malo, sino porque es humano. Y porque, como diría Rolón, así viene el combo de la realidad.





