Publicado en: El Nacional
Por: Jacobo Dib
En los años noventa, con pocos años de graduado de médico y mientras terminaba la Maestría de Historia de Venezuela en la UCAB, cruzó el umbral de mi consultorio una persona muy especial: Miguel Ángel Burelli Rivas, recién designado ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela por el presidente Rafael Caldera. Sería, a la larga, el único canciller durante todo aquel quinquenio.
Siempre llegaba acompañado de su esposa, María Briceño, una mujer de elegancia natural que lo trataba con una mezcla de afecto profundo y discreta complicidad. Él sufría de una enfermedad diverticular del colon que finalmente fue resuelta quirúrgicamente.
Durante su hospitalización por aquella cirugía, lo visitaba a diario. Su habitación estaba llena de recordatorios familiares: dibujos infantiles, fotografías de sus nietos, pequeños mensajes escritos con la espontaneidad que solo tienen los niños. Era evidente que los quería profundamente, y aquella escena siempre me conmovía.
Se recuperó por completo y, como ocurre tantas veces en la medicina, con el tiempo le perdí el rastro. Sin embargo, el recuerdo de aquel canciller —inteligente, humano, sereno— quedó guardado para siempre en mi memoria.
No en todos los países del mundo la palabra canciller significa lo mismo. El término proviene del latín cancellarius, nombre que recibían en la antigua Roma ciertos funcionarios que trabajaban tras las rejas o canceles que separaban a los jueces del público en las basílicas judiciales. Con el paso de los siglos, el término fue evolucionando hasta designar cargos de enorme responsabilidad.
En algunos países, como Alemania, el canciller es el jefe del gobierno. En otros, como el nuestro, el canciller es el ministro encargado de la política exterior. Y, como en casi todo en la vida pública, los ha habido memorables y también olvidables.
Décadas después, el canciller —otro muy distinto, y con ese significado informal que los médicos solemos usar entre nosotros— llegó inesperadamente. Esta vez no a mi consultorio. Llegó a mí.
Durante un examen de rutina, uno de esos estudios que los médicos solemos recomendar con convicción a nuestros pacientes pero que a veces postergamos para nosotros mismos, apareció una lesión pulmonar inesperada. No había síntomas, ni advertencias, ni un solo cigarrillo de por medio, ni historia alguna que la anunciara. Simplemente estaba allí.
La noticia llegó primero como un golpe seco, seguido de una secuencia emocional bastante conocida por quienes trabajamos en medicina: sorpresa, incredulidad, negación. Luego el miedo. Después una tristeza silenciosa que se parece mucho a un duelo. Porque, en cierta forma, lo es.
Después de casi cuarenta años ejerciendo la medicina, me tocó sentarme del otro lado del escritorio. De pronto uno ya no es el médico que explica diagnósticos, sino el paciente que espera respuestas.
En estos días recordé inevitablemente una película de 1991 titulada The Doctor. En ella, William Hurt interpreta a un brillante y arrogante cirujano cuya vida cambia cuando le diagnostican cáncer y se ve obligado a experimentar el sistema hospitalario desde la perspectiva de sus propios pacientes. La historia está basada en el libro autobiográfico del médico Edward Rosenbaum, significativamente titulado A Taste of My Own Medicine. Una cucharada de mi propia medicina.
Nunca esa expresión me había parecido tan literal.
Hoy, después del susto inicial, después de atravesar ese breve pero intenso territorio de la negación y de la tristeza, he decidido enfrentar esta situación con serenidad y con coraje. No solo por mí, sino por las personas que quiero.
Los médicos sabemos que la medicina moderna no es una ciencia de certezas absolutas, sino una disciplina de probabilidades y decisiones valientes.
Así que aquí estoy, del lado donde antes han estado muchos de mis pacientes y, como ellos, a quienes tantas veces transmití ánimo, listo para enfrentar al canciller.





