No existe una única historia consolidada ni una gran saga que unifique a todos los Tancredi en Venezuela bajo un mismo linaje. El apellido, de origen italiano, llegó al país a través de distintos procesos migratorios —familiares o individuales— y cada rama se integró por su cuenta en diversos espacios de la sociedad venezolana. Como ocurrió con muchas familias europeas, su presencia no responde a un tronco común nacional, sino a múltiples trayectorias que confluyeron en un mismo territorio y terminaron echando raíces propias.
Aunque algunos Tancredi se establecieron en Venezuela desde el siglo XIX, la mayoría de las familias con este apellido llegó durante la gran ola migratoria italiana de la posguerra, entre las décadas de 1940 y 1950. Venían con oficio, empuje y una disciplina que pronto encontraron terreno fértil en el país. Se integraron con rapidez, levantaron negocios, aportaron al desarrollo profesional y económico y, al mismo tiempo, conservaron la memoria afectiva de sus lugares de origen, especialmente de regiones como Sicilia y Campania, cuyos ecos culturales siguieron latiendo en sus hogares.
Venezolano con apellido viajero
Hay algo en los italianos que no se borra, ni con el paso de generaciones, ni con el correr de los siglos. Es una marca que no necesita pasaporte: está en la mirada, en los gestos, en la forma de hablar, de caminar, de ocupar el espacio. Es físico y también en las maneras. En cualquier país donde haya descendientes de italianos, esos modos aparecen como un sello de fábrica, como si ese genoma —cultural, emocional, casi teatral— se negara a diluirse.
Mauricio Tancredi es un venezolano de raíz y con apellido viajero, un hombre en quien conviven la cadencia caribeña y un imborrable eco antiguo venido de Italia. Si uno se cruzara con él en cualquier calle del sur de Italia, no pensaría “este señor es venezolano”. A él se le nota lo italiano. En segundos uno puede notar que lo lleva en el gesto, en la voz; una mezcla de intensidad y ternura, en la palabra una musicalidad que delata herencias, y, supongo, en la vida cotidiana una manera de estar en el mundo que combina la pasión mediterránea con la calidez criolla. No es, sin embargo, un hombre dividido entre dos orígenes. No se ve a sí mismo como italiano. Eso hace su ADN aún más interesante. Quizás él no se ha percatado de que es alguien que —consciente o inconscientemente— ha hecho de esa doble pertenencia una identidad propia: un Tancredi que nació en Venezuela, se formó en sus ritmos, y sin embargo carga —sin proponérselo— con esa marca italiana que se asoma en la mirada, en la mesa, en la risa y en ciertos silencios que dicen más que cualquier genealogía.
Tancredi es un apellido que no deja lugar a dudas. Pero Mauricio Tancredi es venezolano, y eso también es indiscutible. En él conviven dos ritmos: el de la sangre que viene de lejos y el de la tierra donde nació. Y es un perfecto ejemplo de la mezcla que se produjo en Venezuela con la llegada de inmigrantes.
Mauricio Tancredi es una rara avis. Y no lo digo por su currículum… lo digo por su historia. De profesión, Comunicador Social. Y sí, en algún momento decidió convertirse en empresario. Pero hoy no me interesa presentarlo desde ahí. No vengo a hacerle una nota empresarial. No es mi oficio ni mi intención.
Hoy me interesa Mauricio desde otro lugar: como descendiente de italianos. Porque su historia —como la de tantos en este país— no empieza con él. Empieza antes. Con gente que cruzó el mar, con acentos que llegaron en barco, con costumbres, recetas, silencios y una forma muy particular de entender el trabajo, la familia y la perseverancia.
Aunque su nombre es Mauricio -con c y no con z- es heredero de esa tradición. Aunque él quizás no lo ponga en el primer plano de su biopic, como sí lo hacen otros descendientes de inmigrantes. Lleva en sus venas esa cultura que no siempre se nombra, pero que vaya si se nota. En la manera de hacer las cosas. En la disciplina. En la terquedad buena. En esa mezcla de pasión y paciencia que suele venir en la sangre y no se compra. Es un tipo raro en una Venezuela que confunde pasión por el país con patrioterismo ramplón.
Por eso está hoy aquí. Por eso busco conversar con él. No por lo que hace, sino por lo que representa. Porque en él se encarna esa historia de inmigrantes italianos que no sólo llegaron a Venezuela, sino que se quedaron, aportaron y ayudaron a construir el país.
El hombre juega golf desde los siete años, y ese detalle —que a primera vista parece una anécdota de sobremesa— es en realidad una llave maestra para entenderlo. Porque quien aprende a darle a una pelota diminuta con un palo más largo que sus certezas, bajo un sol que no perdona, desarrolla una mezcla peculiar de paciencia, terquedad y elegancia estratégica.
El golf, a esa edad, no es deporte: es formación de carácter. Es aprender a respirar antes de pegarle, a no insultar al viento, a aceptar que la pelota a veces decide tener vida propia. Es descubrir que la distancia entre la intención y el resultado puede ser humillante, pero también divertida. Y que la única manera de no perder la compostura es reírse un poco de uno mismo.
Así que sí, no es un dato menor. Un niño que crece entre swings, bunkers y greens termina afinando un tipo de disciplina que no se nota a simple vista, pero que aparece en los gestos: en la manera de esperar, en cómo calcula silencios, en cómo se mueve sin apuro, como si siempre estuviera midiendo la dirección del viento aunque esté en una sala de estar.
Ese hombre, el del golf desde los siete años, carga en el cuerpo la memoria de miles de golpes fallados y unos cuantos perfectos. Y eso, quieras o no, marca una personalidad. Porque quien aprende tan temprano a convivir con la frustración y la gloria en dosis pequeñas, termina siendo alguien que entiende que la vida —como el golf— se juega golpe a golpe, con humor, con paciencia y con la certeza de que siempre habrá otro hoyo más adelante.
Con esa mezcla como punto de partida, abrimos esta conversación.
— Mauricio, ¿has estado alguna vez en Italia? Y si has estado, ¿has sentido el llamado de la sangre? No hablo de buscar orígenes, sino de algo más íntimo: la sensación de que ese genoma camina contigo.
—“Nunca he estado en Italia. Eso sigue allí, en mi bucket list, esperando su turno.”… Con Mauricio me pasa como con esos ingleses que conocí en Buenos Aires. Siguen siendo ingleses aunque jamás hayan puesto pie en “back home”. Creo que hay algo en él que le está hablando. Eso que algunos titulan el “llamado de la sangre”. No es nostalgia —cómo extrañar un lugar que no conoce— sino una especie de reconocimiento anticipado, como si una parte de él mismo ya supiera caminar esas calles.
—“Italia es un pendiente”, me dice. Creo que Mauricio necesita ir, no para buscar orígenes, sino para ver si ese eco que lleva consigo encuentra allá su fuente o si la fuente está en él mismo.
— Mauricio, más allá de la sangre y el apellido: en tu vida diaria, en tus hábitos, en tus manías incluso, ¿hay algo que, sí te pones a pensar, reconozcas como un guiño italiano? Algo que digas “no lo había pensado, pero tal vez esto me viene de allá”, aunque nadie te lo haya enseñado.
—“La verdad, no tengo ni la menor idea”, responde. “Nunca me he sentado a pensar “esto debe ser mi guiño italiano”. Pero si me pongo a hurgar un poco, quizá haya pequeñas cosas que podrían venir de allá sin que yo lo haya decidido…” Creo que es así, aunque él no se percate. Quizás cierta manera de disfrutar la comida como si fuera un acontecimiento, una intensidad que aparece cuando habla de algo que le importa, o ese impulso de explicar algo moviendo las manos aunque no haga falta.
“No sé si eso es herencia, casualidad o simple invento mío”, pero a veces sospecho que uno carga pequeñas marcas que no pidió, que vienen de lejos y se cuelan en la vida diaria sin anunciarse. Y tal vez ese sea el guiño: no saberlo con certeza, pero sentir que algo, por mínimo que sea, podría venir de allá.
—Una tercera inquietud: tus hijos y nietos llevan también esa herencia italiana. ¿Crees que, incluso sin proponérselo, ese genoma salta en algo —un gesto, un modo, una intensidad— que los delata?
—“No lo sé. Quizás sí, quizás hay algo que se cuela sin pedir permiso.”… Traduzco de su mirada . No es un “gen” en el sentido biológico estricto, sino una especie de memoria corporal que se hereda por ósmosis. Supongo que en sus hijos aparece en un gesto que no aprendieron de nadie, en una manera de mover las manos cuando explican algo, en una intensidad que brota sin aviso. No es que anden por la vida proclamando su italianidad, pero quizá sea algo que quien los mira diga: “Ajá, ahí está… eso no lo inventaron ellos”.
Mauricio dice mucho sin decirlo. Es como si la herencia —esa mezcla de sangre, historias, sobremesas y silencios— encontrara siempre un resquicio para manifestarse. Y lo hace con una naturalidad que delata más que cualquier apellido. Porque al final, lo que se transmite no es un pasaporte, sino una forma de habitar el mundo.
—Mauricio, explícame algo: ¿cómo haces para moverte en este mundo empresarial tan feroz con esa calma que desarma? No es falta de fuego, es otra cosa… una suavidad que intimida más que cualquier grito. Como si hubieras entendido que la pasión no necesita dientes para morder. ¿De quién heredaste eso o dónde lo aprendiste?
Su respuesta me sorprende y, a la vez, no me asombra. En este oficio de escribir una aprende a leer a las personas. Me dice cosas así: “…la gente cree que la calma es ausencia de fuego, pero en mi caso es exactamente al revés. Yo me muevo así porque ya entendí que en este mundo empresarial el que grita pierde el hilo, y el que pierde el hilo pierde el negocio. La pasión con dientes muerde, sí, pero también sangra. La mía aprendió a morder sin hacer ruido…” No sabría darte un solo origen. Es una mezcla rara. Un poco de mi viejo, que tenía esa manera de mirar las tormentas como quien observa un cuadro: sin apuro, sin miedo, como si supiera que todo pasa. Y un mucho de las enseñanzas que me dio la vida… Con el tiempo descubrí que la suavidad no es debilidad, es estrategia. La calma desarma porque no entra en el juego del otro. Y en un entorno feroz, eso desconcierta más que cualquier rugido… “No es que no tenga fuego. Pero lo uso para alumbrar, no para incendiar.”
Sin fanfarria ni discursos
La inmigración italiana en Venezuela es como ese olor a pan caliente que se te mete en la vida y no hay suavizante que lo saque. No llegó con fanfarria ni discursos: llegó en barcos cansados, en manos que sabían de trabajo duro y en miradas que venían de perderlo todo, o casi todo, pero con esa terquedad luminosa que sólo tienen quienes deciden volver a empezar aunque el mundo le haya pasado por encima. Apenas tocaron tierra, hicieron lo que hace la levadura cuando cae en agua tibia: empezaron a crecer, a mezclarse, a levantar cosas visibles e invisibles.
Venezuela, que siempre ha tenido alma de casa abierta y desorden bonito, los recibió sin preguntar mucho. Y ellos, agradecidos, se quedaron. Se metieron por las cocinas, por los talleres, por las calles, entre los ladrillos, por los afectos. Convirtieron la pasta en prima hermana del pabellón, multiplicaron comercios como si fueran semillas al viento, enseñaron que el helado también puede ser domingo y que la disciplina no está reñida con la ternura. Construyeron edificios, sí, pero también costumbres, familias, maneras de hablar y de reír. Dejaron un eco que todavía vibra en el país: un “chao” que ya es criollo, un gesto con las manos que se volvió cotidiano, un orgullo suave que no presume, ni se esconde.
Y en medio de esa herencia que camina por las calles sin hacer ruido, aparece Tancredi. Venezolano hasta la médula, pero con un Mediterráneo interno que se le escapa por las costuras. Él jura que no, que es más criollo que una empanada de cazón, pero basta hablar con él cinco minutos para que se le asome lo italiano, como quien deja ver la piel por debajo de la guayabera. Cuenta cualquier cosa como si estuviera narrando una ópera. Habla con las manos incluso cuando las tiene ocupadas. Y cuando se ríe, se le ilumina la mirada con una nostalgia que es una especie de balcón con macetas que él no recuerda haber heredado, pero que ahí está, vibrando.
En esa conversación corta que tuvimos, casi un saludo largo con dos cafés, se le notó todo. Habla del trabajo como quien habla de la familia, y de la familia como quien habla de un proyecto que se construye con paciencia. Tiene esa mezcla de rigor y cariño que no se aprende en ningún manual. Y cuando se emociona, aunque diga “vale, chica”, uno escucha un “mamma mia” escondido entre líneas. Él siente que es pura venezolanidad, y lo es, pero con ese toque de albahaca que no se quita ni con varias generaciones de sol tropical.
Porque la identidad es así: uno cree que es una cosa, pero el alma —esa sí que no miente— deja escapar el acento verdadero. Y en Tancredi, ese acento canta. Canta como cantaron sus ancestros al llegar, como canta el pan al salir del horno, como canta la mezcla de dos mundos que se reconocen sin necesidad de explicarse.
Yo no tengo raíces italianas, ni un tatarabuelo con bigote de ópera ni una nonna que haga pasta los domingos. Pero igual reconozco en Tancredi ese descendiente de inmigrante que lo es sin presumirlo. Porque no hace falta ADN europeo para identificar a ese tipo que se mueve entre ruinas con gracia, que se acomoda al cambio sin despeinarse, que dice verdades envueltas en terciopelo y sonríe como quien sabe más de lo que dice. Aquí también hemos visto suficientes metamorfosis tropicales como para entenderle el truco.
Si Tancredi hubiera nacido en Margarita, sabría exactamente a qué hora sopla la brisa buena, cómo negociar con el pescador sin que nadie se ofenda y qué chiste soltar para que la mesa entera se ría aunque estén hablando de una desgracia. No nació en Margarita, pero ser navegao no le costó demasiado. Trae en la sangre esa habilidad de sobrevivir con estilo, que no es genética sino cultural, casi un deporte. Por eso uno le habla y él responde con ese cinismo encantador, como si dijera “todo cambia para que nada cambie” mientras toma otro café… Y uno suelta la carcajada, porque la frase, aunque venga de Sicilia, nos queda como hecha a la medida.
Al final, conversar con Tancredi fue mirar un espejo que vino en barco: refleja lo nuestro, pero con luz europea, con sombras antiguas, con un humor que no se ríe a carcajadas sino por dentro, como quien ha visto demasiadas temporadas de la historia humana. Y uno lo acepta, porque es sabroso tener un interlocutor que entiende que la vida es una ópera bien escrita y mejor cantada.
“Se bastasse una bella canzone”
Terminado el encuentro, nos despedimos con esa amabilidad ligera que no pesa, y yo echo a andar de regreso a casa bajo el sol margariteño, que siempre cae como una bendición brillante. Camino tranquila, dejando que el día me envuelva, y de pronto se me activa en la memoria esa melodía italiana que lleva años instalada en mis recuerdos, como un huésped que nunca se fue. Sonó en radios de carro, en fiestas de sala, en casetes que giraban hasta volverse transparentes. “Se bastasse una bella canzone…”, y la frase queda flotando en el aire, perfecta para este cruce improbable entre Sicilia y Margarita.
Yo soy de esas ingenuas profesionales que creen que una buena canción puede arreglarlo todo: la historia, la política, las ruinas, incluso las contradicciones que una carga como quien lleva un bolso lleno de cosas inútiles pero queridas. Una melodía bien entonada no salva el mundo, pero sí salva el día, y a veces eso es suficiente.
Ramazzotti, colándose por mis audífonos y por mi vida, me hace pensar que, si de verdad bastara una bella canción, el mundo entendería que no hace falta demasiado para que todo encaje un poquito mejor.
Un italiano que no sabe cuánto lo es. Una venezolana que tiene la suerte de saber mirar lejos. Una conversación amable en una mañana margariteña.
No hacen falta adornos. Sólo la música justa y el sol en su sitio.





