Venezuela: una corona forjada a pulso – Mari Montes

Omar López fue un orfebre que armó una corona con joyas de todo tipo. Unas que lideraron al campeonato del Clásico Mundial.

Publicado en: El Extrabase

Por: Mari Montes

Desde que cayó el último out del juego que ganó Estados Unidos en 2023, comenzamos a contar los días.

El año pasado empezamos a preguntarles a los jugadores sobre la ilusión de vestir el uniforme de Venezuela. En cada respuesta había algo que estremecía.

Los que ya habían estado querían repetir, ir más lejos, pelear por el título. Los que no, hablaban con una mezcla de ansiedad y orgullo. Todos coincidían en lo mismo: representar a su país era un compromiso innegociable.

Llegaron los Entrenamientos de Primavera y también las primeras malas noticias. Miguel Rojas, José Altuve y José Alvarado no pudieron participar por temas de seguro; Pablo López se lesionó; Germán Márquez optó por quedarse en Arizona con su nuevo equipo; Jesús Luzardo decidió enfocarse en la temporada con los Phillies.

Pero lejos de desanimar, cada ausencia se transformó en combustible.

Las prácticas en West Palm Beach dejaron una imagen poderosa: un grupo de grandes ligas que, por momentos, parecía un equipo infantil jugando un “Mundialito”. Energía pura. Alegría genuina. Esa esencia los acompañó durante todo el torneo.

Los juegos de exhibición no se trataban de ganar, sino de encontrarse, reconocerse, hacerse equipo.

Hubo críticas —algunas justas, otras malintencionadas—, pero incluso eso los unió más.

Llegaron a Miami con un objetivo claro: avanzar. No eran favoritos. Nadie supo medir el valor de la inspiración.

La motivación de Willson Contreras fue especial: debutaba con la espina de 2023 aún clavada y el arrepentimiento de haber dicho que no. Compartir con su hermano William elevó todo.
Y detrás del plato, junto a Salvador Pérez, marcaron el pulso del equipo: lectura del juego, manejo del pitcheo, liderazgo silencioso. Fueron determinantes.

El infield fue garantía total: Andrés GiménezLuis ArráezEugenio Suárez, Maikel García, Ezequiel TovarGleyber Torres, Willson Contreras… manos firmes, rango, inteligencia.

En los jardines, el término “patrulleros” cobró sentido: Wilyer AbreuJackson Chourio y Ronald Acuña Jr.

Y la pieza que encajaba en cualquier lugar: Javier Sanoja, destinado a anotar la primera carrera de Venezuela en el torneo… y también la última.

Había magia en el terreno. Magia y excelencia.

Guantes de oro por doquier: Abreu en los jardines; Giménez (con su Guante de Platino), Tovar y García en el cuadro; Salvador Pérez detrás del plato. Defensa de élite.

El cuerpo de lanzadores respondió completo. Abridores y relevistas, todos hicieron outs. Todos aportaron.

Y detrás de todo, una estructura sólida.

Omar López lideró, pero nunca solo. A su lado: Robinson Chirinos como coach de banca; Víctor Martínez, voz serena; Johan Santana guiando el pitcheo con autoridad de Cy Young; Jorge Córdova sosteniendo el bullpen; Miguel Cabrera y Carlos “Beto” Méndez fortaleciendo a los bateadores.

Gerardo Parra, energía constante en primera base; Rouglas Odor, firme en tercera y en el infield.

En el trabajo silencioso: Rolando Valles y Néstor Corredor.
En la preparación del pitcheo: Javier Bracamonte y Juan Graterol.

En la gerencia: Aracelys León, Andreína Salas, “El Chato” Yépez, Jimmie Mayke y Gregor Blanco, construyendo desde las sombras.
Los scouts, afinando estrategias.
Los trainers, cuidando cada detalle físico.
El clubhouse, garantizando comodidad.

Carlos Guillén Altuve, haciendo fluir la información.

Los equipos campeones no solo juegan: se construyen.

Todos fueron parte del mismo taller.

Como un orfebre, Omar López tomó oro puro —estrellas consagradas— y piezas menos visibles. Historias distintas, talentos distintos. No para que brillaran por separado, sino para fundirlos en una sola joya: una corona.

El torneo fue aprendizaje constante.

Cada victoria tuvo un héroe distinto. Cada juego dejó una lección. Incluso la derrota ante República Dominicana fue parte del camino.

Después vino lo impensado: vencer a Japón, tres veces campeón. Luego, superar a Italia en semifinales.

Venezuela, contra todo pronóstico, llegó a la final ante Estados Unidos.

Pero ya no era promesa: era certeza.

Ganaron incluso antes del primer pitcheo.

En el protocolo, con Luis Arráez erguido, orgulloso, caminando como un lancero.
En el himno, cantado con el corazón.
En el baile, convertido en símbolo.

Venezuela tomó ventaja temprano.
Eduardo Rodríguez brilló.
El relevo sostuvo.
Hasta que en el octavo, Bryce Harper empató.

Y aun así, no hubo miedo.

En el noveno, Arráez negoció boleto.
Entró Sanoja. Robó segunda. Llegó quieto.

Y Eugenio Suárez conectó el doble que trajo la carrera decisiva.

Daniel Palencia cerró la historia: tres outs, tres momentos eternos.

Y entonces sí… Venezuela estalló.

En el terreno. En las gradas. En cada rincón donde latía un venezolano.

No fue solo un campeonato.

Fue la recompensa a un camino recorrido con convicción.
La validación de cada esfuerzo, cada duda, cada crítica superada.

Misión cumplida.

Porque no hay victoria más grande que llenar de orgullo a todo un país.

 

 

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