Karina Sainz Borgo: “Exageré todos los dramas familiares hasta convertirlos en una saga” – María José Solano

Publicado en: Zenda

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Entre la saga familiar y la tragedia, entre el realismo y una atmósfera que a veces roza lo visionario, Nazarena (Alfaguara 2026), la última novela de Karina Sáinz Borgo, prolonga uno de los territorios narrativos que la autora viene explorando desde hace años: el de las mujeres que sobreviven en paisajes devastados, lugares donde la familia deja de ser refugio para convertirse en frontera o campo de batalla. La crítica ha visto en Nazarena ecos de Rulfo, de García Márquez o de Lorca: esa tradición literaria donde el destino pesa, la memoria no concede tregua y la violencia doméstica adquiere una dimensión casi ritual.

Después de La hija de la española y El tercer país, Sainz Borgo vuelve así a uno de sus temas centrales: la resistencia. Solo que esta vez el paisaje de la ruina no es una ciudad ni una frontera, sino algo más cercano y más peligroso. La casa familiar. Allí, entre paredes que lo recuerdan todo, cada hermana parece luchar al mismo tiempo por permanecer y por escapar.

Hablamos con la periodista y escritora, que posa para las fotos de Jeosm como si escribiera un epílogo gráfico de su propia novela.

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—Recuerdo que una vez me dijiste que estabas cansada de las mujeres con escopeta. ¿Qué tipo de mujeres son las de Nazarena?

—Son híbridos. Híbridos entre la mujer que dispara y la presa que recibe el disparo. En Nazarena las mujeres son al mismo tiempo cazadoras y cazadas. Yo sigo teniendo personajes femeninos que parecen depredadores, pero que en realidad están desgarrados por dentro. Y también hay mujeres ingenuas, que desean, que aspiran a algo que ni siquiera conocen. Por eso digo que aquí el depredador y la presa conviven en la misma criatura. Ya no me interesaba ese mundo caricaturesco donde todas son señoras armadas que dominan la escena. Aquí el poder está en otro lugar.

—¿En el sexo?

—No sólo, pero también. Por primera vez hay sexo explícito en mis novelas. Me di cuenta mientras escribía que el sexo había estado ausente porque es el territorio más difícil de narrar: semánticamente complejo y estéticamente peligroso. Pero no podía haber tanta muerte sin que hubiera también deseo. Y en la novela aparecen tres formas distintas de sexo, cada una ligada a un personaje masculino. El sexo de poder, casi de medición; el sexo de adoración; y el de El Gitano, que es el más nuevo: un sexo urgente, casi desesperado, como si dijera: “Vamos a vivir, porque nos vamos a morir”. Ese erotismo introduce una interrupción en la tragedia permanente que yo venía escribiendo desde La hija de la española y El tercer país. Sin ese componente erótico, tal vez Nazarena habría sido un personaje demasiado duro para el lector.

—En tus novelas aparece siempre la locura o la enajenación. ¿Es un recurso literario?

—La locura no es exactamente un diagnóstico, es una forma de interrupción. Algo que modifica la manera de mirar el mundo. Todos mis personajes están enajenados por algo: Angustias Romero, Visitación Salazar, la copista de Schubert… Cada uno arrastra una pérdida, un dolor o un desamor. Nazarena también: lo que tiene es un trauma no resuelto. Si lo llamamos locura, psicosis o depresión es secundario. Lo que me interesa es cómo esa grieta amplifica una carencia estructural. Piensa en Antígona: no sabemos si actúa por deber o porque está devastada por la muerte de su hermano. 

—Pero me refería más al atractivo narrativo de esa enajenación.

—El habla psicótica es muy bella. Cuando una persona pierde ciertos filtros cognitivos, el lenguaje queda desnudo. Cualquiera que haya convivido con alguien que sufra deterioro cognitivo lo sabe: la repetición obsesiva de una pregunta, de una palabra, revela el cerebro sin velos. En Nazarena ocurre algo así: ella repite cosas que la angustian, que la obsesionan. Es hermoso y aterrador al mismo tiempo. Yo quería explorar esa belleza inquietante.

—Al leer la novela, muchos hablan de ecos de García Márquez o de la tradición tropical. Pero quizá también haya algo de tragedia española.

—Es verdad. Pienso en La casa de Bernarda Alba y pienso en Yerma. Las tragedias españolas suelen estar cerradas sobre sí mismas, consumirse como una hoguera sin salida, desde Grecia hasta Lorca. En América Latina, en cambio, la tragedia se transmite, se hereda. En Cien años de soledad todo se transmite. Esa idea de herencia, de viento que atraviesa generaciones, está en mi forma de narrar. Yo siempre he sentido que las figuras femeninas que aparecen en mis novelas están condicionadas por una educación cultural: guerreras, guardianas, custodias, figuras casi marianas. Crecí viendo mujeres que cosían, que leían, que guardaban silencio. Ese imaginario inevitablemente reaparece.

—Tus novelas parecen habitar siempre el mismo territorio.

—Sí, y es un territorio que me produce la misma sensación que los cementerios. A mí me gustan los cementerios. Me producen ansiedad y tranquilidad a la vez. En mis novelas siento algo parecido: estoy rodeada de muerte, pero de una muerte que ya no puede hacer daño.

—Hay imágenes que se repiten mucho: serpientes, frutas podridas, cadáveres, humedad…

—No podría escribir sin ese mundo simbólico. Sin reliquias, santas decapitadas, miembros amputados. Todo eso forma parte de mi imaginario. Te pongo un ejemplo: cuando viajé a México y vi la diosa Coatlicue, comprendí algo esencial. Esa iconografía —serpientes, cuerpos híbridos, divinidades femeninas— conecta con la tradición católica, con las vírgenes, con todo ese imaginario que yo veía de niña. No es necesariamente religioso: es una pulsión estética. Yo veo una Inmaculada y literalmente me pica la cabeza.

—¿Cómo nace Nazarena?

—Es una historia muy vieja. De hecho, probablemente anterior a La hija de la española. Parte de una historia familiar: la familia de mi madre estaba formada por ocho hermanas, hijas de italianos que emigraron desde el Véneto a Venezuela. En esa familia ocurrieron cosas extraordinarias. Yo quería contarlas, pero mi madre me pidió que no usara los nombres reales. Así que recurrí a la imaginación y exageré todos los dramas familiares hasta convertirlos en una saga. Y al hacerlo me di cuenta de que estaba contando también la Venezuela de finales del XIX y principios del XX: esos pueblos formados por inmigrantes europeos en el Caribe.

—Ese paisaje vuelve una y otra vez en tus libros.

—Porque es el paisaje de mi infancia. La zona donde ocurre la novela no existe exactamente, pero está inspirada en el lugar donde crecí. Yo siempre digo que de niña recogía los trozos de caña de azúcar que caían de los camiones. Todo ese universo estaba ahí.

—En tus novelas los hombres suelen morir o marcharse.

—En mis novelas y en mi vida. El único hombre verdaderamente importante de mi vida murió el año pasado. Los demás se marcharon. Así que escribo desde esa experiencia. Eso no significa que todos los hombres sean así, pero mi verdad literaria nace de ahí.

—En la novela aparece también la maternidad como tema central.

—Sí, y no sé exactamente por qué. Es algo que se repite constantemente en lo que escribo. La maternidad me interesa porque es la relación política más perfecta que existe: contiene todas las formas de poder. El poder de dar vida, de alimentar, de criar, de manipular, de dañar… y también el momento en que ese poder desaparece cuando el hijo se va. Yo no he tenido hijos, pero soy una hija muy observadora.

—Nazarena introduce también un elemento de misterio.

—Sí, porque hay dos preguntas que sostienen la novela. La primera: ¿es verdad lo que Nazarena cuenta? ¿Ha visto realmente lo que dice haber visto? Y la segunda es el misterio final, que no voy a revelar. La novela tuvo muchas versiones: perdí casi doscientas páginas. Pero entendí algo fundamental: si escribes un libro, no aburras. Hay que darle al lector una incógnita que resolver.

—¿En qué estás trabajando ahora?

—En una historia sobre el castigo físico. El tormento. Hasta ahora he trabajado más el castigo psicológico, pero ahora me interesa explorar la mortificación del cuerpo.

—Publicas ahora en Alfaguara. ¿Qué significa para ti?

—Muchísimo. Alfaguara es, para mí, la editorial de mi lengua. Ahí leí a Cortázar, a Onetti, a tantos autores fundamentales. Entrar en ese catálogo es como entrar en una casa literaria.

Has hablado muchas veces de Javier Marías. ¿Qué te dio como lectora?

—Me enseñó a leer. Sin Javier Marías no habría entendido a Shakespeare. Él me mostró la crueldad, la ironía, las pulsiones humanas que hay en Shakespeare. Y también me enseñó la elegancia, la contención. Era un jugador extraordinario: como esos gatos que no se comen al ratón de golpe, sino que juegan con él.

—¿Qué novela suya fue decisiva para ti?

—Mañana en la batalla piensa en mí. La leí con diecisiete años y no entendí nada. Tuve que volver a ella varias veces. Me fui construyendo como lectora a través de Marías.

—¿Crees que hoy los lectores tienen paciencia para releer?

—La lectura nunca es un proceso cerrado. Siempre volvemos a los libros que no entendimos. La vida nos empuja de regreso a ellos.

—Después del éxito internacional de tus novelas, ¿cómo afrontas un libro nuevo?

—Con mucho miedo. Yo no me considero escritora. Yo trabajo para escribir. Publicar no te convierte en escritor: es solo una operación industrial. El verdadero libro ocurre cuando un lector lo lee.

—¿Puede un libro cambiar el mundo?

—Quizá no el mundo entero, pero sí el mundo de una persona en un momento concreto. Un verso de Tagore, un soneto de Shakespeare… un libro puede salvar a alguien en un instante. Y con eso basta. Porque si yo no creyera eso, no podría escribir novelas.

 

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