María Corina en Madrid: crónica de cien horas, mil abrazos y un espejo incómodo – Beatriz Becerra

Madrid ha sido un espejo que ha reflejado convicciones y evasiones, coraje y cálculo. Pero también una ciudadanía galvanizada que ha entendido que lo que está en juego no sólo no es ajeno, sino que es profundamente propio.

Publicado en: El Español

Por: Beatriz Becerra

María Corina Machado llegó a Madrid después de ser recibida con honores por líderes europeos que, con todas sus diferencias, decidieron algo tan elemental como llamar a las cosas por su nombre.

Ese reconocimiento previo transformó la posición desde la que se la miraba aquí. No se trataba de una dirigente que venía a pedir legitimidad, sino alguien que llegaba con ella y obligaba a los demás a definirse.

La ausencia de una reunión con el presidente Pedro Sánchez ha marcado claramente el signo de esta visita trascendental. No puede leerse como desacuerdo de agendas, cautela diplomática o reproche mutuo. Forma parte de la narrativa de estos días, tanto como los actos que sí se produjeron. En política, lo que no ocurre también comunica, a veces más.

Y, en este caso, comunica alto y claro la consolidación de la posición del Gobierno de España como baluarte de regímenes autoritarios y populistas a nivel internacional.

Sin disimulo ni ambigüedades.

Madrid ha acogido a María Corina con una calidez difícil de ignorar.

Su agenda ha deslumbrado y asombrado a partes iguales por su intensidad y altura, incluyendo encuentros con partidos políticos, instituciones, actores sociales, dirigentes empresariales, universidades, medios de comunicación y una sociedad civil venezolana que en Madrid ya no es diáspora, sino presencia articulada y en marcha.

El Partido Popular en pleno, desde su presidente Alberto Núñez Feijóo, diputados, senadores y eurodiputados, hasta el alcalde y la presidenta de la Comunidad de Madrid, José Luis Martínez Almeida e Isabel Díaz Ayuso, la han recibido con honores y le han entregado las máximas distinciones a su alcance (reservadas a jefes de Estado).

Todos tan cautivados como conmovidos por la presencia arrolladora de una líder que encarna la resistencia democrática frente a una tiranía prolongada durante décadas.

Pero la clave no ha estado en los despachos, sino en la calle. En la Puerta del Sol, donde decenas de miles de venezolanos y españoles asistimos a un momento épico y fundacional, un kilómetro cero tan literal como simbólico.

El 18 de abril fue la visualización de una comunidad política que desborda las categorías tradicionales de nación y ciudadanía. Venezolanos en el exilio, españoles, iberoamericanos de distintas procedencias… una agregación heterogénea unida por una experiencia compartida de pérdida de libertades y por la voluntad de revertirla.

Convocados todos en torno a una líder investida de credibilidad porque su liderazgo, como ha dicho Felipe González, no es mercenario: nunca ha pedido nada a cambio. Al revés, lo ha entregado todo.

“Hoy comenzamos el regreso a casa”, clamó María Corina en Sol. Y ese regreso significa la recuperación de un país, sí, pero también la restitución de la idea de que la libertad y la democracia no se imploran, se conquistan.

Y no existe hoy una sociedad más decidida a recuperar su libertad que la venezolana, lista para asumir su futuro.

La ética de la responsabilidad individual que interpela, incomoda y obliga. Ahí está, a mi juicio, el núcleo de esta visita. La insistencia en que la libertad no es un bien abstracto que se concede desde arriba, sino una práctica que exige posición individual.

Machado no ha dudado en expresar repetidamente y sin rodeos la magnitud de la tarea que afrontan los venezolanos: desmontar un sistema de poder que no es sólo político, sino económico y criminal.

Reconstruir instituciones, liberar a todos los presos políticos, permitir el regreso de millones de venezolanos. Reinsertar a Venezuela en el mundo libre y democrático, de inversión, progreso y crecimiento.

Y, desde luego, celebrar elecciones cuanto antes.

Lo que nos ha dejado claro es que es una tarea común, posible y necesaria. Y que será una conquista cívica.

En estos luminosos cuatro días de abril no sólo hemos presenciado encuentros, consignas y banderas. Hemos asistido también a un ejemplar ejercicio de lealtad. El reconocimiento permanente de Machado al presidente electo, Edmundo González Urrutia.

Postrado en un hospital, ausente físicamente de la escena, ha estado en el centro de todas las intervenciones públicas de María Corina como ancla ética. No ha dejado de recordar su legitimidad, su papel insustituible y la necesidad de sostener ese liderazgo. En un tiempo de personalismos y ávidas sustituciones oportunistas, esta fidelidad serena adquiere una dimensión política mayor, que no es otra que la rectitud y la generosidad como modelo.

Y, desde luego, en el centro de todo, hemos visto abrazos. Abrazos como lenguaje central, como nueva forma de diplomacia afectiva.

Porque María Corina no saluda, reconoce. Abraza como quien firma acuerdos invisibles con cada individuo.

Hay algo radicalmente político en esos abrazos, porque no sustituyen a las instituciones, sino que les recuerdan su razón de ser, y devuelven así a la política su materia prima, que no es sino la vida concreta de las personas a las que debe servir.

Madrid, durante cien horas, ha sido un espejo que ha reflejado convicciones y evasiones, coraje y cálculo. Pero también una ciudadanía galvanizada que ha entendido que lo que está en juego no sólo no es ajeno, sino que es profundamente propio.

 

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