Vamos a recordar que Albares y Zapatero sacaron de Venezuela a Edmundo González porque su arrolladora victoria incomodaba al régimen
Publicado en: El Mundo
Por: Jorge Bustos
El pequeño Albares, que mengua un centímetro por día, está muy enfadado con la cobra que le ha hecho María Corina Machado, así que la ha llamado ultraderechista. Se conoce que para aspirar a la credencial de demócrata no sirve de nada una vida de oposición a la narcotiranía engorilada de Chávez y Maduro, ni un año en la clandestinidad sujetando la esperanza de libertad de tu pueblo cuando le han robado las elecciones, ni un Nobel de la Paz que solo Donald Sánchez o Pedro Trump creen merecer más que ella. En la España decreciente de su decreciente ministro de Exteriores -que nació más bien para la cartera de Interiores Liliputienses- solo te regularizan el papel de demócrata presentándote a la foto con el atildado chambelán del marido de Begoña, que pertenece a esa desdichada clase de varones incapaces de sobreponerse al flautín que la naturaleza puso en su garganta.
Me contaron en 2018 que el minúsculo José Manuel iba riéndose del «folio en blanco» que contenía la cabeza de Pedro Sánchez. Sobre aquel vacío intelectual proyectaba el mínimo Albares posibilidades infinitas de escritura socialdemócrata. Lo que no sospechábamos es que el guionista de la política exterior del Reino de España iba a acabar siendo Pablo Iglesias, según se vio el finde en Barcelona, y que el ejecutor -previa entrega de la cabeza de Arancha González Laya al rey Mohamed– sería este ministro imperceptible con apariencia y timbre de monaguillo cuya estatura diplomática no levanta un palmo del suelo que pisa el tacón de María Corina Machado.
Vamos a recordar que Albares y Zapatero sacaron de Venezuela a Edmundo González porque su arrolladora victoria electoral incomodaba al régimen aun habiéndola robado. Esta sola razón justifica la prudencia de la Nobel a la hora de verse con los cooperadores necesarios del verdugo de su causa. Pero hay muchas más: tantas como votos silenciados; tantas como víctimas perseguidas, tantas como trapicheos favorecidos.
Podemos comprender el rencor del diminuto Albares. Pero nunca el odio a María Corina de la izquierda española en general, empezando por tanto periodista de rasero averiado que esnifa sales si una multitud llama «mona» a Delcy -pudiendo llamarla más propiamente «asesina»- pero apenas alzó una ceja cuando la persecutora llamó «cucaracha» a la perseguida. Ven en Machado a una señora de derechas antes que a una demócrata. Porque en el fondo piensan, desde Lenin, que la democracia es inútil si ganan los otros.





