Por: Jean Maninat
Nunca fue grato ser miembro o allegado de una casa real, ni siquiera un compañero menor de cacería del rey, una dama de compañía de la reina, o simplemente un asomado de esos que luego de trabajar años al servicio de sus majestades, termina publicando unas memorias de trapos sucios puestos al sol y divisas en la cuenta. Ya se encargó el bardo de Stratford-upon-Avon (así se refieren los medios culteros a Shakespeare, nótese la sofisticación nuestra) de diseccionar a reyes codiciosos, príncipes angustiados, reinas homicidas y uno que otro noble de noble corazón y escasas aptitudes para gobernar. Pero, convengamos, las últimas generaciones de monarcas dejan mucho que desear, minimizados por su condición de funcionarios públicos con holgados sueldos y estipendios, seguros de que sus cabezas no rodarán, literalmente, hacia la cesta del verdugo. A lo sumo, serán despojados de sus títulos nobiliarios, obligados a despejar los aposentos reales, y cobrar quince y último por la taquilla preferencial de la tercera edad.
Ah, nuestro querido Charles Philip Arthur George Mountbatten-Windsor tan desprovisto de buen agüero, confinado muy pequeño al estricto internado Gordonstount, en Escocia, por un padre que también había pasado por sus severas aulas y quería perpetuar el castigo en su gentilicio. Quizás allí aprendió el arte de callar la mayor parte del tiempo y hablar quedamente el resto. Quizás allí barruntó que su espera sería larga, que la sangre recia de su progenitora, la reina Isabel II, le postergaría por décadas y décadas lo que le correspondía a él también por sangre: ser monarca del Reino Unido.
Lo vimos madurar, no sin envidia cortejar y casarse con la plebeya más distinguida de Londres. Le envidiamos – eso sí con envidia de la mala- los coches que conducía. (Especialmente el Aston Martin DB6 Volante de 1969, que luego tendría el mal gusto de transformar para que funcionara con un biocombustible hecho de vino blanco inglés y suero de queso. ¡Nobody is perfect!). Pero fue Diana, quien cautivó a las masas, la que una vez más lo situó en las sombras, un segundón desangelado que -a pesar de la mala prensa- sus pares íntimos describían como un tipo culto, ingenioso y leal a su familia hasta lo perruno. Sí, tuvo su affair, su juju, luego ajustado públicamente en ceremonia civil y bendecido religiosamente (sin ser boda) por el arzobispo de Canterbury. Todo un acto de magia destinado a los eximidos de los rigores legales que nos someten a los comunes.
Pero cuando creíamos que la vulgaridad reptante se había apoderado del mundo y sus alrededores. Cuando un ballroom puede ser asunto de Estado y el presidente de la primera potencia mundial maltrata, en vivo y directo, a mandatarios, periodistas y todo aquel que esté a su alcance, el rey Carlos III del Reino Unido, nuestro querido Charles, le ha dado un revolcón mediático con ese flair británico que hizo las delicias de Oscar Wilde y Sir Winston Churchill: “Recientemente comentó, señor presidente, que si no fuera por Estados Unidos, los países europeos hablarían alemán. Me atrevo a decir que, si no fuera por nosotros, ustedes hablarían francés” deslizó sorpresivamente el monarca en su alocución en la cena oficial ofrecida en su honor en la Casa Blanca. Un poema.
Long live the king!





