Publicado en: La vida de nos
Por: Milagros Socorro
Una madre se entera de que a su hijo se lo han llevado funcionarios de las fuerzas de seguridad del Estado. Lo busca sin cesar. No encuentra pistas. Tiempo después le dicen que él falleció meses atrás, y que no le avisaron porque ningún familiar lo buscó. La mujer, Carmen Teresa Navas, muere apenas nueve días después de haber reconocido el cuerpo de su hijo. Sobre el significado de esta historia reflexiona la escritora venezolana Milagros Socorro.
ILUSTRACIONES: WALTHER SORG
Hace dos décadas los rostros populares en Venezuela —como ocurre hoy en buena parte del mundo— pertenecían a figuras de la televisión, cantantes, actores de telenovelas, deportistas, apellidos convertidos en espectáculo. Ese país desapareció. Ahora la notoriedad se la disputan los represores con sus víctimas. Pocas reinas de belleza ganaron en años la gran nombradía que en apenas semanas alcanzó Carmen Teresa Navas, madre del preso político Víctor Quero Navas, muerto en las mazmorras del régimen, y ocultado por este de la búsqueda sin tregua emprendida por la mujer, una anciana en apariencia frágil y carente de poder.
Al equivocarse en este punto, el régimen chavista levantó contra sí mismo una de las figuras morales más contundentes. Carmen Teresa Navas no llegó al espacio público desde la militancia ni desde una vocación política visible, ni siquiera desde la ira o la denuncia estridente. Llegó desde el vínculo más elemental y más antiguo: una madre buscando a su hijo. Cada silencio administrativo, cada negativa de información, cada puerta cerrada ante sus ojos, cada recurso ignorado fueron construyendo la dimensión pública de su figura hasta que alcanzó unos niveles inesperados.
Se dedicaron por años a sembrar miedo, repliegue y aislamiento social… pero en ciertos casos, invirtieron el efecto buscado. Carmen Teresa Navas es el rostro más reconocible de esta forma de justicia poética, dado que adquirió autoridad moral porque persistió en una pregunta humana que el Estado no consiguió neutralizar: ¿dónde está mi hijo?
Lo que el país vio fue a una señora agotada y llena de angustia enfrentada a un gigante rugiente y cruel. Las grandes estructuras represivas suelen prepararse para enfrentar partidos, líderes, conspiraciones o movimientos organizados. Una anciana modesta que insiste en encontrar a su hijo deja al descubierto la brutalidad del aparato burocrático.

El régimen terminó enfrentado a dos formas, extremas y complementarias, de resistencia. Por un lado, mordió el polvo frente al liderazgo político de María Corina Machado, capaz de movilizar, organizar y disputar el poder; por el otro, a Carmen Teresa Navas, que avanzaba entre cárceles, tribunales y oficinas públicas preguntando si alguien había visto a su hijo.
La tragedia venezolana alcanzó allí una escena reveladora: el mismo aparato estatal que combatía a la principal dirigente opositora del país, quedaba también expuesto frente a una mujer sin influencias, cuyo único reclamo era saber dónde estaba Víctor Quero Navas. El poder quedó desnudo frente a una autoridad que adquiere, precisamente, por la fragilidad física, la persistencia y el vínculo humano más elemental.
Carmen Teresa nació en 1942, de manera que en los años 70 estaba en la treintena de su vida. Perteneció, pues, a la generación venezolana formada durante la expansión urbana, la modernización petrolera y la promesa democrática, cuando Venezuela vivía aún dentro de una cultura pública de la alegría y la sociabilidad. El tramo final de la historia de esta mujer, en cambio, parece salido de una tragedia antigua. Su caso evoca inevitablemente a Antígona, la figura central de la obra escrita por Sófocles en la Atenas clásica, que desafía al rey Creonte porque exige para su hermano muerto el derecho elemental a la sepultura. El conflicto tiene una enorme carga subversiva: una mujer sola enfrenta la autoridad del Estado y le recuerda que existen obligaciones humanas anteriores al poder político.
Durante 16 meses, ella recorrió cárceles, tribunales y oficinas públicas preguntando dónde estaba su hijo, secuestrado en plena calle por la dictadura de Nicolás Maduro. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos dejó registro de sus gestiones ante ministerios, organismos policiales y tribunales; también constancia de que intentó presentar recursos de habeas corpus que ni siquiera fueron recibidos. Mientras ella cumplía esa peregrinación, el Estado ya sabía que Víctor había muerto meses antes. Allí estriba el núcleo trágico del caso. Carmen Teresa quedó atrapada dentro de una maquinaria estatal que administró silencio, incertidumbre y burla.

Como en la tragedia griega, el cuerpo del muerto se convirtió en territorio político, que el poder tiránico exigió controlar hasta el último instante.
Las tiranías largas engendran las figuras que condensan su fracaso moral. Carmen Teresa Navas se convirtió en emblema porque el régimen prolongó tanto el ocultamiento, la incertidumbre y el desgaste que convirtió a una madre en símbolo nacional del duelo que ellos han esparcido por todo el territorio.
El régimen manipuló un expediente penitenciario y creó una tragedia pública. La escala emocional del caso desbordó el lenguaje administrativo del Estado. Ya no se trataba solo de un detenido desaparecido. El país se vio no en figuras juveniles, atléticas y hermosas sino en una señora delicada a quien se hubiera podido aplastar de un pisotón. Ahí la burocracia perdió control sobre el significado político del caso.
El desenlace tiene una densidad casi insoportable. Carmen Teresa Navas fue enterrada en la misma tumba preparada para su hijo. La mujer que recorrió durante meses oficinas y cárceles buscando un cuerpo descendió finalmente junto a él a la sepultura. Y en esa escena final la tragedia deja de pertenecer a una familia. Habla de un país entero que desplazó su energía vital hacia el duelo, y convirtió a mujeres nacidas para la plenitud de la vida en figuras trágicas de la historia venezolana.





