Por: Jean Maninat
Si remedando de torpe manera a Lezama Lima en sus Tratados en la Habana (El juego de la pelota o la historia como hipérbole) nos imagináramos que un grupo de antropólogos -entomólogos
-viajeros del espacio venidos del futuro- diera con los archivos de la Biblioteca del Congreso (LOC) de los Estados Unidos de América -la ahora madrastra patria- y se topara con material documental relativo a la Copa Mundial de Fútbol, 2026, ¿qué pensarían los académicos miembros del grupo interdisciplinario sideral de lo hallado?, ¿cuáles serían sus reacciones ante las imágenes de unos bípedos en pantalones cortos que corren tras una esférica para pasársela a sus compañeros con grácil destreza de bailarín del Bolshoi, o arrebatársela a sus contendores a patada sucia con la brusquedad de un jumento en celo y de malas pulgas. Advertirían los miembros del grupo académico interestelar, con cierto asombro, que miles de miles de bípedos de la misma especie rugen, se cimbran ante cada encontronazo, y se transfiguran en esfinges dolientes cuando uno de los suyos cae derribado por un patadón, planchón, codazo, o ligero resoplido en la oreja, haciendo muecas de dolor.
Observarían, con curiosidad, que los bípedos acuden en manada, vistiendo colores iguales, los rostros de sus mujeres y niños pintados con colores idénticos y en el mismo orden simétrico de su bandera. Los más grotescos y agresivos parecen liderar la manada, como si el juego remedara las formas de la vida fuera del lugar de competición. Se concentran en gradas alrededor del campo de juego, desde donde gritan instrucciones, insultos y bendiciones a los jugadores y a su entrenador. La frecuencia con que nombran a sus dioses y a las madres que los parió, les haría pensar que se rigen por concepciones teocráticas-matriarcales provenientes de la antigüedad signada por el cobre. El jefe de nuestra imaginaria misión del futuro sostendría, posteriormente, en su Informe de Misión, que el esférico tendría atributos mágicos que solo se mostrarían de entrar en contacto con las redes enmarcadas en los dos centros extremos del campo de juego. Quien lograra encajar el esférico más veces en el arco enredado, ganaba el fervor de las hordas entusiastas de su equipo y su nombre bautizaría las mascotas de sus adeptos al menos por una generación. Millones de cachorros en todo el planeta, anotarían los antropólogos–entomólogos espaciales, respondían a un nombre enigmático: Maradona.
(Les hubiera llamado poderosamente la atención que el juego mundial -que luego sabrían que originalmente se llamaba football- prohibía estrictamente el uso de las manos y deparaba fuertes penalidades para quien incurriera en la falta. Se esparciría por la galaxia la conseja que la única civilización que castigaba el uso de las manos -un logro de la civilización interestelar- y premiaba el uso de los pies era la terrícola, y por eso su atraso y desventaja frente a otras civilizaciones que no eran manuspunitivas. De esa práctica habría brotado el proverbio primitivo: lo que hace con los pies, lo destruye con las manos).
De su estadía de observación extenderse más de lo conveniente, habrían perdido la debida neutralidad que su misión exigía, hechos suyos los bulos que acusaban a los organizadores de mercachifles, habrían exigido el regreso del esférico a su supuesta condición popular, democrática e inclusiva, a precios asequibles para todos y con grandes jugadores en todos los equipos; y al mismo tiempo pedirían que la transmisiones de los encuentros fueran cada día más sofisticadas, las tomas televisivas con drones más incisivas y recurrentes, que desaparecieran las pautas publicitarias -y las de refrescamiento también-. Quién quita, y hasta se hubiesen integrado a las partidas de caza en pos de un petiso con un diez grabado en la espalda de la camiseta, cuya única culpa es jugar endiabladamente bien desde pequeño, tener dinero y llamarse Messi.
El esférico es mágico y está embrujado…





