La ‘Odisea’, recién adaptada al cine por Christopher Nolan, trata temas universales como la nostalgia, el deber de acoger a los migrantes o el dolor de los supervivientes de los conflictos, aunque también es una obra violenta y brutal
Publicado en: El País
Por: Guillermo Altares
De la Odisea nos separa el abismo de los siglos y nos une la humanidad común. Adaptar el poema de Homero en el siglo XXI, como ha hecho Christopher Nolan en una superproducción que se estrena este viernes, supone un viaje a Ítaca muy complejo. El desafío no tiene que ver con la exactitud histórica para reconstruir un periodo, una obra y un autor que plantean más preguntas que respuestas, ni con que la actriz negra Lupita Nyong’o encarne a Helena de Troya —algo que ha irritado a Elon Musk y a otros ultraderechistas, que ignoran profundamente todo lo que aquel poema significa—. El gran problema a la hora de adaptar la Odisea consiste en hacer tolerable el abismo cultural que nos separa de lo que el gran helenista Moses Finley llama en El mundo de Odiseo (Fondo de Cultura Económica) “la edad de los héroes” de la cultura griega, cuando fue compuesto ese poema. Los héroes homéricos forman parte indudable de nuestro substrato cultural; pero provienen de un mundo de esclavos y espadas, de sangre y brutalidad.
Cuando Odiseo —o Ulises en su versión latina— logra por fin regresar a Ítaca, mata sin piedad a los pretendientes que asediaron a Penélope durante años y que rompieron las reglas sagradas de la hospitalidad helena (uno de los grandes temas del libro, especialmente recalcado en el filme de Nolan). Pero también se venga, junto a su hijo Telémaco, de las esclavas que tuvieron sexo con ellos, mujeres que no eran dueñas de sus vidas y mucho menos de sus cuerpos. Cuando su padre le pide que les corte el cuello, Telémaco replica: “No quisiera privarles de la vida con una muerte limpia a estas que han vertido infamia sobre mi cabeza y la de mi madre, y se acostaban con los pretendientes” (versión de Carlos García Gual para Alianza Editorial). Las ahorca con una soga de navío: “En torno a sus cuellos les anudaron los lazos, para que murieran del modo más lamentable. Agitaron sus pies un rato, pero no largo tiempo”.

El esclavo que consideraban que había colaborado con los pretendientes recibió una muerte todavía más cruel: “A Melantio lo sacaron a través del atrio y del patio. Le rebanaron con el aguzado bronce la nariz, las orejas y le arrancaron los genitales, para dárselos de comer crudos a los perros, y le cortaron las manos y los pies con furioso ánimo. Después se lavaron las manos y los pies y volvieron a la casa de Odiseo. Quedaba cumplida su tarea”. Esa violencia hacia un esclavo traidor era, en el alba de la cultura helena, lo que se esperaba de un héroe. Tampoco está mal cuando Polifemo, borracho como una cuba, se pone a vomitar en su cueva: “De su gaznate regurgitaba vino y trozos de carne humana. Eructaba ahíto de vino”.
La adaptación de Christopher Nolan, que ha logrado llenar los estantes de las librerías de medio mundo con obras sobre Homero, es un filme oscuro y desafiante, violento y seductor, que transmite al espectador muchas de las cuestiones universales que plantea el poema: la vieja norma que nos obliga a acoger a los viajeros (los griegos eran entonces un pueblo en movimiento); la nostalgia del hogar perdido que sienten los migrantes en todo el mundo; qué significa ser un líder cuando el único que sobrevives eres tú pese a ser el más inteligente de todos; el dolor interminable que los combatientes arrastran al terminar una guerra, que tiene el terrorífico poder de borrar la vida anterior a las batallas —el desamparo de Odiseo recuerda mucho a una frase del capitán Willard en Apocalypse Now: “Los muchachos solo querían volver a casa. Yo había vuelto y sabía que ya no existía”— o el derecho de las víctimas de los conflictos a tener un entierro digno.

Pero por mucho que trate de alejarse de los lugares comunes de Hollywood y que no sea en absoluto una versión disneyficada, no hay testículos arrojados a los perros, ni un cíclope vomitando carne humana, ni esclavas ejecutadas con crueldad, un tema al que Margaret Atwood dedicó su novela Penélope y las doce criadas (Salamandra) porque, confesó la escritora canadiense, “siempre me han perseguido esas criadas ahorcadas y, en este libro, también persiguen a Penélope”.
Sin embargo, a la vez, la adaptación de Nolan nos demuestra hasta qué punto estamos cerca del relato de Homero, un conjunto de historias que seres humanos de todo el mundo y todas las culturas llevan compartiendo desde hace casi 3.000 años. El caballo de Troya —que aparece en la Odisea y no en la Ilíada—; el cíclope Polifemo —el relato homérico con el que Nolan se toma más libertades—; el telar de Penélope; las sirenas y sus cantos; la idea de Ítaca –“Cuando emprendas tu viaje a Ítaca / pide que el camino sea largo, / lleno de aventuras, lleno de experiencias”, escribió Constantinos Cavafis en su inolvidable poema—.
“Hay demasiadas cosas que todavía nos unen a la Odisea. Es una lectura que se puede realizar desde miles de enfoques”, explica la profesora Mirella Romero Recio, catedrática de Historia Antigua en la Universidad Carlos III, que acaba de publicar El regreso de Ulises. La travesía de un mito (Esfera de los libros), un ameno repaso de la presencia del poema a lo largo de la historia. “En cada época, la Odisea ha tenido diferentes enfoques. Por ejemplo, el artista chino Ai Weiwei hizo una comparación con la situación de los migrantes. También es muy importante el papel de las mujeres: Penélope es tan inteligente y astuta como el propio Ulises. Atenea, una diosa, le protege en el viaje. Las mujeres son muy fuertes y poderosas, incluso las sirenas que atraen con su canto a los marineros”, prosigue la profesora.

El helenista Óscar Martínez, traductor de la Ilíada —el primer gran poema de Homero— y autor de Héroes que miran a los ojos de los dioses (Edaf), explica por su parte: “La Odisea está enmarcada en un mundo en crisis y de cambios de paradigmas. En ese sentido, Odiseo es el héroe capaz de adaptarse a ese mundo que no para de cambiar. Es una obra que nos habla de cómo encajar en el viejo mundo los desafíos de un mundo nuevo. Por otro lado, con respecto a la Ilíada, que representa un universo heroico, la Odisea muestra una atención genuina por realidades más allá de las acciones de los héroes: se detiene en gente desfavorecida como los esclavos, los extranjeros, los mendigos, los animales… Finalmente es la ayuda de estos personajes necesitados (bueno, y también de Atenea) la que hace que Odiseo, que se ha enfrentado en solitario a todos los peligros, acabe recobrando su puesto en el mundo”.
Daniel Mendelsohn, traductor de Homero y autor de Una odisea: un padre, un hijo, una epopeya (Seix Barral), explica en un artículo con motivo del estreno del filme de Nolan que “más que ninguna otra obra de la antigüedad, la historia de Odiseo nunca ha parado de dirigirse a nosotros”. Homero aparece una y otra vez en los lugares más insospechados. La escritora mexicana Natalia Mendoza reflexiona en su reciente ensayo El extravío de los signos (Periférica) sobre la violencia del narco en la frontera entre México y Estados Unidos. Para describir el drama de los desaparecidos enterrados en el desierto de Sonora, recurre al momento en el que Odiseo visita el Hades y desde el más allá aparece uno de sus compañeros muertos, Elpénor. “Su cuerpo ha quedado abandonado e insepulto y surge de entre los muertos para pedirle a Odiseo que no le deje ‘sin sepulcro ni llanto”. Desde la lucha por la memoria histórica en España hasta las madres buscadoras de México, Argentina, Kosovo, Bosnia o Chile, si hay una tragedia que marca nuestro tiempo son los desaparecidos, los seres humanos privados de una sepultura que provocan un dolor sin fin en sus familiares. Todo aparece ya en aquellos remotos y cercanos poemas que forjaron nuestro mundo —porque enterrar con dignidad al enemigo vencido es también el tema central de la Ilíada—.
En el otro lado de las interpretaciones de Homero, está la obsesión de los ultraderechistas y racistas, que tratan de demostrar que toda la cultura occidental proviene del mundo griego y que, por lo tanto, en la Odisea —como al parecer en los equipos de fútbol europeos— solo pueden aparecer blancos. Da igual que exista un consenso entre los helenistas de que los griegos no separaban a los seres humanos por el color de su piel, sino por su lengua y su cultura. Para Homero, Polifemo es un ejemplo total de bárbaro, no solo porque se come a los griegos, sino porque ni sabe beber vino ni respeta la hospitalidad a la que Zeus obliga a los pueblos civilizados porque cualquier mendigo, cualquier viajero pobre, puede ser un dios disfrazado.

La investigadora de la Universidad de Leeds Maya Aziz publicó en 2022 una investigación titulada Skin Colour in Ancient Greece: The Insertion of a Non-Existent Colour Prejudice into Antiquity (“El color de la piel en la Antigua Grecia: la atribución de un prejuicio racial inexistente a la Antigüedad”) en el que explica que “en la Antigua Grecia no existía una distinción entre las razas negra y blanca. Estas clasificaciones son inventos modernos. Esto no significa que los griegos no tuvieran prejuicios hacia los demás; los tenían. Pero no se basaban en las distinciones entre negros y blancos”. Y la lectura carpetovetónica de Homero no solo tiene que ver con el color de piel, sino también con la importancia de los personajes femeninos. Emily Wilson, la primera mujer en traducir la Odisea al inglés, un libro que se convirtió en un enorme éxito y que ha inspirado la versión de Nolan, explicaba recientemente que en su página web ha tenido que poner cuatro links para contactarla: uno para pedir entrevistas, otro para peticiones varias, un tercero para elogios y un cuarto para que puedan escribir “los trolls misóginos” que le acusan de hacer una versión woke y feminista.
Pero la inmensidad de Homero —y de Odiseo— puede con cualquier estupidez. Desde las tumbas etruscas y los mosaicos romanos hasta James Joyce, Derek Walcott, Nikos Kazantzakis, la versión ilustrada de Milo Manara (Lumen) o la reescritura novelada de Stephen Fry (Anagrama), el bardo y sus historias regresan una y otra vez. La helenista francesa Jacqueline de Romilly lo explica así en Muros de Troya, playas de Ítaca (Siruela): “Este poema de aventuras, sencillo y realista, se ha comprendido durante siglos y hasta nuestra época como una obra simbólica que describe la vida de un hombre, sus experiencias, sus combates, su destino. Para explicarlo, hay que pensar en primer lugar que las aventuras de Ulises representan el tipo mismo del viaje al que, con tanta facilidad, se identifica la vida humana”.
En sus versos, cada palabra es un mundo. En el podcast Instant Classics, la clasicista Mary Beard y la periodista Charlotte Higgins llevan meses discutiendo, canto por canto, la Odisea en un club de lectura virtual tan erudito como insólito y divertido. El primer capítulo de su repaso a la obra está dedicado a una sola palabra: polytropos, que aparece en los primeros versos del poema: “Háblame, Musa, del hombre de múltiples tretas” (en la traducción de García Gual). Otras traducciones hablan del “hombre de muchos caminos”, mientras que Emily Wilson lo traduce como “un hombre complicado”. En la traducción en verso de 1982 de José Manuel Pabón (en la editorial Gredos), el concepto aparece como “el hábil varón”. También puede significar “hombre de muchos giros”. Y no se debe olvidar que el regreso a Ítaca no es el final: el adivino Tiresias, al que va a buscar al Hades, le augura a Odiseo que, una vez que haya reconquistado su reino, volverá a la errancia, “hasta un pueblo que ignore el mar”. La Odisea será siempre el principio de otro viaje.





