Soledad Morillo Belloso

Calma, pide Rubio – Soledad Morillo Belloso

Por: Soledad Morillo Belloso

Calma, pide el señor Rubio. Pero esa palabra mínima, de cinco letras, se le desgrana entre los dedos como yeso viejo. Se le resbala, se le rompe, se le vuelve un deseo imposible. Venezuela no es un país que pueda regalar calma como quien ofrece un vaso de agua. Venezuela carga un portafolio de sufrimiento tan abultado que ya ni cierra: décadas de fracturas, pérdidas, sobresaltos, traiciones, simulacros, silencios impuestos y esperanzas rotas. Aquí la calma no es el inicio: sería la consecuencia de sentir que, por fin, algo empieza a moverse en la dirección correcta. Y ese algo, señor Rubio, no está ocurriendo. No todavía. No de verdad.

Por eso la palabra “calma” nos suena ajena, torpe, enclenque, casi ofensiva. Es un problema de significado y significante. Usted la pronuncia con la naturalidad de quien viene de un país donde la estabilidad es un derecho adquirido, no un milagro frágil —y como todo milagro, excepcional, improbable, caprichoso—. Pide calma desde la lógica de un sistema que funciona, a veces mal y con motores que pistonean, pero funciona; desde la convicción de que las instituciones son diques que contienen la tormenta, aunque de vez en cuando se les escape un chorro. Nosotros, en cambio, vivimos en un territorio donde los diques se rompieron hace años y donde cada día es una negociación con el caos.

Usted no es latinoamericano. Y no se lo digo en tono de reproche: se lo digo como distancia. Usted piensa con la arquitectura mental de un país donde la política es procedimiento, donde la crisis es excepcional, donde la incertidumbre se administra con comités y memorandos. Nosotros pensamos y sentimos desde un país donde la crisis es biografía pormenorizada, donde la incertidumbre es rutina agobiante, donde la política se juega en espacios subterráneos, no en salones alfombrados. Usted interpreta señales como si fueran semáforos; aquí los semáforos no pasan de ser sugerencias. Usted cree que la estabilidad es un estado natural; nosotros sabemos que la “estabilidad” es un animal que gruñe, muerde y se roba elecciones.

Por eso, señor Rubio, no podemos ofrecer calma. Porque la calma no se decreta: se siente. Y Venezuela, con su memoria llena de fracturas y su piel llena de cicatrices, no siente que las cosas vayan por buen camino. No hay señales claras, no hay indicios sólidos, no hay esa brizna de confianza que permite bajar los hombros y respirar.

Calma, pide usted, señor Rubio.
Pero la calma es un lujo que se gana, no un gesto que se exige. Y este país, que ha sobrevivido demasiado, todavía no ve el horizonte que le permita concederla.

 

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