Jean Maninat

Goodby Mr. Petro? – Jean Maninat

Por: Jean Maninat

Se va Petro, y ya empezamos a echarlo de menos. Digamos, no es que uno estuviese pendiente todo el tiempo de lo que declaraba, o escribía insomne e incontinente por X, o sus cambios de humores con el presidente del poderoso país del norte, o sus riñas con todos y cualquiera de acuerdo al talante con qué despertaba, o se había retirado a dormir. Vamos, hay que confesarlo, siempre podíamos contar con sus atrabiliarias salidas, sus malacrianzas casi que de niño bien, de esos con mayordomo y guaruras esperando a la salida de internado.

Es ahora difícil distinguir entre los tantos Petro que despacharon desde el Palacio de Nariño. Un día era un militante de Greenpeace convocando megáfono en mano a desterrar -literalmente- la industria extractiva de Colombia, del planeta y del universo de ser posible. Otro, se convertía en militante de izquierda neandertal, repitiendo consignas jurásicas, como anunciando descubrimientos arqueológicos para maravillar a la humanidad. Ah, nada como aquellas “piezas oratorias” de primer día en la Asamblea General de la ONU, creyendo hablarle a Tucidides, Herodoto, Tito Livio y Tácito, sin percatarse que en realidad, casi íngrimo, les hablaba a los jóvenes funcionarios diplomáticos de otros países que entre bostezo y bostezo toman nota, obligados a hacerlo por el ascenso en la escalera diplomática.

El núcleo de sus días se le fue en levantar polvaredas y enderezar los entuertos que esas polvaredas causaban. ¿Gobernar? Él estaba  allí para cambiar el mundo, no para la nimiedad de mejorar la situación de su país en lo que humildemente se pueda como corresponde a un servidor público,  honesto y eficiente. Pero no, se celebraba y cantaba a sí mismo en cada palabra, en cada disparo por X, que eran descontrolados y folklóricos como en un Macondo soñado por un personaje ingenuo de Lucia Berlin.

Ya lo hemos escrito en esta columna: es el síndrome del populista -de derecha o izquierda- que llega prometiendo cambios de raíz, refundaciones épicas de la nación, mas tan solo logra congelar lo bueno que esté en avance o destruir lo poco o mucho ya logrado. En el entretanto dinamitan la confianza de los ciudadanos en las instituciones democráticas, en los partidos políticos, la emprenden en contra de la élite, la casta, el enemigo exterior, todos culpables de algún trámite histórico inconfesable, que él, el ungido, se encargará de desvelar y desmontar sin piedad alguna.

Parte de su legado -paradójicamente- es una versión pretendidamente de “ultraderecha” de sí mismo (solo que vestido de vendedor de deportivos de lujo de segunda mano en Las Vegas), grandilocuente y banal, un envión más del péndulo que rige el voto de buena parte del electorado en la región, tan dispuesto a la autoflagelación y la queja, a la queja y la autoflagelación. Es pronto para desearle goodby Mr. Petro, ya ha advertido que no se va, que sigue siendo el rey (en versión mariachi colombiano) y que asumirá las riendas (de chalán de Paso Fino Colombiano) de la oposición de izquierdas y demás opciones de la constelación progresista recién derrotada. Sin pedir permiso ni hacer consultas, como Petro por su casa. (Continuará, seguramente)

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