Jean Maninat

Los usos de Dios – Jean Maninat

Por: Jean Maninat

La imagen más recurrente que utilizaba la izquierda para argüir su intrínseca parentela con el cristianismo era la de Jesucristo echando a los mercaderes del templo. En realidad, eran buhoneros que ofrecían animales propiciatorios: ovejas, bueyes, palomas, limpios y preparados para ser degollados por los sacerdotes con un tajo preciso que minimizara el sufrimiento, recoger la sangre que salía a borbotones antes de que tocara el suelo y rociar con ella el altar y su base. Para consumar el sacrificio el animal era descuartizado, porciones de grasa y algunas piezas eran quemadas en el altar y el resto era repartido entre los oferentes para su nutrición personal, como si de un domingo en El Alazán se tratase. Los “mercaderes” no eran unos capitalistas de chaqué, pumpa y corbata como el figurín del juego Monopolio o Rico Mac Pato. Servían al cumplimiento del sacrificio religioso con un oficio pobre, antihigiénico, de poco glamour. (Es cierto que algunos eran cambistas, pero solo ofrecían monedas aptas para el diezmo en el templo). Aun así, según la mistificación cristiana-revolucionaria, Jesús los corrió del templo por su temple revolucionario, su consciencia de clase, y su combatividad guevarista avant-garde. La fe puesta al servicio de la manipulación política y el engaño.

El diario El País, de España, recién publicó (20-08-2026) un reportaje sobre la expansión de las iglesias evangélicas en Brasil y la enorme influencia de sus pastores, (mezcla de influencers, presentadores, vendedores de pócimas para crecer el cabello, sanadores y cobradores de dádivas millonarias) quienes han expandido su radio de cobertura gracias a las redes sociales. Uno de los pastores más conocidos tendría 78 millones de inscritos en You Tube. Es fácil entender el enorme peso político y -este sí- mercantil que tienen en conjunto. Se ha acuñado el término de teología de la prosperidad para catalogar la mixtura de milenarismo, invocaciones a la vida eterna (o condena eterna de no seguirse sus enseñanzas) y valoración del éxito material en este mundo. Es un camino a la salvación del alma -aseguran- y de paso hacerse rico y dejar de ser pobre. De sermones no vive nadie -los templos y sedes de las iglesias suelen tender a una grandiosidad de escenografía- de manera que para sostenerlas en el mundanal ruido hacen falta recursos, ingentes, por cierto. De manera tal que el diezmo se puede depositar en los buzones de madera y candadito de toda la vida, o realizar la contribución-pago de acceso a los milagros anunciados mediante tarjeta de crédito, débito, códigos de barra y otras formas de pago electrónicas. Y, por supuesto, los partidos políticos han buscado alianzas con el sector evangélico para que le trasladen votos cautivos, sufragio prémium teledirigido, a cambio de interceder a su favor eventualmente cuando lo requieran.

La vinculación política-religión no es nueva como es universalmente sabido. En los Estados Unidos el apoyo de las iglesias evangélicas más recalcitrantes al nacionalismo cristiano es notorio y se da casi por default. Igual que en su momento apoyaron abiertamente al Ku Klux Klan y nada dijeron de que sus tropelías -linchamientos y violaciones- se hiciesen alumbrados por las llamas de unas cruces inflamadas, su aterrador símbolo.

Si le pregunta a cualquier veterano cubano tomándose una coladita en el Versalles en la Calle 8, en Miami, le repetirá por enésima vez el cuento de Fidel Castro bajando de la Sierra Maestra con un crucifijo bamboleándole en la pechera. De hecho, a los barbudos fidelistas les gustaba portar visiblemente medallitas, escapularios, crucifijos, rosarios al cuello para que los librara de todo mal.

¡No, no wait! Cualquier parecido con la realidad en la Pequeña Venecia es mera casualidad. Allí todos van de la mano de Dios -sirios y texanos- y los que más y los que menos saben que el tiempo de Dios es perfecto. Otros creen que tienen a Dios agarrado por la chiva. Son duchos en los usos de Dios.

 

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