Soledad Morillo Belloso

Walking dead en la república – Soledad Morillo Belloso

Por: Soledad Morillo Belloso

El régimen en esta Venezuela que nunca terminó de llegar al siglo XXI —este aparato sórdido y con mañas de zorro que aprendió a robar gallinas sin que el gallinero rechiste; este gobierno que jamás pasó por una urna electoral— ya no solo se ríe a mandíbula batiente de los ciudadanos: ahora se carcajea del mundo con ese sonido áspero de cantina donde el piso está pringoso, el ventilador gira como si estuviera enfermo y el olor a guarapo fermentado se mezcla con sudor añejo. Es la risa del poder que huele a trapo mojado guardado en una gaveta que nunca cerró bien.

Este régimen es un patrón de sabana, rastacuero y satisfecho, con barriga de abuso y mañas de pirata de río, que se acomoda en la silla pública como si fuera mecedora heredada, convencido de que ni temblor, ni protesta, ni voto lo van a despegar de allí. Y cuando se ríe, con los dientes y el espíritu sucios, muestra el colmillo con restos de sangre: con su carcajada festeja el atropello porque lo considera parte del paisaje.

Mientras tanto, la gente —la decente, la que aguanta la pela— queda convertida en ruido que no merece atención. Es el fondo sonoro que este régimen desprecia porque le recuerda que existe un país más allá de sus oficinas de lujo, sus camionetas último modelo, y sus escoltas con lentes oscuros y armados hasta los dientes, como los Pinkerton de los westerns. El país no cabe en sus risas de botiquín con cuartos prostibularios ni en sus mañas de fiera; el país sigue respirando a pesar de ellos, aunque ellos crean que respira por permiso.

Cuando todo esto termine —y terminará— y los muchachos de ahora ya peinen canas y tengan la piel marcada por los años, los supervivientes de este tiempo dirán, sin arrebatos churriguerescos ni voces impostadas, que “aquí no pasó nada que no hubiera sido anunciado y denunciado”. Porque todo estuvo a la vista: la trampa, la soberbia, la risa de exceso de whisky, ron y polvitos blancos, el abuso y la transa convertidos en rutina y método.

Lo que duele e irrita es la certeza de que el país gritó a tiempo y, aun así, los hunos lo masacraron y muchos otros, aquí y afuera, lo dejaron caer en los pantanos.

Sobrevivirán muchos buenos, sí, pero no como héroes solemnes: sobrevivirán con los dientes apretados, con la rabia hecha músculo, y volverán a escucharse los gritos de los justos, esos que nunca se apagan aunque los quieran sepultar bajo montañas de papeles sellados, amenazas y carcajadas de bufón de la corte. Porque el tiempo pasa y muere —se pudre, se deshace— pero la verdad, la verdadera, la que escondieron con trucos de burócrata y amenazas de matón, queda agazapada en los cajones olvidados, esperando su turno como fiera paciente.

Y cuando ese archivo vuelva a abrirse, cuando la memoria respire hondo, serán esos gritos los que rompan el silencio y digan que aquí nunca hubo olvido. No hubo anomia; hubo moral, hubo ética, hubo paciencia afilada como navaja, esperando el momento exacto para cortar.

Cuando el tiempo pase —y pasará— saldrán, una a una, de debajo de las capas de hormigón las verdades. Hablarán los miles de muertos con su silencio y los millones de vivos con su voz por tantos años acallada. Dirán lo suyo los abandonados y contarán su versión los aprovechados de oficio, esos que siempre encontraron la hendija exacta para colarse. Y los oportunistas con coartada —los que hicieron fortuna en cada grieta del desastre— negarán todo, como si la memoria fuera un animal domesticable.

El régimen está muerto, pero sigue caminando como esos difuntos tercos que en los velorios se niegan a quedarse quietos. Más peligroso porque entiende que ya está convertido en “walking dead”. Cada día anda más despojado de máscaras, con menos que perder y más que rebuscar, así que se dedica a engordar su lista de cómplices: gente sin un miligramo de vergüenza ni escrúpulos, de esos que se arriman al poder como quien se arrima a una cocina ajena para afanarse las botellas que quedan en la alacena. Son socios de las compañías que van a “levantar” a Venezuela. Con el dinero que nos robaron compraron acciones y están aquí, medrando. De Ripley.

En fin, el tiempo pasa con la mala leche de los relojes viejos: se descascara, se vuelve un trasto que ya no marca ni la hora de misa. Y muere, sin velorio, sin duelo ni novenario. Y entonces nace otro tiempo, con los estigmas del pasado pegados como manchas de grasa en delantal de cocina y con las ilusiones nuevas haciendo bulla, creyendo que esta vez sí, que por fin la historia va a enderezarse… aunque todos sepamos que el tiempo siempre vuelve con nuevas mañas, o con las mismas remasterizadas.

 

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