Marco Rubio y Alejandro Betancourt, los dos ligaditos – Sebastián de la Nuez

Por: Sebastián de la Nuez

Es una siesta lo que retrata la fotografía, una pausa, una taima que habrá de abortar la barbarie. La ciudad de las tertulias ya no existe, yace bajo los escombros del chavismo. Es Dresde o Guernica después de los bombardeos. Caracas será ahora, después de todo, o por encima de todo, lo que cada habitante viejo o emigrante nuevo pueda llevar en su retina o en sus álbumes de cartón apolillado. Como la democracia en la época del puntofijismo, hay cosas que se interiorizan y se idealizan un poco, edulcoradas por el tiempo y cierta nostalgia agridulce. La foto es del entrañable Oswer Díaz Mireles, un fotógrafo con sensibilidad que murió a principios de 2024 porque no pudo acceder a un tratamiento adecuado para sus varones. Sencillamente, el Estado en el que ya dominaba Delcy Rodríguez se abstuvo de atenderle, como a millones más.

No es malo idealizar las cosas, si ello te da fuerzas para rebelarte ante la ignominia. La gente se equivoca, todo el tiempo toma decisiones erradas y es lo natural. Hasta los suizos se equivocan. No han debido acceder a los ruegos de la Casa Blanca por exonerar al venezolano Leopoldo Alejandro Betancourt López de la investigación que se le seguía por presunta legitimación de capitales, o sea, lavado de dinero. Sin ir tan lejos como a los Alpes, aquí mismo, cerca de cada uno de nosotros, se equivocó María Corina Machado al regalarle la Medalla del Nobel al delincuente Donald Trump. Pero uno ya está un cansado poco de la cantinela, ¿no?, «¡ay, pero cómo se le ocurre…!»

Se le ocurrió por ti, ¿entiendes? La verdad es que, en este hemisferio occidental dominado por gente como Marco Rubio y los bolichicos, insistir en el ideal de la democracia ―sobre todo, con el aditivo de la alternancia y la separación de los poderes― es la única posibilidad entre todas las posibilidades. María Corina Machado no se equivoca en ser María Corina Machado todo el tiempo.

Marco Rubio y Leopoldo Alejandro Betancourt López son dos tipos apuestos y audaces, jóvenes y resueltos a triunfar en la vida. Perfecto. Y con madera para ello. Sin madera sola; sus rostros están hechos de titanio, un metal con la relación ligereza/resistencia más alta del planeta Tierra. Tal vez recuerden al aviador Barry Seal encarnado por Tom Cruise o al agente de Bolsa Jordan Belfort encarnado por Leonardo Di Caprio aunque a fin de cuentas, particularmente, te devuelven a aquellos tiempos de la TV venezolana que protagonizaban Chuchín Marcano y Julián Pacheco: Dos vivianes de postín . Al parecer ―solo al parecer― Marco Rubio cimentó su pequeña fortuna, tras encumbrarse en su carrera política republicana desde el estado de la Florida, como lobista de la Asociación Nacional del Rifle, el mayor grupo estadounidense de presión a favor de la libertad en la comercialización y tráfico de armas. Es decir, que al bueno del secretario de Estado no le importó, en su hora, que la asociación que le pagó más de tres millones de dólares ―le sigue pagando tal vez― por sus favores fuese responsable, en buena medida, de la masacre que se produjo en la escuela primaria Robb, en Uvalde, Texas, el 24 de mayo de 2022. Es nada más un ejemplo; entonces murieron 19 estudiantes y dos maestros, pero Marco Rubio, sí, siguió cobrando y callando.

En cuanto a Betancourt, no hace falta gastar más bytes en él: hay dos portales informativos que traen todo el material necesario para saber lo que hay que saber en referencia a este caballero: El Pitazo y ArmandoInfo, donde están a disposición al menos seis o siete entradas abundantes en datos sobre sus andanzas a ambos lados del Atlántico y más allá también. Transparencia Venezuela, por su parte, ha contabilizado medio centenar de firmas distribuidas en 16 países.

Betancourt tuvo la oportunidad de estudiar Economía y Administración de Empresas en la prestigiosa Suffolk University y un MBA en la Universidad de Oxford. ¿Qué más le podía haber pedido a su país? Uno puede preguntarse de qué se hablaba en su casa a la hora de almorzar, si es que la familia comía unida. ¿Se hablaba del caso Sierra Nevada o de Recadi o de lo maluco que era Carlos Andrés Pérez por haber distraído del erario público una partida secreta, destinándola a fines políticos en Centroamérica? ¿Comentaban su papá o su mamá sobre políticos como sinónimo de corruptos, criticaban el Estado omnipotente o los abusos de los adecos sindicalistas o el escaso subsidio que recibira algún negocio familiar por parte del, pongamos por caso, Ministerio de Fomento?

¿Qué le metieron en la cabeza a ese chico? ¿Que ser honesto es un estorbo?

En todas partes se cuecen habas. Un banquero español de nombre Mario Conde iba por el canal de ochenta todo el tiempo en la autopista de los negocios, a 120 kms/h. Lo hubieran podido detener y multar pero nadie lo hizo y siguió a toda mecha. En los ochenta se convirtió en el máximo exponente peninsular del éxito rápido, pasó al comandante Banesto. A 120 todo el tiempo. Caramba, le salió una gandola en una rotonda. Sería bueno que alguien le contara esa historia a Mr. Derwick y sus primitos.

En fin, ¿qué le hizo la democracia representativa a la familia Betancourt para que criara semejante individuo? ¿Qué aprendió en su casa del Country Club o de La Lagunita, o donde fuese, el chico deportista y aplicado que era Alejandro Betancourt por entonces? ¿Ideas de la antipolítica? Surge la pregunta más urticante que uno pueda hacerse en estos casos, adaptada de la de Mario Vargas Llosa: ¿en qué momento se le jodió el nervio moral a Alejandrito, ese muchachito tan bello, descendiente de un presidente venezolano y todo?

¡Cuántas cosas usurparon a Hugo Chávez Frías y su régimen al pueblo caraqueño! Una de ellas la señaló la periodista Luz Mely Reyes en el programa de César Miguel Rondón, hace unos días: en su visita, después de varios años ausente, a Caracas, vio en sus calles principalmente gente mayor junto a niños o adolescentes.

Chávez y su régimen le robaron al país, más que todo lo demás, su juventud.

Es una siesta lo que retrata la fotografía, un alto en la ruleta. La foto de Oswer fue tomada en abril de 2014; era otra Sabana Grande, resucitada luego de la invasión de buhoneros que la convirtió en un pestilente zoco durante la primera década del siglo XXI. Oswer la captó ya rescatada, algún día habrá que volverla a rescatar pues ahora, en 2026, vuelven los tarantines, el robo de luz, las carcasas para celulares en medio del bulevar y blúmers por doquier traídos desde Cúcuta. ¿Qué habrá sido de esa escultura, de su autor, incluso de esas mujeres anónimas que pasaban por allí, todavía sonrientes?

Un cineasta que fue sacerdote pionero que en Sabana Grande siempre es de día, cosa que era mentira, desde luego, pero en todo caso una mentira poética. Sabana Grande no estará para monsergas poéticas por estos días, con tanto reciclaje ya no sabrá cuál es su destino: en eso también se parece al país.

De todo esto solo puede sacarse una verdad absoluta ya la vez imaginaria: los hermanos Rodríguez son incombustibles e inextinguibles; constituyen ambos un ser xenomorfo, una versión latina y rijosa de Alien, el octavo pasajero . Nostromo es Venezuela.

 

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