Juan Vené, una huella que permanece – Mari Montes

Publicado en: El Extrabase

Por: Mari Montes

En 2019 escribí sobre Juan Vené cuando cumplió 90 años.

Hoy, después de su muerte, vuelvo a aquellas palabras. Las leo con la distancia que ponen los años y con esa extraña sensación que dejan las despedidas: algunas cosas permanecen exactamente donde las dejamos y otras adquieren un significado diferente.

Escribí entonces que Juan era uno de los afectos heredados de mi papá.

Así fue.

Mi memoria de él viene desde siempre. Antes de conocerlo personalmente, ya lo escuchaba. Con la luz apagada en el cuarto y el sonido ambiente del parque, su narración podía llevarnos hasta un estadio de Grandes Ligas. Juan sabía describir el juego, pero también sabía dejarlo respirar: el rectazo contra la mascota, el grito de strike, el estruendo de las tribunas cuando la pelota se iba a las gradas y ese silencio momentáneo que llega después de un último out.

Su voz sonaba a Grandes Ligas.

No sé explicarlo mejor.

En aquellos años había voces extraordinarias en la narración deportiva venezolana: Carlitos González, Delio Amado León, Rubén Mijares, el Musiú Lacavalerie, Carlos Tovar Bracho, Gonzalo López Silvero. Cada uno tenía su manera de contar el juego. Juan tenía la suya.

Y era inconfundible.

En aquel artículo conté también la historia de la famosa “caimanera” de los egresados y profesores de la UCV, que terminó alejándolo de mi papá. Me parecía entonces una historia divertida sobre dos hombres que se tomaban muy en serio el rito del béisbol. Hoy me gusta recordarla simplemente como parte de esa memoria familiar que me conecta con Juan desde mucho antes de que yo pudiera imaginar que algún día compartiríamos el mismo oficio.

Después vinieron los años.

Y hubo también momentos ásperos.

Tuvimos un desencuentro. No voy a convertirlo ahora en el centro de esta despedida. Las personas somos mucho más grandes que cualquiera de nuestros desencuentros, y una diferencia, incluso una herida, no alcanza para borrar una vida entera ni para desconocer los méritos de una trayectoria.

Juan fue Juan.

Con sus opiniones contundentes, sus posiciones que provocaban acuerdos y desacuerdos, su manera particular de mirar el béisbol y de defender lo que pensaba.

Yo misma escribí en 2019 que muchas veces no estaba de acuerdo con él.

Y escribí algo que hoy volvería a escribir exactamente igual:

No hay que estar de acuerdo con Juan para reconocer sus aportes a la historia que se cuenta del juego.

Hoy lo digo con mayor perspectiva.

También tuve la oportunidad de coincidir con él en Cincinnati, en 2007, cuando los Rojos retiraron el número 13 de David Concepción. Recuerdo aquella ceremonia y recuerdo a Juan hablando, como tantas veces, de béisbol y de los venezolanos que habían dejado huella en las Grandes Ligas.

De Concepción siempre decía, con orgullo, que había votado por él para el Salón de la Fama.

Con Luis Aparicio la historia fue diferente. Juan no pudo votar por él porque para tener derecho a participar en la elección de Cooperstown había que cumplir con el requisito de pertenencia a la BBWAA durante diez años. Ese detalle, que puede parecer pequeño, también habla de algo que a veces olvidamos: detrás de cada voto hay reglas, responsabilidades y una historia profesional.

En aquella época no imaginaba que sería miembro de la BBWAA. Hoy sé muy bien lo que significa esa responsabilidad.

Años después, al pensar en Juan y en la huella que dejó más allá de Venezuela, hay una imagen que me gusta especialmente: en Guadalajara, el Palco de Prensa del estadio de los Charros de Jalisco lleva su nombre.

Un palco de prensa.

Un lugar para trabajar, para mirar el juego, para escribirlo y contarlo.

Un gesto que Juan se ganó.

Me parece un homenaje profundamente apropiado para un periodista: no una estatua ni un monumento, sino un lugar desde el cual otros pueden seguir haciendo el oficio al que dedicó su vida.

Juan fue parte de la historia del periodismo deportivo venezolano. Durante décadas contó Grandes Ligas, entrevistó a algunos de los protagonistas más importantes de este deporte, escribió miles de líneas, publicó libros, investigó, opinó y construyó una voz que millones de aficionados aprendieron a reconocer.

Fue un cronista de otra época y, al mismo tiempo, alguien capaz de permanecer vigente mientras cambiaban los medios, las tecnologías y las maneras de consumir información.

Su nombre trascendió las fronteras venezolanas.

Su firma llegó a lectores de distintos países y su trabajo quedó ligado para siempre a una época del béisbol que también es parte de nuestra memoria.

Cuando escribí aquel artículo tenía 90 años y me sorprendía su vigencia. Había dejado de escribir durante unos días por un quebranto de salud y, cuando regresó, volvió preguntando por Bryce Harper y Manny Machado.

Era Juan.

Siempre había una pregunta de béisbol esperando.

Ahora ya no habrá otra columna.

Ya no habrá otra opinión suya para provocar una conversación, un acuerdo, un desacuerdo o una discusión.

Nunca estuve de acuerdo con lo que dijo de Andrés Galarraga y su padecimiento, un linfoma No Hoskins que le hizo perder una temporada completa (1999). Investigué y ningún médico del equipo en aquel año ha fallecido. El cáncer de Galarraga fue real. Lo vimos sufrir los efectos del tratamiento hasta que sanó.

Tampoco fue cierto que Teodoro Petkoff se quedara con un carro que era de Luis Sojo.
Sus opiniones sobre Omar Vizquel o Miguel Cabrera eran sus opiniones a las que tenía pleno derecho, nos gustaran o no.
Votar por los venezolanos para el HOF tampoco es obligatorio, también es una opinión que solo era su responsabilidad.
Pero quedan las palabras, las buenas y las malas.

Pero quedan las palabras.

Quedan las historias.

Queda aquella voz que, desde una habitación en Caracas, podía hacernos sentir que estábamos sentados al lado de su silla en el Yankee Stadium.

Y queda algo que para mí es todavía más íntimo: queda el recuerdo de mi papá escuchándolo.

Por eso Juan Vené forma parte de mi historia incluso antes de formar parte de mi vida profesional.

En aquel texto de 2019 terminé escribiendo que Juan usaba el béisbol como la mejor excusa para describir la vida.

Hoy, después de verlo atravesar tantos años, creo que también podemos decir que utilizó su propia vida como una manera de contar el béisbol.

Con sus aciertos y sus excesos. Con sus hallazgos y sus controversias. Con esa personalidad imposible de ignorar.

Lo quieras o no, Juan Vené fue parte de nuestra historia.

De la historia del béisbol venezolano.

De la historia del periodismo deportivo.

Y de la memoria de quienes aprendimos a amar este juego escuchando voces como la suya.

Gracias por todo, Juan.

Que descanses en paz.

«El deporte vuelve a unirnos».

 

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