Por: Karina Sainz Borgo
Dos veces en menos de cinco días. Primero, el boicot contra el patrocinio de Allianz en el Festival de las Ideas. Luego la exclusión de la escritora Ariana Harwicz
del festival CulturAlh de Granada después de que grupos propalestinos cuestionaran su participa-ción. Las ficciones de Harwicz tienen el voltaje de quienes saben ser libres, de quienes escriben contra sí mismos y contra los demás. Desde ‘Matate, amor, Harwicz ha construido una obra alrededor de la maternidad ambivalente, el deseo, el incesto, la violencia y el autoengaño. ‘La débil mental’, ‘Precoz, ‘Degenerado’ y, más recientemen-te, ‘Perder el juicio’ obligan al lector a habitar conciencias moralmente incómodas. Harwicz escribe allí donde las certezas se rompen. Es una voz poderosa. Por eso cuando desaparece la singularidad literaria y prevalece el amparo ideológico nos adentramos en un juego perverso, el mismo que mandó a Milan Kundera al exilio o le costó a Rushdie una fetua. Parece que en lugar de leer a un autor conviene hoy averiguar qué piensa sobre Palestina, Ucrania o cualquier otro conflicto.
La patrulla del pensamiento de este siglo se parece bastante a aquellas de las que habló Joseph Roth en ‘Años de hotel’ (Acantilado), esa antología de los textos que escribió sobre la Europa de entreguerras que ya incubaba los fascismos. «Los autores judíos estamos más solos dentro de la cultura», me dijo Ariana Harwicz en una entrevista concedida a ABC Cultural durante su visita a la Feria del Libro de Madrid, donde estuvo a punto de ser cancelada (por el mismo motivo) de no ser porque Jesús García Calero decidió seguir adelante con una mesa alternativa. La valentía de Ariana no puede costarnos tan caro a quienes deseamos escucharla.
Los estudiantes que ya no podrán oírla han sido vulnerados y agredidos por aquellos que dicen fomentar la tolerancia. Ser judío o israelí no significa estar a favor de la matanza de palestinos, ni mucho menos un refrendo de las acciones de Netanyahu. Esto es peligroso para quien sufre el boicot, pero, sobre todo, para quien lo ejerce.
Llegará un momento en el cual, a juicio de otro, nadie será lo suficientemente puro. Hoy van contra Ariana, después contra el venezolano o venezolana al que convertirán en caricatura o también contra aquella mala feminista que no diga amén al discurso hegemónico. Basta un brochazo: ultrade-recha, fascista, reaccionario. Así se despachan quienes se dicen libertarios cuando en realidad actúan como comisarios políticos. Una parte de la izquierda global ha entrado en ese lugar. Confunde el desacuerdo con la impureza, la discrepancia con la culpa. Señala, excluye y castiga convencida de la superioridad moral de su causa. Cuando esa lógica se dirige de forma recurrente contra los judíos tiene un nombre: antisemitismo. Aquel lugar donde no se puede disentir es una tumba moral.
Con el silencio tan solo estamos contribuyendo a cavar la nuestra.





