Por: Alicia Freilich
Cuando en verdad desalojen por completo y quede limpio de rastros delictivos el edificio emblemático del terrorista chavismo, podrán regresar algunos militares venezolanos protagonistas, pero en libros, y ocupar un piso completo de la biblioteca pública, repleta de múltiples análisis y creaciones literarias sobre su historial político. Será necesario habilitarla con los modernos recursos que preservan papeles valiosos para impedir incendios, robos y otros daños ocasionados por el tiempo, los usuarios y regímenes que buscan borrar la historia tradicional para que comience con la propia.
Aristóteles confirmó que “el ser humano es un animal político”, pues controla su impulso de bestia natural para vivir en una sociedad que se organiza por leyes y desde la ciudad. En democracia, un conjunto armado sin derecho a ejercer política vigila para entregar a la justicia civil a los violadores de ese mandato. Al contrario, autocracias, dictaduras y tiranías imponen las costumbres de la selva. Verdades de Perogrullo.
Algunos ejemplares serán imprescindibles a fin de que la Generación Z y sus sucesores se obliguen a leerlos con el apoyo voluntario y razonado de la Inteligencia Artificial, si acaso les interesa conocer las raíces de su pertenencia nacional. Venezuela Heroica (1881), de Eduardo Blanco, permanece como la clásica epopeya descriptiva de las principales batallas independentistas. Abundan biografías, relatos, novelas, testimonios personales y análisis académicos del venezolano proceso civilista interferido por su tenaz enemigo castrense, presente o latente. En La caída del liberalismo amarillo (1972), el historiador Ramón J. Velásquez explica a fondo este fenómeno continuo, a través de la lucha republicana librada por el general Antonio Paredes contra el corrupto y triunfador caudillismo militar y civil empoderado desde finales del siglo XIX.
Varios ejemplos de una extensa serie referencial son las autobiografías. En Memorias de un venezolano de la decadencia (1920), José Rafael Pocaterra, preso durante cinco años, detalla desde el exilio los métodos represores ejecutados por “La Sagrada”, policía represora forjada con campesinos y esclavos al servicio del dictador Juan Vicente Gómez durante 37 años en sus castillos cuartelarios de la capital y las provincias. Otros testimonios de víctimas directas, como Bajo el signo del terror, luego conocido como El libro negro de la dictadura, de José Agustín Catalá, y Se llamaba SN, novela de José Vicente Abreu, retratan la fundación y desarrollo de la Seguridad Nacional, organismo del Estado protector del general Marcos Pérez Jiménez (década 1948-1958) para eliminar a militantes de los partidos Acción Democrática y Comunista de Venezuela, extendiendo espionaje, amenazas y represalias a familiares y allegados.
Solo en democracia muy destacados escritores pudieron rendir merecido y abierto homenaje a los sacrificados y fracasados intentos de sus antepasados para liberar al país. Falke fue un rentado buque de guerra alemán, nombre que da título a la novela de Federico Vegas, publicada en 2005. Esta aventura, dirigida por el militar Román Delgado Chalbaud, arrancó desde un puerto polaco en 1929 con más de cien hombres, entre exiliados y mercenarios, para derrocar a la tiranía gomera, invadiendo desde la ciudad costera de Cumaná.
Las arriesgadas luchas clandestinas internas contra el gomecismo, encabezadas por la universitaria Generación del 28, son narradas por Miguel Otero Silva en su novela Fiebre, originalmente publicada en 1939,
Al comienzo del criminal militarismo chavista, con su generalato ministerial que oficializó torturas, desapariciones forzosas y asesinatos de opositores, surgen editadas desde el exterior muestras literarias que registran sus crueles mecanismos castristas, explícitos o sugeridos por autores de distintas edades: Etiqueta Azul (2010), del muy joven Eduardo Sánchez Rugeles; Patria o muerte (2015), de Alberto Barrera Tyska; y La hija de la española (2019), de Karina Sainz Borgo.
Un sitio especial será necesario para saciar la fusión de asombro, curiosidad, conocimiento y deleite que ofrece la recién publicada y extensa docunovela El Pacificador, de Francisco Suniaga (Editorial Alfa, EE. UU., 2026; portada con óleo de Arturo Michelena, 1890).
Es una investigación rigurosa de enfoque psicoanalítico y fluidez narrativa que horada las tres posiciones enfrentadas a lo largo de la guerra independentista por tres generalísimos: el español monárquico Pablo Morillo, el criollo liberal Simón Bolívar y el ya entonces internacional Francisco de Miranda, desterrado y preso en Cádiz.
El autor cierra cada capítulo con las reflexiones de estos personajes, humanizándolos quirúrgicamente hasta despojarlos de uniformes y medallas para indagar en sus causas, motivos, dudas, logros, derrotas y los efectos en el espíritu desnudo emanado de ese triálogo sincero, sin concesiones, sobre el significado y las consecuencias de ser o no ser fiel a una ideología que busca pacificar armada con lanzas y fusiles (o drones y misiles) y se considera necesaria. Es un escrito desmitificador, intemporal y excepcional.
Inaugurada la biblioteca del museo, será necesario habilitar otro piso para divulgar programas que muestren películas, documentales y los testimonios directos filmados que miles de víctimas entregaron a la Corte Internacional de Justicia ubicada en La Haya, donde se encuentran congelados.
La reconstrucción certera requiere una activa memoria planificada. Sirva de ejemplo que la Universidad Hebrea de Jerusalén fue fundada en 1918 por pioneros sobrevivientes de varias guerras europeas y asiáticas, levantada sobre el monte Scopus en pleno desierto al norte de la capital y bajo mandato británico, 30 años antes de la refundación del moderno Israel por decreto de la ONU. Muy especialmente cabe recordar que Simón Bolívar, mientras fue presidente de la breve Gran Colombia en 1827, con el apoyo del médico José María Vargas, transformó la Real, Pontificia y Monárquica Universidad Caraqueña en la laica Universidad Central de Venezuela, foco principal de sucesivas luchas libertarias.
Si la racionalidad memoriza su trayecto y actúa a tiempo, impide o retarda que regrese la barbarie.





