Jean Maninat

¡Pobre Colón! – Jean Maninat

Por: Jean Maninat

Se acerca la conmemoración -o el repudio- del 12 de octubre, fecha en la que al pobre de Cristóbal Colón se le ocurrió poner pie en Guanahani (hoy Barbados) y descubrir un continente, como quien patea una lata de Coca-Cola al desgaire y le sale un genio atlético y cobrizo adornado con plumas y colmillos de jaguar. Al parecer, al marino genovés (también se dice que era gallego, catalán, portugués o de origen judío sefardí) le habría encantado lo que encontró en el Caribe, y tanta belleza exuberante lo llevó a creer que había dado con el Paraíso Terrenal, tal como atestiguan los textos de sus afiebrados diarios. Luego, aprovecharía su elocuente imaginación para venderles a sus principales financistas, los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, la ficticia cercanía de las minas del rey Salomón, la existencia de cultivos inmensos de canela, pimienta, nuez moscada y otras especias, más la mansedumbre de los originarios locales, garantía de mano de obra barata y servicio consecuente. Ni lo uno ni lo otro era verdad, al menos en ese momento. Pagaría eventualmente una breve prisión por sus abusos de poder y perdería los títulos de gobernador y virrey gracias a sus desvaríos primero y agallas desmedidas después.

La polémica ha sido el sino del marino – ¿lo dejamos en genovés? – hasta darle un perfil multiforme y mutante. Hay un Colón para cada gusto y ya son tantos que bien podría terminar siendo ninguno y perderse en la historia. Así, la leyenda lo quiere marino precoz, adolescente ávido de mar y de lecturas. Algo más tarde, lo quiere en la isla de Madeira, ya tocado por el genio, mientras al cobijo de una rica heredera del lugar se dedica con la fruición de los insensatos a recoger ramitas, aves muertas y cacharros extraños, que las aguas van arrimando a la orilla para indicar la existencia hacia el oeste de unas tierras hasta entonces desconocidas.

La imagen del iluminado, del escogido de Dios para desparramar su mensaje en Terra Incongnita, se trueca, imperceptiblemente, en la del astuto calculador que vende imágenes de conversión y agua bendita a la reina de Castilla, mientras le engresca el terrenal apetito que siente el rey de Aragón por todo lo que brilla y es oro. De un recodo del cuento (¿relato?) sale un Colón circunciso y converso, hábil tramoyista de su condición judía, finalmente inmune a la inquina antisemita del confesor Talavera y las sospechas que alcanzaban al Santo Oficio.

En alguna taberna de puerto se acoda un Colón, oscuro marinero que, entre vinos perfumados con canela, recolecta trozos de conversaciones que hablan de unas islas al oeste donde abundan las especies y germina el oro. Y en otro puerto no lejano, hay un Colón sortario que se topa con el único sobreviviente de un naufragio y recibe los pormenores de una ruta que navegando hacia el oeste desemboca en las Indias.

Hay un Colón erudito que entre sextantes, cuadrantes y cartas de marear alimenta su sueño con la sabiduría de los pueblos que se hicieron con la mar. Y hay un Colón incapaz, desmañado para el arte de navegar, que confunde la milla árabe con la milla italiana, y calcula en cuatro veces menos la distancia que cubrirá el viaje tantas veces postergado. Hay quien lo supone genial en sus intuiciones, y quien le atribuye el papel de segundón a la zaga de los marinos noruegos o madrugándoles las teorías a otros que, como el florentino Toscanelli, argumentaban que era factible alcanzar el oriente enfilando hacia el oeste.

Y ya veremos, en un par de días, las huestes de la cancelación y el revanchismo histórico defenestrarán las estatuas de Colón que todavía quedan en pie. Acusarán -una vez más- al torcido e intrépido navegante de haber plantado la semilla maligna que trastornó para mal el estado de gracia en que vivían los dueños originarios del continente. Sí, un continente que, de acuerdo con su mala estrella, ni siquiera lleva su nombre, a pesar de sus desvelos por herrarlo con sus iniciales.

Quién sino Cristóbal Colón es culpable del calentamiento global que abrasa el planeta, de que el español hable tan alto y el andino tan quedito, de que los pobres sean más pobres y los ricos más ricos, de que los inmigrantes naveguen en pateras hasta nuestras playas de estacionamiento sin permiso, y last but not least de que la inteligencia artificial nos chupe el cerebro, se vaya apoderando de nuestra voluntad y nos convierta en robots despersonalizados a su servicio.

¡Pobre Colón!

 

(Aviso parroquial: Este artículo se basa en un texto que escribimos en 1991, publicado en el difunto Diario de Caracas, con motivo del entonces venidero Quinto Centenario del Descubrimiento de América).

 

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