Por: Juan Carlos Pérez-Segnini R.
El debate sobre la dolarización formal en Venezuela ha regresado a la discusión pública con fuerza renovada. Ante la fragilidad del bolívar, la propuesta de eliminar la moneda nacional y clausurar el Banco Central de Venezuela (BCV) se presenta por destacados economistas como un recurso de increíble estabilización y certeza cambiaria. Sin embargo, en la alta política económica no existen los atajos, como lo observan otros dos destacados economistas del país. Para evaluar con responsabilidad un giro de esta magnitud, es indispensable analizar con frialdad analítica los dos lados de la moneda antes de adoptar cualquier decisión.
El escudo de la estabilidad
Por el lado de las ventajas, la evidencia empírica demuestra que el dólar actúa como un chaleco salvavidas macroeconómico muy eficiente ante el colapso institucional. Al retirar al banco central la capacidad de emitir dinero inorgánico para financiar el déficit, la inflación se pulveriza. Ecuador lo demostró en el año 2000 y lo ratifica hoy, manteniéndose como una de las economías con menor inflación de la región (1,12%), blindando el poder adquisitivo de los ciudadanos a pesar de sufrir severas crisis políticas internas.
Asimismo, la dolarización sincera la economía al eliminar la brecha cambiaria entre el sector privado y los sueldos públicos. Al desaparecer el riesgo cambiario, se genera una certidumbre que reduce drásticamente las tasas de interés y reactiva el consumo interno. El Salvador es el vivo ejemplo actual: al conjugar su estabilidad monetaria con mejoras en la seguridad, el Banco Mundial proyecta que su economía se acelerará un 4,5% en 2026, un dinamismo que el BID respalda de manera histórica con un financiamiento de 1.300 millones de dólares para este ejercicio a través de la iniciativa «El Salvador Crece». La robustez de este modelo no es un experimento temporal: Panamá acumula 122 años de dolarización oficial, mientras que Ecuador y El Salvador celebran en 2026 un cuarto de siglo (25 años) operando sin tropiezos macroeconómicos sistémicos ni crisis cambiarias. Para un país golpeado, el dólar ofrece un puente de confianza instantáneo con los mercados globales, facilitando la atracción de remesas e inversión extranjera sin el largo y costoso proceso de reconstruir la credibilidad de una institución monetaria local.
El precio de la subordinación
Por el lado de las desventajas, adoptar el dólar implica una renuncia irreversible a la soberanía monetaria. El país queda completamente supeditado a las decisiones de tasas de interés de la Reserva Federal de EE. UU., sin importar si las realidades económicas son opuestas. El histórico Volcker Shock (1979–1983) demostró que la Fed puede utilizar o utilizó el dinero mediante un control ingenioso (artfully controlling)para resolver sus crisis domésticas, aun a costa de secar la liquidez internacional, encarecer las deudas soberanas y asfixiar al mundo en desarrollo. Como bien documentó el gran estadista latinoamericano y transformador del BID, Enrique Víctor Iglesias, la región subestimó este impacto: al dispararse las tasas, los pagos por intereses y servicio de deuda externa en América Latina se catapultaron de 6.900 millones de dólares en 1977 a 39.000 millones en 1982, provocando un drenaje masivo de divisas y lo que EVI denominó «La Década Perdida para Latinoamérica». Bajo la arquitectura institucional del Artículo IV del FMI, tanto este uso en el alza arbitraria de las tasas de interés para atraer liquidez por parte de lo que hizo EE. UU., como la depreciación artificial de las monedas para abaratar sus exportaciones por parte de China y los países en desarrollo, constituyen conductas reguladas, entendidas como manipulaciones exógenas al sistema monetario internacional que un país dolarizado absorbe pasivamente sin derecho a réplica legal o margen de maniobra.
La propia historia venezolana matiza la rigidez de este control global. En 1986, Paul Volcker actuó como un pragmático operador global y un auténtico amigo de Venezuela —quizás por un cargo de conciencia— al lanzar una orden lapidaria al comité de bancos acreedores antes de emprender su esperado viaje al Guri: «I want that deal done». Aquella presión forzó a la banca internacional a capitular y aceptar una cláusula propuesta por la República para blindar a su Banco Central de ser demandado por los bancos acreedores ante su negativa de ofrecer convertibilidad, siempre que sus reservas operativas cayeran por debajo de 3.700 millones de dólares (equivalentes a unos 3 meses de importaciones). Ese era el tema central que mantenía trancada a aquella renegociación y que forzó el Secretario de Hacienda, Manuel Azpúrua. Venezuela fue el primer país deudor que lograba esa concesión. Dolarizar hoy borraría del mapa ese tipo de blindaje técnico, arriesgando a que la economía local —al margen del sector energía— se desindustrialice y mute hacia el modelo de Margarita o Panamá: una estructura puramente comercial y de servicios.
Esta pérdida de flexibilidad contrasta con el exitoso modelo de México, un país que jamás contempló la dolarización; al mantener un tipo de cambio libre y un banco central autónomo, demuestra en 2026 cómo capotear el entorno global sosteniendo con soberanía su propia tasa de interés (6,50%) como herramienta contracíclica para mantener la inflación bajo raya (3,42%) sin depender de Washington. Su postura se valida al registrar un récord histórico de 419.300 millones de dólares en exportaciones a EE. UU. en apenas ocho meses del 2026; una colosal integración manufacturera que, a pesar de haber iniciado su diversificación económica como monoproductor tras la crisis petrolera de los años 80 y haberla consolidado a través del TLCAN (NAFTA), hoy se promueve y defiende de los choques externos gracias a la flexibilidad de su signo monetario y su capacidad de resolver sobre tasas de interés. Frente a estas rigideces, el exitoso modelo bimonetario administrado de Perú demuestra que la disciplina fiscal y la rigurosa autonomía del banco central permiten controlar la inflación (manteniendo la tasa de referencia en 4,25% en octubre de 2026), intervenir en el mercado cambiario, acumular reservas sin renunciar a la moneda patria, y permitir el libre uso indiscriminado de ambas monedas. Sin esa flexibilidad cambiaria e institucional, ante un choque externo, la única vía de ajuste para un país deudor monoproductor es el sobreendeudamiento, el despido masivo, la reducción drástica del gasto social o la quiebra de la industria manufacturera.
Un dilema abierto
La dolarización no resuelve el desajuste fiscal de fondo si persiste el gasto ineficiente y, en función de una percepción de solvencia debida a sus reservas petroleras sumada a la mitigación del riesgo de devaluación, la innegable tendencia para recurrir al endeudamiento externo. El hecho de que hoy se pueda llevar este debate en público, de manera abierta y con madurez, es un síntoma saludable para el país; sin embargo, en la alta economía cobra vigencia la máxima: «Careful what you wish for» (cuidado con lo que deseas). El dilema sobre este complejo y delicado tema, por tanto, sigue abierto y debe ser objeto de un minucioso e inapasionado estudio, pues en el diseño de la política soberana, el apuro suele ser el peor consejero.

