El TSJ no solo apesta: chorrea. Y ese hedor, que ya es parte del paisaje, Delcy Rodríguez decidió perfumarlo con un traje verde fosforescente, ese verde chillón de quien quiere que la miren para que no la escuchen.
Subió a la tarima de Fedecámaras envuelta en ese fulgor de mata de mango en verano, habló largo, tendido y con ese tonito de funcionaria que pretende sonar técnica, pero lo que realmente hizo fue bordar silencios. Porque en política —la de verdad, la que se juega en la sombra y no en los auditorios con aire acondicionado— lo que importa no es la letanía que se pronuncia, sino la ausencia que se mastica.
Frase tras frase, la señora Rodríguez hilvanó el cuento del “nuevo momento productivo”, ese estribillo que ya parece grabado en casete viejo. Aplaudió al empresariado como quien reparte estampitas, celebró el consumo interno como si no supiera que la gente compra lo que puede y no lo que quiere, y hasta se permitió el numerito costumbrista de mencionar la Navidad, como si el país entero fuera un pesebre donde todo marcha en armonía. Un guion de normalidad, barnizado con cifras maquilladas y consignas de anime. Pero lo verdaderamente estruendoso fue lo que no dijo.
Ni una sílaba —ni siquiera un titubeo— sobre las revelaciones de la exmagistrada, ese terremoto que dejó al descubierto la podredumbre del aparato judicial. En cualquier democracia seria, semejante denuncia habría obligado a un pronunciamiento urgente. Aquí, en cambio, Delcy optó por la técnica del avestruz: cabeza en la arena, sonrisa en la boca, silencio en la conciencia. Como si la grieta institucional no existiera, como si el país no estuviera viendo cómo el edificio judicial se desmorona ladrillo por ladrillo.
Y luego vino el silencio más helado: el de Brooklyn. El de su amiga Cilia Flores (amiga de la estrechez), esa cercanía que ahora parece más bien un recuerdo incómodo. Ni una mención, ni un gesto, ni un guiño. Nada. Y eso que lo ocurrido allá no es poca cosa: la negativa del tribunal estadounidense a concederle casa por cárcel —desestimando el cuento de la salud delicada— y, peor aún, la inclusión en las imputaciones de los episodios de tortura contra ciudadanos estadounidenses, ejecutados por los esbirros del régimen bajo la orden directa de la ex primera dama, su marido y otros jerarcas. Un expediente que pesa como plomo y que ya no admite maquillaje ni metáfora.
El traje verde fosforescente, entonces, se volvió símbolo perfecto: una cortina de brillo para tapar la oscuridad. Mientras ella hablaba de acuerdos, de producción, de optimismo, los temas que realmente definen el destino político del país quedaban enterrados bajo una coreografía de evasión. La justicia internacional avanza, los expedientes se acumulan, los aliados se hunden en procesos penales, pero Delcy se pasea con su verde radiante como si todo fuera una fiesta patronal.
La función teatral terminó entre aplausos de compromiso, esos que suenan más a obligación que a convicción. El telón bajó, pero dejó a la vista la tramoya vieja, parchada, fatigada. Podrán vestir la realidad de verde esperanza, podrán repetir mil veces el mantra de la normalidad, podrán fingir consensos ante una tribuna que a veces aplaude por cortesía y otras por complicidad. Pero hay silencios que no se pueden maquillar. Hay silencios que retumban. Y este, el de la señora Rodríguez, ya se escucha como un tambor lejano anunciando que la historia —esa orquesta que nunca desafina— empezó a tocar otra pieza.

