A los 12 años me dio hepatitis, y me obligaron a pasar todo un largo mes en la cama. Así funcionaba la rígida pediatría de mi infancia. Más rígida aún si la pediatra era la tía Josefina.
En ese largo mes en cama, donde no podía ni siquiera caminar, mi papá para aliviarme los días me regaló una enciclopedia sobre la Segunda Guerra Mundial, y una suscripción de la revista Life, que, en aquel tiempo también editaban en español. En esa revista descubrí muchas cosas. Descubrí, por ejemplo, que el mundo del jazz tenía cuestiones inexplicables. Allí descubrí que había un pianista llamado Thelonious Monk que, siendo uno de los grandes pianistas, estaba acusado de no saber tocar al piano. Y así lo presentaban. Esa frase se me quedó en la cabeza: «El gran pianista que no sabe tocar piano».
Con el tiempo entendí evidentemente que se refería a ese uso extraño, percusivo, que le daba Thelonious al piano, a esa manera de ir como a contracorriente, en síncopas, en revesadísimas. Pero ese personaje, Thelonious Monk, resultó una de las más grandes influencias del jazz de mediados del siglo pasado. No es gratuito que, por ejemplo, entre los grandes cultores del llamado jazz latino, afro-cuban jazz, se establezca el término Montuno. Para una manera de hacer el afín que en Montuno, esta música, siguiendo los patrones, los estilos, las enseñanzas del gran Monk.
Thelonious Monk marcó escuela. Además de ser un gran intérprete y de inventar una manera insólita para tocar el piano, fue un gran compositor.
Pues bien, te estoy hablando de Thelonious Monk, porque el pasado sábado 10 de octubre se cumplieron 109 años de su nacimiento en Carolina del Norte. Por ello, para rendirle tributo a su memoria, armé el navegando con cinco de sus temas más emblemáticos. Podría armar 15 navegandos completamente distintos, porque su repertorio es muy vasto, pero en esta semana solo son cinco.
Comienzo con todo un himno de guerra, para ir a millón hacia adelante: «Straight, No Chaser».
Escuche también: “Sabrosona”, de Orquesta Aragón

