Publicado en: El Universal
En Francia se vive una insurrección izquierdista islámica construida y dirigida desde el entorno de Jean- Luc Melenchon: La Francia insumisa, cabecillas de bandas migrantes musulmanes de la banlieu parisina, escombros del Partido Socialista y sindicatos radicales. Han tomado de excusa supuestas reivindicaciones estudiantiles, pese a que han incendiado 50 institutos educativos y cerrado 520. En “el mayo francés” de 1968, movilizaron cientos de miles de personas, solo para que la mayoría silenciosa y aterrada diera un triunfo electoral arrollador al general Charles de Gaulle ese mismo año. Tienden ahora hacer triunfadora a Marine Le Pen en 2027, tan mala noticia ella misma como su rival Melenchon. Ambos no salen de las cavernas y hasta ahora sus programas de gobierno hacen pensar que Francia podría convertirse en una especie de Nicaragua.
Lenin dice en su opúsculo Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, que este es la síntesis de la acción revolucionaria francesa, la economía inglesa y la filosofía alemana. No menciona que todas esas salvajadas terminan en grandes contrarrevoluciones. El Terror concluye en 1794 con la decapitación de Robespierre (había comenzado con la de Luis XVI) la reacción termidoriana. A la Comuna de París la aplastaron en 1871 Thiers y luego Mac-Mahon, quien desplazó al otro por “blando”. En la segunda guerra surge el “régimen de Vichy-Petain, que sustituye el lema revolucionario, Liberté, egalité, fraternité, por Travail, famille, patrie, emprende la cacería racista antisemita y disuelve la democracia (cosas que complacerían a la izquierda posmoderna). El llamado mayo francés de 1968 conjuga dos terremotos contradictorios en el pensamiento, apocalipsis o integración.
Las mujeres oprimidas de los años 50, se rebelan contra el oscurantismo, la opresión y toman el mundo diez años después. La revolución sexual, anticonceptivos más minifalda el gran invento de Mary Quant, liberaron a las mujeres sin el feminazismo que solo monta shows. Irrumpen al mercado laboral, las universidades, las calles, bajo el influjo de la TV, el cine, el rock, la música sexual de Elvis Presley y Mick Jagger. Pero tras esa explosión de libertad, había un contrabando totalitario que siempre quiere cambiar la naturaleza humana, destruir las moléculas de la vida: la familia, el trabajo, la escuela, la religión, el hogar, semilla que hoy retoña. El mayo francés, de consignas poéticas, vertía su despotismo inspirado en el Libro rojo de Mao, los delirios de Herbert Marcuse y la revolución cubana, una moral revolucionaria y colectivista, final de “burguesas” libertad moral, individuo y vida privada.
Para Marcuse, la familia proletaria sustentaba al sistema y la fuerza motriz de la revolución serían delincuentes, presidiarios, drogadictos, malvivientes y antisociales. Las calles anarquizadas de París fueron en mayo el gran aquelarre, el submundo depravado de Michel Foucault en donde lo mordió el SIDA. Las manifestaciones de la Unión Nacional de Estudiantes terminan en violencia con la policía, el cierre de La Sorbonne, Nanterre y la educación media; los sindicatos de izquierda llaman a una huelga general para derrocar “el capitalismo”. Los estudiantes de Nanterre recibieron con vítores a sindicatos “normales” en una gran asamblea, y minutos después los corrieron a insultos porque estos no querían expropiar las fábricas. El más brillante de todos los bribones, Jean Paul Sartre, denuncia “la traición del Partido Comunista” por asumir preceptos burgueses como el pluripartidismo.
Defendía el genocidio contra un tercio de la población camboyana por Pol Pot. Encabeza la cacería de brujas contra profesores críticos a la “revolución de mayo” e hizo expulsar de la universidad a Raymond Aron, pináculo del pensamiento democrático francés del siglo XX. Su mujer y proxeneta, Simone de Beauvoir, escribe en El pensamiento político de la derecha: “…el pluralismo es burgués porque la revolución tiene una verdad única”. Una gran asamblea estudiantil en Toulouse declara solemnemente: “No podemos seguir gobernados pasivamente por las leyes de la ciencia, ni de la economía…”. Aron define “el mayo francés” como “una masa de resentimientos en envoltura lírica”. La historia lo absolvió. (Youtube: Aron analiza mayo 68).
Francia, Italia, EE. UU, Alemania, Inglaterra, según Marcuse, eran sociedades oprimidas, enajenadas “¡por el “bienestar!”, el consumo; en las calles vivían formas extremas de libertad, prohibido prohibir, entre las “barricadas” había pianos, jazz, espectáculos y sublimaban el paredón cubano, la Revolución Cultural China, Enver Hoxda de Albania. Las huelgas eran no por mejoras sino “salvajes”, “anticapitalistas”. Ese meteórico mes hubo diez millones de huelguistas, 2/3 de la fuerza de trabajo, miles de heridos y la policía se repliega, pero irrumpe la figura colosal del presidente Charles De Gaulle. De valentía personal épica, herido de bala en tres ocasiones y de un bayonetazo cuerpo a cuerpo; en 1916 recibió una explosión de gas mostaza, lo secuestran los nazis e intenta fugarse cinco veces. Caminaba en balaceras sin bajar la cabeza en medio del pánico colectivo.
De Gaulle abandona el palacio del Elíseo, “estaba caído”, pero el hombre de hierro se refugió en la base francesa de Baden-Baden al mando de su mejor amigo en la guerra y en territorio alemán. Francois Mitterrand declara que “en Francia el Estado dejó de existir”. Creada ansiedad límite con su desaparición, el 30 de mayo emerge dramáticamente y afirma con estruendo: “no renunciaré…probaré a los franceses que los fanáticos del totalitarismo y la destrucción hicieron un carnaval”, y adelanta elecciones para el 23 de junio, que ganará apoteósicamente. Los revolucionarios sacan un millón de manifestantes, con la consigna elección=traición, los cuerpos de seguridad se despliegan en los Campos Elíseos en Estado de emergencia. Marcuse escribió: “De Gaulle convirtió cada barricada, cada automóvil incendiado… en decenas de miles de votos para el gobierno”.
Por fortuna los abstencionistas suspenden la movilización, aceptan el proceso electoral y todo termina en los bistros abarrotados de manifestantes que combaten contra las existencias de vino y cerveza. Mattei Dogan en su monumental obra Ciencia política y otras ciencias sociales, dice que 57% de los franceses rechazaban la insania revolucionaria, que ahogó en odios y vituperios a los que la cuestionaban. Podrìa repetirse la historia, pero al revés del lugar común. Primero como comedia y ahora como drama

