Jean Maninat

Gobierno interino en el exilio – Jean Maninat

Por: Jean Maninat

Al amigo Andrés Caleca

La idea de perpetuar el interinato de una ficción exangüe y armar un gobierno en el exilio parece que burbujea en el cráneo de algunos líderes opositores habituados ya a la zona de confort que les brinda una dualidad de poder artificial y forzada. Afortunadamente, una brizna de sensatez ha desmerecido la propuesta calificándola de inútil. ¡Uf, Dios aprieta pero no ahorca!

No deja uno de admirarse de la capacidad para caer en las celadas del Gobierno, como hipnotizados, guiados por el chirriante sonido de una flauta nada refinada. Apenas oyen la nota disonante y salen disparados hacia el precipicio con la esperanza de flotar en el aire. El aterrizaje siempre ha sido doloroso, sobre todo, para el ciudadano de a pie opositor que resiente sus efectos como daño más bien frontal que colateral.

Pero es fácil habituarse a vivir en una ficción, en la representación escénica de la realidad, y los personajes que se encarnan se toman por reales y quien tantas veces ha jugado a ser Macbeth, o King Lear, termina creyendo que lo es fuera del escenario. Así, quien ha asumido la función presidencial en interinato (lo que en realidad quiere decir que es tan  prestada como el vestuario que se lleva en una obra) termina disfrutando el embeleso y no quiere que se acabe.

En Días Malditos (Un diario de la revolución) el escritor ruso y Premio Nobel Iván Bunin, retrata el avance bolchevique en los años 1918 y 1919 en las ciudades de Moscú y Odessa. Ante el proceso de confiscación material y espiritual de la sociedad rusa, muchos aristócratas, grandes terratenientes, burgueses recién vestidos, e intelectuales de gran y menor valía se entregaron a las más variadas ensoñaciones, intercambiando falsas noticias acerca de inminentes invasiones extranjeras occidentales que nunca llegaban, o el ataque imparable en marcha de algún pomposo general de los remanentes del ejército zarista corroído por el recelo entre sus oficiales. El Ejército Blanco.

Todo se disipó, y muchos terminaron disgregados por Europa, representando la farsa de “fuerza rusa en el exilio”, exhibiendo sus antiguos títulos, vendiendo las joyas de la familia, paseando por los salones parisinos como bufones prescindibles de la alta sociedad. Nunca más recuperaron el poder que alguna vez ostentaron. Los Rusos Blancos, así fueron bautizados con sorna y hasta un terrible cóctel les dedicaron.

Veremos si el dislate prospera -no pareciera- pero, hay que prepararse para cualquier eventualidad. Mientras, la discusión sobre participar o no en una eventual elección parlamentaria se ha detonado y todo indica que la negativa a participar por default aminora y eso ya es ganancia. Es el exorcismo del mantra y sus puntos mágicos.

Nuestros Rusos Blancos criollos seguirán cabalgando pompas de jabón, planeando invasiones, jugando con sus batallones de soldaditos de plomo y soñando con ser altos dignatarios del alto gobierno interino en el exilio.

Si al menos un Diaghilev tuviesen…

 

 

 

 

Lea también: «Reinventarse«, de Jean Maninat

 

 

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