Por: Giovanna Bruni
Hay momentos – personales y colectivos- en los que la vida nos pone frente a una paradoja incómoda: para llegar a un objetivo legítimo, tenemos que conversar, negociar o acercarnos a personas con las que no compartimos valores, estilo, historia o incluso formas de ver el mundo.
Y ahí es donde, desde la psicología junguiana, podemos invocar una imagen arquetípica muy particular: la del dios Hermes, en la mitología griega.
Hermes no es “el bueno” ni “el malo” del Olimpo. Es el que cruza fronteras. El mensajero. El intermediario. El que sabe hablar en lenguajes distintos sin perder del todo el propio. También es trickster: es astuto, se mueve con rapidez, lee el momento… pero no para traicionarse, sino para hacer posible lo que parece imposible.
En tiempos de crisis – como el que vive nuestro país, Venezuela-, Hermes se vuelve esencial porque la realidad no se resuelve solo con pureza moral. Se resuelve, muchas veces, con estrategia, con lectura fina del terreno, con capacidad de tender puentes temporales sin confundir el puente con el destino.
Sé que a veces la palabra “pragmatismo” se siente como una rendición. Pero no siempre lo es. A veces es madurez.
Cuando veo algunos mensajes y movimientos del liderazgo de María Corina Machado -insistiendo en mantener el foco y sostener una ruta en medio de un tablero cambiante- me viene justamente esa energía hermética: no idealizar el camino, sino encontrar vías; no perder tiempo peleando con la realidad, sino aprender a mover piezas sin perder el norte.
Porque el punto no es “aliarse con cualquiera” ni justificar lo injustificable. El punto es más fino (y más difícil): distinguir entre negociar y claudicar. Entre usar un recurso disponible o vender el alma. Entre una alianza táctica o una renuncia a los principios.
Hermes nos enseña algo que en Venezuela nos cuesta mucho porque estamos heridos, y hemos sido muy maltratados: que a veces hay que sentarse a hablar con quien uno no elegiría… para evitar un mal mayor o para abrir una puerta que, de otro modo, no se abre.
No se trata de volvernos cínicos. Se trata de volvernos hábiles.
La astucia no tiene por qué ser inmoral. Puede ser una forma de inteligencia al servicio de la vida.
Invocar a Hermes no es perder valores. Es aprender a proteger el propósito en un contexto donde el propósito puede perderse por rigidez, por orgullo, o por la fantasía de que solo avanzamos si todos piensan como nosotros.
En el fondo, Hermes nos recuerda que el camino hacia la libertad también requiere: la capacidad de sostener tensión, de negociar sin confundir, de acercarse sin pertenecer, de actuar con estrategia… sin perder el alma.





