Venezuela, un gigantesco – Ricardo Cayuela Gally

«La actualización de la Doctrina Monroe en directo para garantizarse vecinos estables y que nadie emigre a Estados Unidos y para tener acceso a sus recursos»

Publicado en: The Objective

Por: Ricardo Cayuela Gally

Para entender lo que pasó en Venezuela la noche del 3 de enero, es necesario, como escribió Luis Felipe Fabre, abandonar el principio de no contradicción. Por un lado, es de celebrarse la salida de Nicolás Maduro del poder. No solo profundizó el Gobierno dictatorial que heredó de Hugo Chávez sin más mérito que la lealtad, sino que le dio su toque personal de crueldad, cinismo y frivolidad. Maduro era alguien capaz de bailar huarache en la televisión mientras los tanques mataban a sus propios estudiantes. La dictadura bolivariana de Maduro (y sus secuaces) fue un doble fracaso. En términos económicos, fue un desastre, pese a estar asentada sobre las mayores reservas de petróleo del mundo. Impericia técnica, corrupción, derroche y estatismo los llevó a romper todos los récords negativos en inflación, devaluación, crecimiento de la pobreza e incluso hambre. En términos sociales, su fracaso fue un gigantesco y cotidiano desmentido a sus banderas igualitarias. Pero, además, fue un represor salvaje que llenó las cárceles de presos políticos, que torturó y asesinó a adversarios, y que forzó una diáspora de connacionales con unos números que solo se ven en las guerras.

Bajo la tutela de Chávez y Maduro, Venezuela pasó de ser una próspera democracia (aunque desigual y corrupta) a una república bananera. Además, su Gobierno se alió con lo peor del mundo en cada ámbito y se dejó manejar como títere por la jerarquía cubana en una «invasión consentida», como documenta el imprescindible libro de Diego G. Maldonado (pseudónimo que da cobertura a un grupo de valientes periodistas venezolanos).

Lideraba una dictadura con los recursos para ramificarse en el mundo e influir en la izquierda iberoamericana, y con oscuros nexos con grupos terroristas y Gobiernos realmente peligrosos para la humanidad, como el Irán de los ayatolás o la Rusia de Putin. Maduro fue un presidente ilegítimo tras dos instancias electorales: cuando la oposición logró ganar la mayoría legislativa y desde esa instancia se nombró a Juan Guaidó como presidente provisional, en 2019, y ante la heroica organización de María Corina Machado, que en las últimas elecciones presidenciales, de 2024, logró derrotarlo en las urnas, pese a un sistema amañado y pese a una inhabilitación ilegal. La gesta no se limitó a ganar con todo en contra, sino que tuvo la capacidad de demostrarlo. Por lo tanto, ni una lágrima por Maduro y su salida del poder.

El problema no es ese, sino las razones esgrimidas por Estados Unidos para su salida y el escenario que ya se dibuja. La delirante rueda de prensa de Donald Trump posterior a la acción de la Delta Force ha sido la constatación, una vez más, de las alarmantes limitaciones de su personalidad y la burda demostración de los intereses espurios y torcidos valores por los que actúa. Primero, la actualización de la Doctrina Monroe en vivo y en directo: su deseo de tener vecinos estables para garantizar que nadie emigre a Estados Unidos y para tener acceso a sus recursos. Lo dijo sin ambages ni metáforas, en su limitado y crudo universo lingüístico. Como el vendedor de autos usados que nunca ha dejado de ser, usó la acción contra Maduro como amenaza continental y como farol para doblegar voluntades sin asumir los costos de mandar a la Armada. No escuché en sus palabras nada sobre democracia o derechos humanos, ni sobre respeto a la soberanía venezolana. Habló de fuerza bruta y de petróleo, que usará como propio. Y lo peor: despreció el papel de María Corina Machado, a quien condescendientemente calificó de «nice woman», pero sin el apoyo suficiente para gobernar el país. ¿De verdad? Habría que recordarle que está hablando de la mujer que derrotó pacíficamente a Maduro en las urnas y que articuló a una sociedad aplastada por el miedo, el exilio y las carencias en torno al sueño de las urnas.

En la situación actual, no es descartable un escenario en el que Delcy Rodríguez, la corrupta y criminal vicepresidenta, se convierta en presidenta de Venezuela y gobierne con el aval americano, ganando tiempo para cubrir a su grupo político y borrar las huellas de sus fechorías. La contraprestación del petróleo es algo negociable para ella y para cualquiera del círculo cercano de Maduro que, en los hechos, ya había destruido a la industria y entregado los cada vez más exiguos recursos a Cuba y diversos grupos criminales, donde el papel del expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero está por dilucidarse. Así, el día de la liberación se habrá convertido en una pesadilla: la continuación de la dictadura por otros actores y la pérdida definitiva de los recursos naturales del país. Algo parecido a lo que sufrieron las democracias de Europa Central tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, en particular Polonia, que pasó de las manos asesinas de Hitler a las manos asesinas de Stalin, pese a que la defensa de su democracia había sido el origen de seis años de guerra y horrores.

«La obsesión de Donald Trump con las drogas también es preocupante. […] Es precisamente su ilegalidad lo que alimenta el negocio»

Los hechos revisten una gravedad aún mayor por muchas razones. La ceguera moral de la derecha extrema, deslumbrada con la salida de Maduro, les impide ver que Trump los desprecia por igual: son los nuevos tontos útiles del mundo. Resulta casi cómico observar las cábalas que se hacen con sus palabras: que confundió a María Corina Machado con Delcy Rodríguez, que todo es parte de una estrategia para controlar el país primero y luego abrir el juego democrático, y un largo etcétera de autoengaños. La verdad es lo que dijo, sin adornos, el secretario de Defensa de Estados Unidos: «Esto es lo que significa America First y vamos a recuperar lo que se nos había robado». Por cierto, la nacionalización del petróleo venezolano fue hecha en democracia, bajo el Gobierno de Carlos Andrés Pérez en 1976, no por el sátrapa bananero de Chávez.

La obsesión de Donald Trump con las drogas también es preocupante. El narcotráfico es, en esencia, un problema de salud pública interna que refleja la descomposición y el vacío existencial de la sociedad estadounidense, no un asunto que deba imponerse como prioridad en la agenda internacional. Mientras exista demanda, habrá oferta: así funciona el libre mercado, como debería saber el presidente del país que lo predica. El poder de los narcotraficantes —una lacra global que carcome gobiernos y destruye sociedades— no se explica sin una causa fundamental: la criminalización de las drogas. Es precisamente su ilegalidad lo que alimenta el negocio. Y conviene no olvidar que, una vez cruzada la frontera, son las mafias estadounidenses las que controlan la distribución minorista dentro del país. Al Pacino es el hijo idiota de la prohibición.

Por otra parte, las áreas de influencia que anuncia la acción de Estados Unidos funcionan como una válvula de oxígeno para Rusia en Ucrania y un pacto tácito con China. Una vez más, la única voz sensata ha sido la del presidente francés, Emmanuel Macron, quien ha recordado que el origen de todo es el fraude electoral: que Venezuela ya votó y que merece un Gobierno legítimo, una democracia activa y el uso libre de sus inmensos recursos naturales, sin que esto impida, desde luego, la participación de empresas americanas, que deberían ganarse los contratos en adjudicaciones justas y transparentes.

Finalmente, la acción quirúrgica llevada a cabo por las fuerzas especiales de Estados Unidos —ciertamente espectacular— vuelve a poner el acento en una vieja discusión ética: los riesgos de una pericia técnica deslumbrante acompañada por un anquilosamiento moral alarmante. No parece casual que esta operación, que pudo haber sido gloriosa y terminó siendo infame, haya coincidido con la enésima provocación de Corea del Norte mediante el lanzamiento de dos misiles balísticos al mar de Japón. Un mundo sin la democracia americana detrás —aun con todas sus contradicciones— será, como dice la Biblia (Mateo 13:42), llanto y crujir de dientes.

 

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