Durante los interminables años de la Guerra de Independencia, Venezuela pagó un precio que hoy cuesta incluso imaginar: entre 250.000 y 300.000 muertos, casi un tercio de la población. Aquella “guerra a muerte” no fue solo un conflicto militar; fue una fractura íntima, un desgarramiento que atravesó hogares, campos, ciudades, memorias. Murieron soldados, sí, pero también campesinos, mujeres, niños, ancianos. Murieron por balas, por hambre, por epidemias, por la destrucción metódica de todo lo que sostenía la vida. De casi 900.000 habitantes quedaron menos de 700.000. Un país exhausto, pero dueño de sí.
Esa libertad, tan arduamente conquistada, se convirtió en un principio casi espiritual. Durante generaciones, Venezuela se sostuvo en la convicción de que ninguna potencia extranjera dictaría su rumbo. Hubo presiones, amenazas, tensiones diplomáticas, pero nunca una intervención formal. La soberanía se volvió una especie de columna moral, un hilo que atravesó dictaduras, crisis y turbulencias sin romperse del todo.
Por eso resulta tan desconcertante —y tan doloroso— que en tiempos recientes la Revolución Bolivariana haya permitido, sin transparencia ni pudor, una intervención de facto de Cuba. No hubo invasión ni desembarco, pero sí una presencia persistente en áreas neurálgicas del Estado: inteligencia, fuerzas armadas, registros, empresas del Estafo, asesorías políticas. Una presencia aceptada con una docilidad que invita a preguntarse en qué momento la soberanía dejó de ser un principio para convertirse en un recurso negociable.
Y ahora, en un giro que parece escrito por la ironía, la intervención que llega es la de Estados Unidos: abierta, explícita, incómoda. No tiene épica ni hermandad. Es geopolítica desnuda. Y obliga —en criollo claro— a aceptar lo que duele aceptar. A reconocer que el país ya no tiene la fuerza para sostenerse solo.
Le ha tocado a Marco Rubio —él, hijo de exiliados cubanos— ocupar un rol que roza lo simbólicamente virreinal. No por decreto ni por corona, sino por esa extraña dinámica contemporánea en la que un micrófono en Washington puede pesar más que un ministerio en Caracas. Rubio, formado entre relatos de dictaduras y exilios, terminó convertido en figura tutelar de un país que durante dos siglos se enorgulleció de no aceptar tutelas. La ironía es tan gruesa que obliga a detenerse y pensar.
¿Es bueno lo que está pasando? La pregunta se queda corta. En un país devastado, “bueno” o “malo” son categorías insuficientes. Lo que ocurre no es deseable, pero es —tristemente— necesario. Necesario porque el Estado quedó hueco. Necesario porque la soberanía se volvió un eslogan sin sustancia. Necesario porque la crisis dejó al país sin herramientas propias. Necesario porque cuando un sistema se desmorona, alguien tiene que sostener los escombros para que no terminen de caer.
La necesidad no absuelve, pero ilumina. Y revela una verdad incómoda: Venezuela ya no controla del todo su destino. Lo que ocurre hoy no es un accidente, sino la consecuencia acumulada de años de erosión institucional, de incalculable corrupción, de alianzas tóxicas y decisiones que hipotecaron la autonomía conquistada con sangre en el siglo XIX.
Este tutelaje no es bueno. No es malo. Es el precio —doloroso, inevitable— de haber perdido la capacidad de decidir sin tutelas.
Porque, en realidad, lo que se perdió no fue la libertad republicana. Esa ya pendía desde hace años de una cuerda desgastada, sometida a la égida de La Habana, convertida en un símbolo que apenas se movía con el viento de la propaganda. Lo que se perdió ahora —y ojalá sea sólo por el tiempo estrictamente necesario— es la autonomía. Esa facultad silenciosa de decidir sin permiso, de equivocarse por cuenta propia, de sostener el timón aunque el barco haga agua. La autonomía no tiene épica, pero sin ella un país deja de ser sujeto y pasa a ser escenario.
estamos pagando, con intereses acumulados, una larga novela de decisiones erradas y una retahíla de manipulaciones. Una trama escrita por la improvisación, la soberbia y la ceguera ideológica. Una novela repetitiva, donde se destruyeron instituciones, se expulsó talento, se dinamitaron puentes y se convirtió la política en un teatro de sombras. Y ahora llega el desenlace lógico: cuando desmontas un Estado, alguien tiene qie venir a ayudarte.
Quizás lo único rescatable es que la vergüenza funcione como punto de inflexión. Que esta pérdida temporal de autonomía, este desnudamiento forzado, nos recuerde que un país no se sostiene con consignas ni con épicas recicladas, sino con instituciones que funcionen, ciudadanos que exijan y gobernantes que entiendan que el poder no es un botín.
La historia venezolana está llena de noches oscuras, pero también de amaneceres inesperados. Si algo enseñó aquella independencia sangrienta es que incluso los pueblos exhaustos pueden rehacerse. No por milagro ni por intervención ajena, sino por la voluntad —lenta, torpe, obstinada— de reconstruir.
Ojalá esta vez no haga falta otro desgarro demográfico para recuperar lo perdido. Ojalá baste con entender, por fin, que la autonomía no se declama: se cuida. Y que cuando se descuida, cuando se entrega, cuando se trivializa, los platos rotos los paga la nación entera.
El reto ahora es simple y profundo: que esta humillación no sea un destino, sino un tránsito. Que el país, una vez más, encuentre la manera de volver a ser dueño de sí mismo.
Y, bueno, entre Marco Rubio y Miguel Díaz‑Canel hay diferencias abismales, no sólo en biografía y origen, sino en el tipo de relación que cada uno encarna frente a Venezuela. Uno llega desde la institucionalidad estadounidense, con el peso político que le otorga su cargo y la narrativa del exilio cubano a cuestas. El otro representa la continuidad del aparato estatal cubano que, durante años, tejió vínculos opacos y asimétricos con el poder venezolano. Son figuras que provienen de mundos distintos, con lógicas distintas, y cuya presencia en la historia reciente del país revela, precisamente por contraste, la magnitud del vacío que dejó el Estado venezolano al ceder espacios que antes consideraba intocables.





