Publicado en: El Universal
La “sabiduría popular” es una abigarrada panoplia de asertos contradictorios y que por eso mismo sirven para todo (“al que madruga Dios lo ayuda” vs. “no por mucho madrugar amanece más temprano”, un antagonismo dialéctico). “Contigo pan y cebolla”, expresa amor verdadero, desinteresado, al que el otro refrán citado refuta con igual fuerza. En enero vimos una impactante demostración de lealtad afectiva, tan noble y dramática que parece más de la literatura que de la realidad, y así quedará. Se debate sobre una eventual dolarización, buen síntoma, porque toca economía, salario, empleo, inflación, asuntos existenciales de la gente en este momento y lugar.
En las últimas décadas estos temas resultan demasiado plebeyos para nuestros activistas, sin mucha idea al respecto, ocupados en sus problemas de elecciones, candidaturas, zancadillas. El gobierno demuestra una actitud proclive al fortalecimiento institucional y ha dado pasos importantes, la reforma de la Ley de Hidrocarburos, la de Amnistía y crea atmósfera de optimismo, la luna de miel con la opinión pública. Eso estimuló un ascenso de la imagen de la presidenta, pero “amor con hambre no dura”. Convertir la luna de miel en felicidad cotidiana y doméstica, pasa por un cambio económico integral. Pero también luce sumergido en la política y no en los problemas reales.
La crisis del Medio Oriente podría traer una etapa variable de ingresos petroleros extraordinarios, pero sería un error pensar que eso soluciona los problemas. Puede afirmarse que todo avance resuelve unos y crea otros, por lo que gobernar es oficio para penélopes. Entre los errores estratégicos cometidos desde siempre, uno gravísimo es no haber entendido la cara oculta del rentismo y de su epifenómeno, el “mal holandés”. Nuestro país se hizo dependiente del petróleo y no pudimos desarrollar una industria competitiva que garantizara empleo e ingresos, distraídos al ritmo del mercado petrolero internacional. Con precios altos, felicidad, y con bajos pobreza, deuda, inflación y devaluación.
Hay verdaderos Frankenstein que, si no se neutralizan con una economía productiva, cualquier mejora será frágil e inestable. La auténtica forma de mejorar el ingreso popular es parar en seco la inflación (Sánchez de Losada en Bolivia la bajó en dos meses de 12 mil % a 7%). Los aumentos de salarios pueden ser caramelos de cianuro porque a veces la incrementan; en 2025 pasó de 400% y trae la amenaza hiperinflacionaria. Desde el siglo II en Roma de Trajano y Aurelio, corrompieron la moneda, al sustituir metal precioso por cobre o níquel para producir más circulante y financiar guerras, lo que trajo inflación galopante.
En nuestro caso la edición de moneda inflacionaria ocurre porque atropellamos la prohibición constitucional de imprimir billetes para cubrir el déficit fiscal. Un primer paso es cumplir la ley sin subterfugios y que el Banco Central esté libre de presión. Perú soporta una crisis política tras otra, un presidente preso tras otro y su economía avanza incólume con un Banco Central intocable. Para estabilizar la moneda se requieren decisiones de política económica determinantes, como establecer tasas de interés positivas por encima de la inflación Así la gente no correrá a deshacerse de los bolívares como si quemaran, y podrá ahorrar, lo que fortalece la banca, normaliza y estimula el crédito.
Tendería a cambiar la situación que hace a la gente comprar cosas angustiados para no perder su dinero. En la medida en que la situación geopolítica se estabilice, Venezuela debería normalizar sus relaciones con la comunidad internacional para salir del aislamiento. Rehacer, con ayuda norteamericana, los nexos con el FMI, el BM, la CAF, porque será ineludible y necesario emprender con su apoyo el refinanciamiento de la deuda externa y también la interna con los trabajadores, pensionados y jubilados. Según el FMI, el PIB de Venezuela fue en 2025 de 83 mil millones de dólares y su deuda externa anda por los 190 mil millones, más o menos 165% del PIB, (parecida a la de EE. UU, pero peor).
Naturalmente estos exigirán el fin de esa parasitosis de empresas del Estado, propia de los delirios de grandeza de la CEPAL, que al día de hoy son una realidad más propia del dadaísmo que de la política económica. En una larga época, eran símbolos de nacionalismo, aunque dieran pérdidas, porque de alguna manera creaban empleo, aunque fueran entre los más improductivos y caros del mundo. Digo que dadaísta porque esa condición de “capitalismo de Estado” nos impidió desarrollar emporios internacionales del acero y el aluminio, para lo que teníamos todas las condiciones. Hoy ni siquiera son agencias de empleo, sino nóminas fantasmas con salario de tres dólares y una bolsa de alimentos.
Tal como la Ley de Hidrocarburos un salto de siete lenguas sería ejecutar un blitzkrieg, plan de acción legislativo con los empresarios para reformar todas las leyes o artículos de leyes que pongan dificultades a la inversión, así como derogar barreras a los emprendedores y aniquilar el papeleo burocrático. Además, la economía informal será un gran aliado para este plan de empleo, inversión y micro inversión. La Ley del Trabajo, otro malparto calderista del siglo XIX, debería aterrizar el XXI y hacer una libre de anacronismos que obstaculizan la creación de empleo y el desarrollo de las empresas.
Una última apostilla tiene que ver con la educación para el trabajo. Las universidades operan como un embudo, una salida única para quien quiere progresar, pero es un túnel demasiado largo, costoso y de discutible calidad, con excepciones. Una gran apertura para mejorar la vida del país sería fomentar la educación en oficios prácticos de carreras cortas: enseñar albañilería, panadería, plomería, carpintería, mecánica, electricidad, daría la posibilidad de vivir dignamente a quienes tienen hoy el horizonte profesional cerrado porque no pueden ir a la universidad o no les interesan carreras largas y teóricas.





