En una entrevista con Luz Mely Reyes (Efecto Cocuyo, 20/01/2026), Andrés Caleca habló como quien ya no tiene tiempo para adornos. Lo suyo no fue una entrevista, sino una declaración frontal, casi un acto de pedagogía cívica. Puso los puntos sobre las íes con una claridad que en Venezuela suele incomodar porque desmonta excusas y espejismos. Y lo hizo en un lenguaje que entiende cualquiera: el experto, el ciudadano fatigado, el que intuye y el que apenas está tratando de comprender qué demonios pasa.
Comenzó por despejar la bruma: “Esto no es una transición a la democracia”, dijo sin titubeos. No estamos en un proceso ordenado, pactado ni institucional. No hay garantías, no hay reglas compartidas, no hay un camino despejado hacia un cambio de poder. Lo que hay es un país devastado, “como salido de una guerra después de 25 años de desastres”, intentando encontrar un punto de apoyo para no seguir cayendo. Ese reconocimiento —incómodo, pero necesario— es el primer paso para cualquier reconstrucción sensata: no se puede construir futuro sobre ruinas negadas.
Desde allí trazó un mapa. No un mural optimista ni un apocalipsis, sino un mapa de navegación para un país que debe ubicarse sin autoengaños. En el centro del dibujo colocó la única ruta viable: la vía constitucional, pacífica y electoral. No por romanticismo, sino porque es la única que ha producido avances reales y la única capaz de sostener un cambio sin hundirnos en otro ciclo de violencia. Es un camino estrecho, lleno de obstáculos, pero transitable si se sostiene la presión ciudadana, si se defiende el voto, si se evita la tentación del atajo violento.
En un costado del mapa, casi como una leyenda, Caleca anotó una verdad que pocos se atreven a decir: la reconstrucción exige una unidad amplia, incluso con sectores del chavismo dispuestos a romper con la lógica autoritaria. No es ingenuidad; es realismo político. Ningún país sale de una crisis de esta magnitud sin acuerdos incómodos, sin puentes inesperados, sin reconocer que la convivencia futura no puede basarse en la exclusión.
Más adelante, donde en los mapas antiguos iban las montañas y los ríos, colocó los retos inmediatos: recuperar instituciones mínimas, reconstruir confianza, reactivar la economía con reglas claras, atraer inversión, restituir derechos, recomponer el tejido social. No los presentó como sueños, sino como tareas. Trabajo, no magia.
Y en ese mismo mapa, con la misma franqueza, señaló las cosas que deben terminar ya, porque impiden cualquier posibilidad de reconstrucción sensata. Habló de los presos y perseguidos políticos, una herida abierta que bloquea la confianza mínima que necesita un país para reconocerse a sí mismo. Mientras existan ciudadanos encarcelados o forzados al exilio por razones políticas, no hay espacio para un pacto social verdadero ni para una convivencia que no esté marcada por el miedo.
Se refirió también al decreto de estado de conmoción, convertido en una excepcionalidad permanente que distorsiona la vida institucional y deja al país suspendido en un limbo jurídico donde nada termina de ser estable ni predecible. Para avanzar, esa excepcionalidad debe cesar, de inmediato; la normalidad institucional no puede seguir siendo un lujo.
Y mencionó, con una metáfora que retrata la precariedad del momento, el taburete de dos patas con el que se ha pretendido sostener al país: una estructura de poder incompleta, desequilibrada, sostenida por controles y no por instituciones. Ese equilibrio imposible no puede seguir siendo la base sobre la cual se pretende construir futuro. Un país no se gobierna desde la inestabilidad perpetua.
A todo esto añadió una advertencia estructural, casi una ley física: no se puede lograr una estabilización, una reconstrucción ni una transición dejando por fuera a los partidos, las organizaciones de la sociedad civil, los sindicatos, los gremios, los empresarios, las asociaciones, las universidades, la sociedad. Pretender recomponer un país excluyendo a quienes sostienen la vida pública es como intentar levantar una casa empezando por el techo: se desploma antes de terminar la primera pared. La reconstrucción no es un acto de ingeniería política, sino un proceso social profundo que exige voces múltiples, acuerdos amplios y una ética de inclusión que rompa con la lógica de la imposición.
En la esquina superior del mapa, donde solía dibujarse la rosa de los vientos, Caleca escribió la clave: el futuro sensato sólo existe si el ahora se asume con madurez. No hay porvenir posible si seguimos postergando lo urgente, si seguimos esperando señales externas, si seguimos creyendo que el país se arreglará solo. El futuro —ese que tanto invocamos— sólo será viable si el presente deja de ser una sucesión de evasivas y se convierte, por fin, en un acto de responsabilidad colectiva.
No dejó por fuera el silenciador que se la instalado al periodismo. Caleca entiende que la libertad de expresión y de prensa no es un lujo ni un adorno democrático: es el oxígeno que permite que una sociedad respire sin miedo. Cuando la palabra circula sin permisos ni mordazas, el ciudadano recupera su tamaño real y el poder queda obligado a rendir cuentas. Allí donde se protege la crítica, la denuncia y la diversidad de voces, florece la posibilidad de una República viva; allí donde se castiga o se silencia, comienza la asfixia cívica. La prensa libre no es enemiga del Estado, es su contrapeso natural, el espejo que evita que el poder se enamore de su propio reflejo.
Y en medio de este paisaje donde cada quien parece interpretar las normas según su conveniencia, surge algo que no debería pasar de largo. Ah, la Constitución. Ese librito que algunos encerraron en una gaveta con llave debería ser la guía sagrada. No por devoción, sino porque sin ese texto no hay República, sólo el antojo del poderoso. La sentencia cae como un aldabonazo porque desnuda lo esencial: no se trata de misticismo jurídico, sino de la mínima decencia institucional. Un país que esconde su Constitución es un país que se esconde de sí mismo.
Caleca no ofreció milagros ni promesas fáciles. Ofreció algo más valioso: un mapa para orientarse en medio del ruido. Un recordatorio de que la claridad, incluso cuando duele, es el primer acto de esperanza.





