“La tragedia venezolana no es el poder, sino la fascinación que produce.”
—José Ignacio Cabrujas
En Venezuela, la expresión “jalar bola” se asocia en el imaginario popular a un origen carcelario, donde designaba la conducta del recluso que se sometía servilmente al presidiario dominante. “Jalar” aludía a la acción física y humillante de manipular la “bola” del preso poderoso, como símbolo extremo de subordinación, dependencia y pérdida total de dignidad. Con el tiempo, la frase salió del ámbito penitenciario y pasó al lenguaje cotidiano para describir a quien se humilla voluntariamente ante una figura de poder con fines utilitarios. En ese tránsito, la expresión conservó su carga de desprecio moral: llamar a alguien “jalabolas” no es acusarlo de simpatía, sino de sumisión interesada, de estar dispuesto a degradarse para obtener beneficio. La expresión “jalar bola” no tiene connotación sexual alguna. Es un coloquialismo, no un escatologismo.
En política, jalar no es un acto ingenuo ni accidental. Es una práctica consciente, calculada y profundamente corrosiva. Jala quien adula a sabiendas, quien mide cada elogio como una moneda de cambio. No hay admiración genuina en ese gesto, sino interés. Se halaga para obtener algo: un cargo, una protección, un acceso, una cuota de poder. Jalar es invertir dignidad esperando retorno.
El que jala no cree en ideas ni en proyectos. Cree en oportunidades. Ajusta su discurso según el oído que lo escuche y el despacho en el que se encuentre. Hoy aplaude lo que ayer criticó y mañana negará haber aplaudido. Su coherencia es flexible, su memoria conveniente y su lealtad siempre provisional. No defiende principios: defiende su lugar cerca del poder. Hacia arriba es sumiso; hacia abajo, soberbio.
El que se deja jalar tampoco es víctima. Sabe que lo están adulando y aun así lo permite. A veces porque le conviene, a veces porque le gusta. Confunde el halago interesado con respaldo político y el silencio cómodo con consenso. Rodearse de jaladores le evita conflictos, críticas y decisiones incómodas. Así se construye una realidad artificial donde todo funciona, todo se aprueba y nadie incomoda.
Esta relación es devastadora para la política. El que jala anula la crítica; el que se deja jalar la castiga. El resultado es un ecosistema donde la mediocridad asciende y la capacidad estorba. No progresa el que piensa mejor, sino el que adula más. No se escucha al que advierte, sino al que aplaude. Las decisiones se toman mal, tarde o por puro ego.
Cuando la política se llena de jaladores, el lenguaje se vacía. Todo suena correcto, todo parece leal, todo es falso. Se repiten consignas mientras la realidad se deteriora. Nadie dice lo que ve porque decir la verdad no da beneficios inmediatos. Jalar, en cambio, siempre paga… hasta que deja de hacerlo.
Y cuando deja de pagar, el derrumbe es inevitable. El que se dejó jalar descubre que estaba rodeado de oportunistas sin convicciones ni diagnósticos. Los aplausos desaparecen, los elogios se evaporan y el poder queda solo, mal informado y sin rumbo. El sistema colapsa no por sorpresa, sino por ceguera voluntaria.
El que jala también termina perdiendo. Renuncia a cualquier autonomía, se vuelve dependiente del favor ajeno y queda incapacitado para sostenerse por mérito propio. No construye nada duradero: sobrevive de rodillas. Su trayectoria política es una suma de concesiones morales que lo vacían hasta dejarlo sin identidad.
Una política basada en la adulación consciente no fracasa por error. Fracasa porque nadie se atreve a decir lo que ve. El poder se intoxica de halagos, los jaladores viven de poder mal habido y la sociedad paga el costo completo. No hay correcciones posibles donde todos hablan para agradar y nadie habla para advertir. No es una caída brusca: es una descomposición lenta, rodeada de aplausos. Un político inteligente es el que se asegura de tener cerca, muy cerca, a consejeros que sean críticos severos, y de apartar a los “jalabolas”.
La historia del mundo —y la de Venezuela en particular— está repleta de personajes que se volvieron expertos en el jalabolismo y de líderes que se dejaron adular sin pudor. Unos hicieron carrera arrastrándose; otros se convencieron de su propia grandeza escuchando halagos interesados. Ambos terminaron haciendo el papelón de su vida: los primeros por renunciar a toda dignidad, los segundos por confundir adulación con legitimidad. La política les pasó factura, aunque casi siempre fue el país el que pagó el costo.
Una política donde jalar bola da más rédito que decir la verdad no se equivoca de rumbo: elige conscientemente la decadencia.





