La formación del espíritu: Hegel y la educación como libertad – José Rafael Herrera

Publicado en: El Nacional

Por: José Rafael Herrera

La eticidad es el espíritu que ha llegado a ser mundo existente.
La vida ética es el orden divino y humano
G. W. F. Hegel

En tiempos en los que la educación parece haber perdido sus objetivos y oscila entre el formalismo pedagógico y la mera capacitación técnica, volver a Hegel puede parecer un gesto, si no impertinente, cuando menos intempestivo. No obstante, pocas reflexiones resultan hoy tan necesarias como las contenidas en sus Escritos pedagógicos, recopilados a partir de su labor como rector del Gymnasium de Nuremberg. En esos textos -estrechamente vinculados con su Propedéutica filosófica- se perfila una concepción exigente y profundamente actual de la formación cultural y ciudadana que requiere la juventud de una nación desgarrada.

En efecto, para Hegel, educar no significa ni instruir ni “dejar crecer”, sino formar (bilden). Y la Bildung -cabe decir, la formación cultural- no es mnemotecnia, esa simple acumulación de información, sino el progresivo y continuo proceso de transformación espiritual: el tránsito desde la inmediatez natural hacia la universalidad del espíritu. Memorizar no es lo mismo que re-cordar. Es verdad que el niño vive “naturalmente” en la esfera de la particularidad, inmerso en la satisfacción de sus necesidades básicas, deseos, inclinaciones y afectos. Pero la tarea de la educación consiste en elevarlo hacia aquello que lo supera y, al mismo tiempo, lo constituye como ser libre: la universalidad del pensamiento, de la ley y de la cultura. En esto consiste la “superación que conserva”. Solo así puede surgir el primer principio de la concepción educativa hegeliana: la auténtica formación es la disciplina devenida costumbre (Sitte). Y cabe advertir, sobre todo para quienes perciben a Hegel como un prusianista, que se trata de una concepción de la disciplina que nada tiene que ver con la imposición externa o la represión, sino que es, esencialmente, la conciencia, comprendida como mediación necesaria para la libertad. El joven no es libre porque obedece a sus impulsos o instintos; la libertad auténtica surge cuando se aprende a reconocer la racionalidad de la norma y a interiorizarla, haciéndola propia. La ley no es la negación de la libertad, sino su forma madura. Esta idea -tan distante del sentimentalismo pedagógico de hoy- conserva una fuerza crítica de factura sustancial para el necesario proceso de reconstrucción de una nación escindida.

Hegel se opone tanto al autoritarismo ciego como al naturalismo ingenuo. No se trata de torcer o de doblar la subjetividad del estudiante, sino de conducirla hacia la verdad objetiva, porque esa verdad no está en el capricho individual, sino en la riqueza del mundo histórico del espíritu: en la lengua, las costumbres, las instituciones y las leyes, en la ciencia, la historia, el arte y la filosofía. Por eso Hegel defiende con firmeza el estudio de las lenguas clásicas. El latín y el griego no eran, para él, reliquias arqueológicas, sino ejercicios objetivos del encuentro con la universalidad. En el aprendizaje de su estructura gramatical rigurosa y de su precisión conceptual, los jóvenes aprenden a salir de sí mismos, a recorrer la experiencia de que su pensamiento logre traspasar y reconocer el valor de las formas objetivas. Porque formarse es comprender y aprehender la herencia espiritual de la humanidad. No hay libertad si no se asume crítica e históricamente la propia herencia espiritual.

Se trata de un punto es decisivo: la educación no puede reducirse a utilidades o formalidades inmediatas. La cultura no es un instrumento, sino el fundamento onto-histórico en virtud del cual el espíritu se reconoce a sí mismo. La matemática enseña necesidad; la historia revela el devenir de la libertad; la filosofía invita a transitar por el reino del concepto. Cada disciplina es un aspecto, un momento necesario y determinante de la experiencia de la conciencia del espíritu.

En esta arquitectónica de la Bildung, la escuela ocupa un lugar intermedio entre la familia y el Estado. En la familia predomina el amor y la particularidad afectiva. En el Estado, la universalidad objetiva de las instituciones. La escuela es el momento de la intermediación que prepara al joven para su integración ética y política. No prolonga la protección familiar, sino que, más bien, la supera. En ella los individuos aprenden a situarse en un orden que no depende de sus inclinaciones privadas. Por eso, el objetivo último no puede ser solamente la instrucción, sino la eticidad (Sittlichkeit), a la que José Gaos tradujo como la civilidad, que no es otra cosa que la capacidad de vivir en instituciones sustentadas en la racionalidad histórica, reconociéndolas como propias. La educación ética consiste en este proceso interiorización de la ley, cabe decir, en la comprensión del deber no como un mandato de las formas externas, sino como expresión de la propia racionalidad. De este modo, la Bildung, la formación cultural, se convierte en formación del carácter.

De ahí que, a la luz de esta perspectiva, la distinción -típicamente moderna, es decir, cartesiana- entre educación intelectual y educación moral pierde todo sentido. Pensar con rigor forma la voluntad. El ejercicio del concepto disciplina el deseo. La lógica no es una fría abstracción: es el ejercicio racional de la libertad. El carácter se forja en la medida en que el individuo aprende a sostener la universalidad frente a la abstracta inmediatez de sus inclinaciones.

No obstante, Hegel no ignora la importancia de la individualidad, solo que la concibe no como el principio sino como el resultado de un proceso histórico formativo. El individuo auténtico no es el que permanece encerrado en su particularidad: es aquel que ha logrado atravesar la mediación de la cultura y puede, entonces, reconocerse como parte constitutiva de lo universal. La formación es, por tanto, un proceso de des-posesión y recuperación: el joven se pierde en la objetividad del saber para reencontrarse en un nivel más elevado, superior, de la conciencia.

En una época que exalta la autenticidad lo inmediato y que, a la vez. sospecha de toda disciplina, la lección de Hegel puede resultar incómoda. Pero quizá, por eso mismo, conocerla y comprenderla sea una tarea urgente. La educación no consiste en la mera adaptación al mercado ni en la celebración del yo espontáneo. Es el arduo, paciente -y no pocas veces tortuoso- proceso mediante el cual la naturaleza se transforma en espíritu y el individuo aprende a ser auténticamente libre en y por la universalidad concreta.

Si la realización de libertad es -siempre- el propósito de la historia -como Hegel sostiene en sus Vorlesungen-, la escuela es uno de sus talleres de aprendizaje decisivos. Desde allí comienza la enseñanza de una libertad que no se agota en la elección subjetiva del “yo quiero”, sino que se realiza en el reconocimiento racional del orden ético. Formar no es moldear desde fuera, sino conducir inmanentemente hacia la conciencia de lo universal.

La lección de Hegel, en estos tiempos de crisis institucional y de fragmentación cultural, no debe -y no puede- asumirse como si se tratara de una reliquia del pasado, colgada en una de las pomposas salas del museo de las curiosidades. En realidad, ella es, tal vez, una de las brillantes e importantes contribuciones para pensar la posibilidad de transformar el territorio de un espíritu desgarrado en una pujante y próspera nación, con una ciudadanía consciente y una formación cultural capaz de sostener su libertad.

 

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