La verdadera soberanía – Rodrigo Blanco Calderón

«Como es habitual en estos debates, siempre se podrá echarle la culpa de nuestros males a EE.UU. Y en efecto, alguna o mucha responsabilidad han tenido sus diferentes gobiernos en la suerte de este patio trasero yanqui. Pero esto no debería impedir que planteáramos las incómodas preguntas sobre lo que está mal en nuestros países y cultura y que ha dado pábulo a la voracidad de Trump. Solo asi estaremos más cerca de saber quiénes somos. Y sin saber eso, no puede haber una verdadera soberanía»

Publicado en: ABC

Por: Rodrigo Blanco Calderón

La figura del presidente Donald Trump, como la de Hugo Chávez en su momento, se presta para adoraciones y rechazos viscerales. Ambos encarnan un tipo de liderazgo que mezcla el carisma y la absoluta falta de escrúpulos. Si a esos ingredientes le sumamos los medios económicos para costear sus delirantes proyectos, pueden generarse rupturas sociales de un calado mucho más hondo que, por mucho que nos pese, les termina dando a estos personajes un lugar en la historia (que es lo que en verdad ansían).

La devastación que provocó Hugo Chávez en Venezuela solo es equiparable a la que nos dejó doscientos años atrás la guerra de la independencia. Con la trágica diferencia de que, esta vez, el resultado ha sido una cruel servidumbre que no tiene visos de concluir en lo inmediato. Como el ser humano es una máquina insoportable y entrañable de generar sentido, el chavismo ha traído como una involuntaria consecuencia el que los venezolanos se hayan preguntado, en conjunto y quizás por primera vez, quiénes son. Quiénes somos. Es una pregunta que muchos nos hemos planteado de manera expresa, en pensamientos, conversaciones o por cualquier medio de expresión a nuestro alcance. Otros se la han planteado instintivamente con el estupor de quien lo ha perdido todo: país, casa, trabajo, familia, amigos. Me gustaría pensar que la sociedad venezolana que surja de esta crisis tan profunda tal vez habrá aprendido eso que Fanny Price, la tímida protagonista de la novela ‘Mansfield Park’, de Jane Austen, entiende por destino: el conocerse a uno mismo y tomar conciencia de su responsabilidad.

Un ejercicio similar de introspección, pero con un alcance global, puede hacerse con Donald Trump. ¿Qué nos está diciendo su problemático pero indiscutido liderazgo en estos momentos? ¿Qué representa su anunciado regreso a la ‘doctrina Monroe’ en pleno siglo XXI, más allá de los riesgos evidentes e inmediatos que implica? ¿Qué teclas y traumas históricos toca Trump, su modo de ejercer la política, en las conciencias de los americanos y europeos?

Estas preguntas no se pueden responder limitándonos a repetir lo que es obvio, al menos para mí y para tantos demócratas: que Trump es un ser perverso, déspota, racista, xenófobo, misógino, mentiroso, autoritario, vulgar y muy pero muy peligroso. No basta tampoco con recalcar otra verdad de Perogrullo: que su interés por Venezuela responde a una estrategia netamente geopolítica y comercial, en la que los derechos humanos de los venezolanos no juegan ningún papel. A pesar de esto, cada vez que escucho hablar a Trump me entran dudas y me vienen a la mente esas líneas del ‘Joker’ de Heath Ledger: «¿De verdad parezco un tipo que tenga un plan?». Y por supuesto que lo tiene. Su necesidad de poder y control guarda poca relación con el anarquismo terrorista del Joker de la película de Christopher Nolan. Pero cuando Trump habla, como en la lamentable rueda de prensa del 3 de enero de 2026, después del exitoso operativo militar que permitió a sus fuerzas especiales apresar y extraditar a Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, emerge el caos. La locura primigenia detrás de su delirio expansionista y nacionalista hace presencia. El exceso que no respeta moldes, leyes ni las más elementales normas de cortesía. Es esa locura que perpetra lo inconcebible la que, a través de Trump y a pesar suyo, nos interroga.

Tomemos como ejemplo la base de su argumento para las acciones que desde agosto de 2025 está llevando adelante en el Caribe y en Venezuela: que Nicolás Maduro es un dictador que se robó las elecciones del 28 de julio de 2024, ganadas por Edmundo González Urrutia; que encabeza una organización criminal vinculada al terrorismo islamista, a la guerrilla colombiana y al narcotráfico del Cártel de los Soles; que su Gobierno ha provocado una crisis humanitaria cuya secuela más visible es el éxodo masivo de más de 9 millones de venezolanos, lo cual ha ocasionado desestabilización en el continente y allende el Atlántico; que el chavismo expropió y robó empresas petroleras estadounidenses; que Venezuela es un Estado fallido y un largo prontuario que no hace falta detallar. Todo esto es cierto. Lo que cuesta creer es que a una personalidad tan psicopática como la de Trump estas cosas le importen un pepino. Al menos, no el aspecto humano de esta situación.

Y, sin embargo, el haberse atrevido a hacer lo que hizo, si somos medianamente honestos, debería al menos llevarnos a reflexionar sobre un par de cuestiones: ¿cómo las democracias en América Latina y Europa no solo toleraron sino que hasta apoyaron e hicieron negocios con una dictadura como la de Venezuela? ¿Cómo se ha naturalizado que un esperpento como la revolución cubana, casi setenta años después, siga sometiendo y diezmando a su gente? ¿Cómo se considera normal que esa pareja monstruosa de Daniel Ortega y Rosario Murillo tengan sometido al pueblo de Nicaragua?

Son preguntas obvias pero que lamentablemente no se hacen la mayoría de los escritores, analistas políticos, periodistas e intelectuales que, de manera súbita, han mostrado una muy cejijunta preocupación por el derecho internacional. Y si trasladamos la mirilla al tema del narcotráfico, la interrogante se vuelve aún más urgente y dramática: ¿en qué momento en México y Colombia, por nombrar a los países de la región más señalados en este asunto, se asumió que era algo normal que los cárteles de la droga crearan pequeñas repúblicas dentro de sus territorios nacionales? ¿De qué sirve el principio de autodeterminación de los pueblos si los propios gobiernos toleran que a sus ciudadanos los torturen, secuestren y maten fuerzas paramilitares que simplemente no deberían existir? Cuando no son los mismos gobiernos los que, excediendo sus atribuciones, cometen estos exabruptos.

Como es habitual en estos debates, siempre se podrá echarle la culpa de todos nuestros males a los Estados Unidos. Y en efecto, alguna o mucha responsabilidad han tenido sus diferentes gobiernos en la suerte de este patio trasero yanqui (o de este manicomio de Europa que es América Latina, como diría Roberto Bolaño). No obstante, esto no debería impedir que planteáramos las incómodas preguntas sobre lo que está mal en nuestros países y en nuestra cultura y que le ha dado pábulo y justificación a la voracidad de Donald Trump. Solo así estaremos un poco más cerca de saber quiénes somos. Y sin saber eso, no puede haber una verdadera soberanía.

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