Por: Jean Maninat
Entre los rasgos atribuidos -por viajeros y cronistas- a los rangos sociales dedicados a la política práctica y su interpretación intelectual en la Pequeña Venecia, destaca la fecunda capacidad de inventar categorías conceptuales para pulverizar al contendor, ya sea mediante mofa o descalificación pura y dura. Un momento de especial eficacia fue durante el mandato del hoy olvidado condottieri Galáctico, autodesignado campeón de las causas populares, en cuyo nombre malbarató millones de ducados de oro negro, transformados en palabrerío igualitario y soflamas de revancha social en contra de escuálidos y majunches, como gustaba denominar a sus contradictores.
Su estilo sembró escuela, incluso entre sus adversarios más enconados, y pronto las disputas entre los opositores a su legado se convirtieron en juegos espinosos, donde resaltaba el ingenio de unos para descalificar a otros, considerados indignos de pertenecer a las sectas y gremios profesionalizados para hacer oposición a la élite gobernante. Se formaron agencias encargadas de otorgar las Denominaciones de Origen Político Controlado (D.O.P.C.) que abrían acceso a los cofres de ayuda exterior establecidos bajo auspicio de la gran República Unida del Norte, y quienes quedaban fuera del círculo viscoso, eran degradados y catalogados con celo de entomólogo británico. Surgió, así, una frondosa categorización denigrante de quienes pensaban diferente, que pronto se convirtió en una planta carnívora cuyas frutos empezaron a devorarlo todo, incluyendo a quienes con esmero la había regado sin pensar que un día les tocaría ser alimento del engendro creado. “Siembra plantas carnívoras y te devorarán el hígado”, sentenció el gran botánico estadounidense Chauncey Gardiner.
El pizarrón “teórico” se ofuscó con los términos colaboradores, enchufados, gobierneros, alacranes (y los más abyectos epítetos con especial regusto por los ataques homófobos y de edadismo, lanzados por barras bravas anónimas) transformados en categorías políticas para detonar posiciones adversas y reputaciones ajenas, con el silencio aprobatorio de demasiados. Hasta que los repartidores de basura a domicilio chiflaron y la alacranización del mundo empezó a tocar a todas las puertas. Entonces sí, todos se llevaron las manos a la cabeza…indignados. (¿Remember El jardín de los Finzi- Contini? Nota de la redacción).
Los excomulgados más recientes de los que se tenga registro fueron los pasa páginas, que negaban la valía espiritual y moral de mantenerse en la lectura de una página específica hasta que a fuerza de lectura y concentración su contenido se hiciese realidad. Dieron paso a los normalizadores, acusados de querer que todo siguiera igual para que todo se mantuviera igual, creencia conocida desde entonces como el gatoquietismo. Los normalizadores tomaron fuerza a medida que la déconfiture de la preeminencia de (…) se hizo más patente y sus antiguos valedores empezaron a aventarse del carromato en marcha argumentando que su tiempo no estaba sincronizado con el de Dios que era perfecto y no estaba para insurgencias ni bochinches: los miméticos.
N.B. Hemos utilizado sin permiso ni concierto retazos de la obra La ciudad sobre palillos (1949) del historiador místico groenlandés, Kuvianak Jørgensen.





