Publicado en: Blog personal
Por: Ismael Pérez Vigil
Reinicio mi actividad de “escribidor” en este año que esperamos sea auspicioso y feliz para todos los venezolanos. No cabe duda que hay momentos que son para observar y reflexionar con cautela, para evitar errores lamentables.
En los momentos en que los pueblos y sociedades nos enfrentamos a “situaciones límite”, escuchamos términos que cada uno de ellos, por separado, daría pie para un tratado. Yo me limitaría a dos, uno es el “diálogo”, que como sabemos cada quien interpreta a su manera y de acuerdo con sus objetivos e intereses. El otro es la “reconstrucción”. Pero, en todo caso es imprescindible asociar, unir y comenzar a hablar de estos términos, a discutirlos y a planteárnoslos de una manera profunda, porque los tendremos que manejar y considerar, más temprano o más tarde.
El término “reconstrucción”, es el que más me interesa y tiene también connotaciones complicadas y un panorama de aplicación muy amplio. Por ejemplo, yo haría énfasis en solo dos aspectos que estoy seguro interesan a todos los venezolanos sea cual sea su posición política o ideológica: la educación y la reeducación.
Educación: reto impostergable
En el tema educativo no estoy involucrado de manera directa; mis conocimientos al respecto son los de cualquier ciudadano que escucha con preocupación lo que familiares y amigos, con hijos en edad de estudiar comentan; pero, es evidente sin duda alguna el deterioro del sistema educativo y que todos identificamos como uno de los problemas más urgentes de atención en el país y hay que enfrentarlo a todos los niveles; desde las guarderías −o aquellos centros que deben existir para que los padres dejen a sus hijos en un lugar seguro y puedan trabajar− pasando por la educación básica y media, la educación técnica o de oficios, para preparar para el trabajo, hasta la educación universitaria.
Para no adentrarme en lo complicado que se presenta el tema desde la educación media hasta la educación universitaria, me quedo en la educación básica y en concentrarnos en el objetivo de lograr que nuestros niños, todos, asistan diariamente a la escuela, que reciban en ella el complemento alimentario necesario para que rindan y que cuenten con maestros apropiados y estos con sueldos que les permitan una subsistencia digna a la altura y nivel de la responsabilidad que tienen frente a la sociedad.
Posiblemente no habrá recursos para atender todo de la manera adecuada, desde los sueldos de maestros y profesores, hasta el mantenimiento de locales y presupuesto de las universidades, por ejemplo. Al respecto he presenciado discusiones en las que se plantea de manera muy sería el tema de si es realista que la educación universitaria o superior en general, pueda seguir siendo gratuita, como lo fue siempre. Es un tema que habrá que enfrentar en su momento.
Reeducación: para recuperar el alma venezolana
Por reeducación me refiero a la “reconstrucción” del alma del venezolano. Tenemos que fortalecer ese venezolano amable, alegre, con gran sentido del humor, tolerante, que caracterizó a la Venezuela que siempre fue tierra de oportunidades para todos; que recibió inmigrantes y que sin mezquindad los trató con una amabilidad y respeto que permitió que se integraran al país y que, salvo muy contadas y lamentables excepciones, la xenofobia −ese mal que muchos de nuestros compatriotas sufren hoy en algunos países− nunca existió en el nuestro.
Consolidar ese espíritu, que es la normalidad venezolana, y es lo que nos caracteriza y nos hace fuertes, será costoso, no en términos materiales, sino espirituales y exigirá grandes dosis de tolerancia y de diálogo. Sobre el “diálogo”, quiero adelantar algunas reflexiones.
El diálogo.
Desde hace más de treinta años he participado en múltiples reuniones y discusiones; la mayoría de las veces en grupos de ciudadanos y pequeñas organizaciones de la sociedad civil −a las que he pertenecido o con las que he trabajado− y en algunas ocasiones, he participado en discusiones con militantes de partidos en diversos comités y comisiones en los que me he integrado. Pero la mayoría han sido con ciudadanos comunes y corrientes −como Ud. que me lee y yo− y que se dan en los medios que frecuentamos: de trabajo, estudio, con vecinos o actividad profesional y sobre todo, desde hace algunos años, en las redes sociales (RRSS) −que afortunadamente existen− y son discusiones en las cuales vamos a informarnos y a sacar conclusiones para nuestro quehacer ciudadano diario.
En esos grupos, usualmente pequeños, en los que he participado, mientras se estaba decidiendo cualquier opción, explicábamos y argumentábamos a favor o en contra, a veces acaloradamente, pero a todos se nos escuchaba y al final, si era el caso, se adoptaba una o varias decisiones y por lo general −siempre hay excepciones, dulces o amargas− mostrábamos ser lo bastante flexibles y razonables para cambiar de opinión, a veces de un extremo al otro, porque lo importante era llegar a una decisión que representara el consenso de todos o la voluntad de la mayoría. Porque eso forma también parte de la ética fundamental del “militante político y social” − yo soy eso, un militante político y social, que nunca ha pertenecido a ningún partido− y de la política en general: aceptar las decisiones mayoritarias y respetar la posición de las minorías.
El diálogo en Redes Sociales (RRSS)
Lo descrito en el punto anterior debe ser la tónica general en las discusiones de los grupos de ciudadanos y me preocupa observar que actualmente cuando se hacen, sobre todo en las RRSS −uno de los espacios de discusión e información que hoy tenemos− las discusiones se convierten en verdaderas “disputas”, subidas de tono y vamos a ellas, a la discusión o confrontación, alineados −o alienados− a una posición ya tomada, “mineralizada”, buscando “ganar” una discusión en la que realmente nadie “gana”, porque nadie va a escuchar los argumentos del otro, ni se asume que puedan ser más razonables o mejores que los propios.
Nadie discute tampoco para convencer a aquel con quien se discute. Generalmente discutimos por una de tres razones: para afinar y fortalecer los propios argumentos; para fijar posición y convencer a terceros, ajenos al grupo al que pertenecemos, que escuchan o leen buscando conocer o adoptar algún criterio −posiciones que no tendrían nada de malo−; pero, la polarización en que vivimos y que ha impregnado todos los espacios, lo más común, es que se participe en la discusión para demoler a quien no piensa igual y de ser posible, pero no indispensable, desmontar sus argumentos. Sufrimos las consecuencias de una prédica que considera y trata al “otro” como un enemigo.
Conclusión
Como reflexión final, no está de más recordar ese pasaje del Eclesiastés (3: 1-8), atribuido al sabio Rey Salomón, que dice que “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo… su tiempo el destruir y su tiempo el edificar…su tiempo el llorar y su tiempo el reír…su tiempo el lanzar piedras y su tiempo el recogerlas … su tiempo el callar y su tiempo el hablar…su tiempo el amar y su tiempo el odiar; su tiempo la guerra y su tiempo la paz.” Este pasaje del Eclesiastés es una invitación a la paciencia −que sé que hemos tenido mucha− y a pisar la tierra.
Es momento de ir rompiendo con la tendencia a la polarización, porque de lo contrario, habrán ganado los que han sembrado divisiones en nuestra sociedad y será más sinuoso el camino del diálogo y la reconstrucción.





