Publicado en: Blog personal
Por: Ismael Pérez Vigil
A la memoria de “Tetelo” Iranzo, quien compartió mucho de lo que he narrado,
descansa en paz, hermosa amiga.
He venido relatando lo que viví en la mal llamada «Toma de Santa Teresa», naturalmente desde mi visión e interpretación de los hechos. Corresponde ahora cerrar con las secuelas, básicamente personales, que esos acontecimientos implicaron. Aquí abandono lo narrativo y me adentro más en lo conceptual, que seguramente será más polémico.
Profundización de la crisis
Visto a la distancia de casi seis décadas, podría decir que lo ocurrido en Santa Teresa fue una protesta, en parte generacional, pero sobre todo de jóvenes católicos que buscábamos una Iglesia más comprometida socialmente y más acorde con el espíritu renovador del Concilio Vaticano II, que acababa de finalizar. Lo ocurrido rompió el vínculo de algunos grupos de jóvenes cristianos con sectores de la jerarquía eclesiástica y se profundizó en muchos de nosotros la crisis religiosa, llamémosla de carácter «político», pues no tenía nada que ver con la fe ni con las creencias. En mi caso particular, continué por un año o año y medio más, cercano a los grupos cristianos en los que militaba y trabajaba desde hacía casi cuatro años; pero, en lo inmediato me fui desligando de ellos e involucrándome mucho más en el tema estudiantil, en la resistencia al allanamiento de la UCV y, más adelante, ligándome a otro tipo de grupos, igualmente cristianos, pero ahora sí, más politizados.
Descalificaciones
Por supuesto, el sector más conservador de la Iglesia, política y eclesiásticamente hablando, comenzó a calificarnos de «comunistas», que era el epíteto preferido de la época −no habíamos llegado aún a lo de «progres» de hoy en día−; con la experiencia que hoy tengo, sé que esa «denominación» no era más que una pretendida descalificación, con la que no se buscaba la «verdad» o «falsedad» que había en nuestros planteamientos; simplemente se nos etiquetaba, y así se ahorraban la discusión y la reflexión. Además, era fácil de compartir y de difundir ese calificativo, pues, aunque aún no había «redes sociales», el mundo en que nos movíamos era muy pequeño. Para quienes nos adversaban, no era necesario escucharnos ni justificar su propia posición, que asumían era la «correcta». Y todavía hoy es así; funciona de esa manera en nuestro mundo «polarizado»: cuando se califica a alguien, bien sea de fascista o de progresista, se le desconoce, se simplifican en exceso las situaciones y deja de tener importancia el contenido de los conceptos.
El “diálogo
En cualquier caso, inspirados en la recomendación del Concilio Vaticano II −documentos como Pacem in Terris, Ecclesiam Suam y, sobre todo, Gaudium et Spes− de buscar un «diálogo profundo con el mundo contemporáneo», y en lo que ocurría en Europa y en parte de Latinoamérica con grupos similares, a partir de la división de los socialcristianos y comunistas, algunos de los integrantes de los grupos cristianos de esa época nos involucramos en trabajos sociales y políticos con las juventudes de algunos partidos.
Por nuestra actividad universitaria y después de lo ocurrido en Santa Teresa, ese interactuar con los grupos políticos, involucrados también en la renovación académica y la problemática social y política del país, sobre todo con los de izquierda, producto de las divisiones que he mencionado −Izquierda Cristiana, MAS, MIR− se fue dando ese pretendido y un tanto pretencioso diálogo entre marxistas y cristianos, que creo tuvo muy poco de filosófico, doctrinario o ideológico y fue más «político» que cualquier otra cosa. Nunca denigramos ni rechazamos a los partidos; pero, en realidad, como dice un amigo −MIT−, compañero de esos días, de esas luchas y de muchas otras: «…hicimos política al margen de los partidos, por más que después nos quisieron asociar con la izquierda cristiana, aunque implícitamente impulsamos la crítica a los partidos políticos por sus jerarquías verticales y sus postulados dogmáticos y, sobre todo, a las posturas conservadoras que limitaban el problema al enfrentamiento al marxismo, cuando nosotros proponíamos el diálogo entre marxistas y cristianos.»
Génesis de una “triple crisis”
Al final, creo que ese diálogo fue una ilusión o relación efímera e ideológica −en el sentido que le da Ludovico Silva al término ideología, como «alienación», «falsa conciencia»−, que se derrumbó pocos años más tarde debido al llamado «socialismo real», secuela del estalinismo. Por esa época también estaba en el escenario la Teología de la Liberación, aunque en lo personal nunca me llamó mucho la atención ese tema. Pero sobre lo que no tengo dudas es que, a partir de los sucesos en Santa Teresa que he narrado y otros acontecimientos en el campo universitario y religioso, se fueron removiendo y modificando mis creencias cristianas.
A nuestras lecturas de Jacques Maritain, Ignace Lepp y Emmanuel Mounier se incorporaron textos del «joven» Marx, Lenin y Mao Tse-tung −las Cuatro tesis filosóficas, pues realmente hay muy poco más de Mao que se pueda leer− y se unieron las de Roger Garaudy y algunos teólogos católicos y cristianos que verdaderamente estaban en ese diálogo entre marxistas y cristianos. Por allí se fueron mezclando las tres crisis de las que he hablado: la de la Iglesia Católica, en cuyos grupos pastorales militábamos; la del mundo juvenil y estudiantil, con el «mayo francés» y todo lo relacionado con la renovación académica, en la que también estábamos involucrados; y, finalmente, la crisis del marxismo en los grupos comunistas y socialistas, especialmente después de la invasión de Checoslovaquia y la aparición del «eurocomunismo».
Creencias cristianas
Recibí una educación católica que yo llamo clásica −no puedo decir que fue conservadora−, a través de los Padres Terciarios Capuchinos en la escuela primaria y luego con los Hermanos de La Salle en el bachillerato. Allí también fui educado, ya más «políticamente» hablando, en las ideas de lo que se conoce como el «humanismo cristiano», que en el siglo XX inspiraron autores como Jacques Maritain y Emmanuel Mounier, y documentos como el Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, la expresión magisterial más acabada de ese Concilio. Este documento −cuyo título en español es La Iglesia en el mundo actual−, promulgado por Paulo VI el 7 de diciembre de 1965 en la sesión de clausura del Concilio Vaticano II, es uno de los más importantes y quizás uno de los más originales, porque aun preservando el estilo de los documentos pontificios, en su lenguaje y tono, por primera vez la Iglesia Católica dirigía un mensaje no solo a sus fieles, sino a toda la humanidad; y un mensaje en el que invita a todos los hombres a construir el mundo: «la Iglesia…reconoce sinceramente que todos los hombres, creyentes y no creyentes, deben colaborar en la edificación de este mundo, en el que viven en común.» Todo eso se potenció y profundizó con la actividad que desarrollábamos en los grupos cristianos y, en mi caso particular, con los estudios durante dos años en el Instituto de Estudios Teológicos de la UCAB, que no pude concluir pues cerraron el Instituto tras los sucesos en la UCAB en 1972. Pero esa es otra historia.
El impacto de “Santa Teresa”
Como he dicho −es mi interpretación−, en esa interacción se dio lo que afirmo: que mi generación es el producto de las «tres crisis» mencionadas. Sin embargo, nunca me vinculé por razones políticas a ninguno de los acontecimientos que se dieron en esa época −los sucesos en Santa Teresa, entre otros−, sino como producto de mis creencias y mi militancia en los grupos cristianos. El impacto del evento de Santa Teresa que he narrado, quedó allí, y seguramente lo ocurrido afectó, en alguna medida, a todos los que participamos. Sin embargo, desde una perspectiva más general y más realista, sus repercusiones, contrario a lo que se pudiera pensar y alguno ha dicho, fueron poco profundas o menores para la Iglesia venezolana y para el conjunto de los movimientos cristianos de la época. Hoy puedo concluir que el evento de Santa Teresa no representó, ni mucho menos, «un antes y un después» en la Iglesia venezolana, como algunos pudieran pensar. En mi opinión, quedó como un suceso aislado que impactó, sí, algunas vidas −sin duda la mía−; pero nada más.
“Muerte a sí mismo”
Lo «cristiano» siguió significando, sin embargo, mi modo de conexión «política» con el mundo; pero, meses más tarde de los hechos que he narrado, me fui desligando hasta perder todo contacto con los grupos cristianos en los que había trabajado y militado, y comencé a entender mi fe de manera distinta, como una forma de involucrarme en la sociedad en la que traté de estar intensamente inmerso. Más de acuerdo con las enseñanzas de un sacerdote, José Ignacio Rey S.J. (†), quien fue mi profesor −y sobre todo amigo− en el Instituto de Estudios Teológicos de la UCAB, para quien la fe cristiana, decía, se resume en «morir a sí mismo», morir al egoísmo, sin buscar figuración ni protagonismo; «muerte» que tiene un sentido distinto, después de Jesucristo, menos edulcorado y abstracto, que eso de «vivir el amor cristiano».
Conclusión… años después
Hoy, reflexionando a la distancia de 57 años, la narración de los sucesos de Santa Teresa se convierte en una reflexión, un tratar de comprender lo que eso significó en lo personal. Tras ver lo que hoy vivimos, puedo decir que la religión no ha desaparecido, ni en el mundo ni en mi vida, porque la preocupación por la justicia y la búsqueda de trascendencia en lo que hacemos siguen presentes; solo que ya no está en el centro de la preocupación personal, sobre todo las formalidades del culto.
La religión cristiana, a mi modo de ver, afortunadamente se ha ido separando del poder político y social; la sociedad ha dejado de organizarse «religiosamente» en un mundo que se ha secularizado, al menos el occidental; pero la religión no ha terminado, lo «sagrado» se ha transformado. Creo que tenemos un cristianismo más liberado de las connotaciones políticas y sociales con las que se le había ligado −o contra las que se había ligado−; es, entonces, algo más libre y personal; si se quiere, es hoy más individual, pero no individualista, pues se realiza en sociedad. No es posible, en mi concepto, vivir el cristianismo aislado de la sociedad; los anacoretas son una opción individual, pero la «salvación» −cristiana o de la sociedad− es en comunidad, en sociedad: «…Dios ha elegido a los hombres no solamente en cuanto individuos, sino también en cuanto miembros de una determinada comunidad.» Ese precepto del Gaudium et Spes es también mi perspectiva; y así, yo supongo que se acerca mucho más al mensaje de Jesús… pero, quizás eso es suponer demasiado.





