El «gran garrote» de Theodore Roosevelt se hizo sentir en América Latina tras el bloqueo de las costas de Venezuela en 1902. La excusa: proteger la soberanía. La realidad: control financiero directo sobre el país.
Publicado en: La Gran Aldea
Por: Elías Pino Iturrieta
Después de la Doctrina Monroe, descrita aquí la semana pasada, la persistencia del empeño de los Estados Unidos en el control o en la vigilancia extrema de América Latina se evidencia en la política del presidente Theodore Roosevelt, que se comentará a continuación. De un célebre Corolario que lleva su nombre, es decir, de una especie de agregado al anuncio anterior de Washington sobre la prohibición de que las potencias europeas se inmiscuyeran en la vida de las antiguas colonias españolas, parte un proceso de intervención sin cortapisas que renace o puede resucitar en la actualidad con el posible retorno de Trump a la Casa Blanca.
El interés del primer Roosevelt por América Latina y sus ganas de mover el «gran garrote» encuentran origen en 1902, en los sucesos del bloqueo de las costas de Venezuela por parte de las potencias europeas, que pretendían el cobro compulsivo de sus acreencias. No se conoce en detalle qué amenazas utilizó el belicoso Theodore para lograr que los acorazados de Alemania e Inglaterra, que acosaban al gobierno venezolano, regresaran a sus puertos, pero sí que tuvo éxito en su cometido. A raíz de ello, se produce una escandalosa intervención en los asuntos nacionales: el régimen de Cipriano Castro acepta que las aduanas sean controladas por oficiales estadounidenses —o seleccionados por ellos—, quienes se encargan de cobrar los derechos de puerto y pagar a los acreedores sin conocimiento de su gobierno, según su criterio, mientras Miraflores miraba para otro lado. Para Roosevelt, fue una experiencia halagadora, no solo porque ejecutó su primera afirmación de poder fuera de su territorio sin recibir objeciones, sino también porque reafirmó su convicción sobre la necesidad de ejercer un mayor control sobre la política de la región.
De ahí proviene su designio de construir una gran flota para evitar invasiones europeas y de fabricar un canal de comercio en Panamá. Estas iniciativas no solo estaban relacionadas con los temores ya expuestos por Monroe sobre la intromisión extranjera, sino también con su creencia en la superioridad política, racial y cultural de los Estados Unidos. Presentándose como el heraldo del espíritu benefactor del Norte, llamado a proteger y salvar a los «pigmeos» del resto del continente, Roosevelt inicia un proceso de penetración sin cortapisas. Entre sus acciones más destacadas se encuentran su feroz actividad para la secesión e independencia de Panamá en detrimento de Colombia, la posterior construcción del canal interoceánico acompañado de una base militar, y la intervención directa en las finanzas y la política de la República Dominicana a partir de 1904. Incluso llegó a plantear, tras discutirlo con el dictador mexicano Porfirio Díaz, la idea de fundar una confederación de países latinoamericanos —especialmente de aquellos más inestables y con mayores dificultades económicas— para enseñarles procesos de gobierno y buenos modales.
Todo ello como consecuencia de una proclamación que lleva su nombre, el Corolario Roosevelt de 1904, a partir de la cual el gobierno de los Estados Unidos se presenta como tutor de sociedades desvalidas, inmaduras e ignorantes, sobre las cuales asume la supuesta obligación de redimir y purificar. Se erige en padrastro benéfico y riguroso hasta que estas naciones tomen el buen camino después de largas experiencias pedagógicas. O de serias reprimendas. No en vano, el «profesor» de turno sienta cátedra blandiendo un «gran garrote» y ha demostrado que no se anda con rodeos cuando se trata de disciplinar a los desobedientes y a los «mal entretenidos». ¿Acaso no derrotó a España en la fulgurante guerra de Cuba, «inventó» a Panamá en un santiamén y, al mismo tiempo, cameló a Puerto Rico para que aceptara su tutela? El «brazo fuerte» de este empeño, se lee en la proclamación del documento, será la marina de los Estados Unidos.
Los presidentes sucesores de Theodore Roosevelt, Taft y Wilson, no congeniaron con la idea afirmada en el Corolario y prefirieron caminos más sutiles de dominación, lo que terminó por llamarse panamericanismo. Tal vez Trump sea más «corolariero» que panamericanista.