Soledad Morillo Belloso

Tanto cambio, ¿para qué? – Soledad Morillo Belloso

Por: Soledad Morillo Belloso

Los cambios en el gabinete siempre llegan con ese olor a pintura fresca que intenta tapar la humedad en las paredes. Uno mira el brochazo y dice “ah, qué bonito”, pero basta que llueva un poquito para que la mancha vuelva a asomar, como quien dice “no te emociones, que aquí sigo yo”. Y en ese teatro de brochas y goteras, el gobernante de turno mueve ministros y presidentes de empresas estatales como si fueran muebles: este sillón para acá, aquella lámpara para allá, y de pronto la casa parece otra… aunque la estructura siga crujiendo igualito.

Porque, seamos francos, ningún presidente —ni los de antes, ni la de ahora, ni los que vendrán— cambia un gabinete por puro espíritu primaveral. No es que amanece un día y dice “qué ganas de renovar energías”. No. Esto es más parecido a cuando uno reorganiza la cocina para que nadie más encuentre nada: un acto de poder doméstico, casi íntimo, que dice “aquí mando yo, y si no te gusta, te me sales del fogón”.

Y claro, desde afuera uno se pregunta: ¿esto es para gobernar mejor o para quedarse con el partido político como quien se queda con la última tajada de torta? Pues mira, la respuesta es un elegante “sí”. Ambas cosas. Porque en política, como en las novelas de enredos, nadie hace una sola jugada cuando puede hacer dos al mismo tiempo.

Por un lado, la interina necesita consolidarse. Es como ajustar los tornillos de una bicicleta que ya empezó a sonar raro. Cambia al ministro de economía porque la rueda cojea, al de seguridad porque la cadena se tranca, y al de comunicación porque, bueno, alguien tiene que explicar el desastre con cara seria. Es un acto de supervivencia: si el gobierno es un barco, el gabinete es la tripulación, y cuando el mar se pone bravo, el capitán empieza a revisar quién sabe nadar y quién sólo flota.

Pero por el otro lado —ay, el otro lado— está el partido. Ese animalito complejo, lleno de egos, nostalgias, cuchicheos y ambiciones envueltas en papel celofán. Meter mano allí es como reorganizar un gallinero: si mueves una gallina, las otras cacarean; si no la mueves, también. Así que la interina aprovecha el remezón del gabinete y la movida de mata en empresas estatales y organismos para mandar mensajes internos: “tú sí”, “tú no”, “tú depende”, “tú mejor ni preguntes”. Y poco a poco va moldeando el partido a su imagen y semejanza, como quien amasa una arepa hasta que queda del tamaño exacto de su antojo.

Al final, los cambios de gabinete son un arte performático. Una coreografía donde cada paso tiene doble intención: gobernar sin que se le incendie la casa y, al mismo tiempo, asegurarse de que el partido no crea que pesa más que la silla y el poder no se le suba a la cabeza como champaña barata. Es un equilibrio delicado, casi circense, donde la interina camina por la cuerda floja con una sonrisa ensayada, mientras abajo los espectadores aplauden, bostezan o lanzan maní, según el ánimo del día.

Y así seguimos, viendo cómo se mueven las piezas, sabiendo que en política nada es casual, todo pretende ser estratégico, y casi siempre tiene un toque de comedia involuntaria. Porque si algo nos enseña la historia es que los gabinetes cambian, los discursos cambian, los ministros cambian… pero la necesidad de controlar el poder, esa sí que no cambia nunca.

Estos cambios de gabinete vienen envueltos en ese celofán brillante que pretende hacernos creer que todo es renovación, cuando en realidad huele a recalentado de nevera vieja. Uno mira el desfile de nuevos ministros —los mismos apellidos de siempre con distinto peinado— y no puede evitar pensar que la interina no está reorganizando nada: está jugando dominó con las mismas fichas, sólo que ahora las voltea más rápido para que no notemos que están melladas.

Al final, el mensaje es clarito: “Aquí no cambia nada, pero te lo anuncio como si fuera revolución”. Y nosotros, espectadores profesionales de este teatro infinito, ya sabemos cómo termina la función: con la interina sonriendo desde el escenario, convencida de que nos engañó, mientras nosotros miramos por pura cortesía… o por no quedarnos pegados en la silla.

Porque si algo es seguro, es que en este país los gabinetes se renuevan más que las promesas, pero menos que las excusas.

Estos cambios de gabinete son como cambiarle el collar al mismo perro y pretender que ahora ladra en otro idioma.

 

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